¡Bienvenidos!

Bienvenidos a nuestro blog de fanfics acerca de "El Internado". Aquí podréis encontrar textos en todas las categorías posibles, desde los puramente románticos a aquellos que resuelven parte de la trama, pasando por los minifics o el humor.

El blog ha sido diseñado para haceros la navegación por él lo más sencilla posible. Por ello, en la columna de la derecha podéis encontrar todos los fics disponibles, con una breve sinopsis, la categoría o categorías a la que pertenece el texto y los personajes en los que se centra, además del autor del mismo.

Debajo podéis encontrar enlaces directos a todos los capítulos de la historia, de modo que podéis leer a vuestro ritmo y sin necesidad de buscar la entrada por donde os quedasteis, ya que se puede acceder a ella directamente. Así, cuando clickeis en un capítulo, ésa entrada aparecerá justo debajo de esta cabecera que estáis leyendo.

En cuanto a las categorías, vais a encontrar un código que os dirá de qué tipo es el texto que vais a leer. Dentro de estos diferentes tipos, encontraréis:

[ROM] Estos fanfics se centran en el desarrollo de una relación amorosa y los sentimientos de los personajes.

[ANGST] Fanfics para sufrir, para pasarlo mal con nuestros personajes favoritos.

[RES] El Proyecto Géminis y Ottox están más presentes que nunca en estos fics, centrados en resolver parte de la trama.

[HUM] Fanfics para reír.

Encontraréis también los tag [WIP] O [COMPLETO]. El primero hace referencia a "Work in Progress", es decir, que el fic está en fase de publicación, mientras que los fanfics con el segundo término ya se pueden leer enteros.

CONTACTO

Si tienes alguna duda o te apetece publicar tu fanfic en este blog, sólo tienes que ponerte en contacto con nosotras a través del Blog de Marta Torné o bien a través del Blog de Raúl Fernández, en las direcciones de correo que encontraréis en las mencionadas páginas.

Blog no oficial de Marta Torné

Mostrando entradas con la etiqueta El pasado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El pasado. Mostrar todas las entradas

El pasado. Epílogo

El agua volvió a escucharse fuera como si algo más grande se rindiese. Hacía mucho que David había dejado de tenerle miedo igual que a Joaquín Fernández. Este podía reencarnarse no solo en él, si no en muchas otras cosas. El contraste es que ahora se enfrentaba a un hombre adulto rodeado de cariño, que se convertía en toda su fuerza. Pero sus debilidades eran dos. Una de ellas su mujer, la otra su hijo.
Curiosa fuerza el sentir, como una flor que nace fuerte y hay que cuidarla para que no se debilite lanzando sus pétalos a las raíces para tener que volver a plantar, esa que se debería aprovechar más al tener fecha de caducidad, pero quizás no se hace por ser esta desconocida.
Él que siempre quiso más fue recompensado al no hacerlo siendo él mismo. Y repitiendo la fórmula allí estaba él para formar tres con Sara, para no dejarle desfallecer a cambio de preocupaciones y alegrías juntas. Que siempre eran mejores que a solas.
David se sentó en la oscuridad y agarró la labor que ella llevaba a medias donde se dibujaba una incipiente c. Nunca había querido ser padre, pero fue sorprendido por una criatura fuerte, sana, imparable a pesar de ser un bebé cuando ya no lo esperaban que daba razón a cada una de sus acciones correctas y compresión y perdón a las que no . Y cuando el niño le miraba como ahora pataleando sabía que eso era lo bueno que había venido a hacer.
Sara detrás se había levantado acudiendo por el ruido y ambos se miraron…

… Ambos nos miramos y en un mudo silencio sellamos el pacto de no contarle nada de lo sucedido, no para mentir si no para no deslucir una infancia. Y así luchamos contra lo inevitable, que alguien crezca, se separe de ti y se enfrente a lo que le espera. La imagen que queremos proyectar no es siempre la que se conserva de ti.
-¡Carlos!
Un fogonazo de memoria acudió de pronto a él al ser llamado. “¡Carlos! Así que tu nombre es Carlos.”
- ¡Almansa! Es la hora. Tienes alguien esperándote afuera.
Carlos recogió el diario de David que el viejo le había facilitado. Había llegado la hora de salir de de aquellos barrotes. Y no encontró a Saúl, que ya no estaba y había reconocido haber malgastado su tiempo en una lucha útil para la historia pero infructuosa para si, ni aquel coche millonario de lunas tintadas, y por primera vez desde la muerte de su padre y al llegar a comprenderle supo que era libre y que se daría a si mismo el derecho a ser feliz si es que aún lo merecía.
Mas no tendría hijos, la historia del hombre “malo” no se repetiría. Los niños no estaban hechos para él, sí en momentos puntuales pero no como se concebía la infancia y la familia ahora, aceleración, trabajo, estrés, apretadas agendas que eran asfixiadas premeditadamente por seguir el mismo estilo de vida, antes incluso de probarse a si mismo para ello. Y él existía para segundos de sentimiento, quizás de melancolía, de observar como alguien respira plácidamente mientras duerme inundado en los cabellos y en sus sueños.
El vacío de no dejar rastro más allá de él sin embargo le llenaba de amargura. Nadie se repetiría a través del tiempo en su risa, su mirada, en la manera de rascarse la cara y el universo así le parecía de una largura tan infinita que parecía querer engullirle hacia el abismo. En eso no obstante residía la belleza de estar en el mundo, arriesgarse, tener miedo, que las cosas salieran mal para saber valorar las victorias.

Su mañana empezaba hoy tal como lo había concebido David, en forma de lección tardía por no estar con él. El ser amado por alguien en la esperanza de convertirte con ello en lo que eres reflejándote en otros para bien. Por fin era libre, a través de lo más hermoso que uno pueda alcanzar.

El pasado. Capitulo XXV

El mecanismo de la linterna dudó hasta que se vio zarandeada. La mujer no parecía muy dispuesta a querer investigar lo sucedido y David no quiso animarla a ello.

- Voy a llamar a su padre.
- No, no… Déjeme a mí.
- ¿Está seguro? He creído ver un color como un fogonazo.

David le hizo un gesto para que se apartara con impaciencia. Sacó la pistola y como una ola de mar consiguió que se retirasen hacia atrás.
Delante un agujero excavado daba a un titánico tubo en el que cualquiera cabía de pie. El silencio martilleaba a David más allá de lo razonable. Ya no podía más. Agotó la última oportunidad en un intento desesperado.

- ¡¿Sara?!- Una eternidad transcurrió. David se dio cuenta que el asesino frío estaba a punto de derrumbarse por la presión más allá de importarle sus espectadores. -
- ¡¡¡¿Saraaaa?!!!- repitió sintiendo que sus cuerdas vocales eran como lijas. Harto arrancó con el terror de haberse malgastado en aquellas exclamaciones y buenamente como pudo se lanzó a la búsqueda sin fin.
- Aquí, estoy aquí.-

Las lágrimas quisieron salir a borbotones de David al oír su enunciación, pero las mantuvo no fuera a ser que le arrasaran después sin piedad al comprobar lo sucedido. Derrapó al verla tumbada cual era larga en el sucio acero. Peor espectáculo ofrecían sus ropajes embarrados desde el cuello hasta los calcetines. A David se le creyó parar la circulación hasta que escuchó su voz de nuevo.

- Se creía que me iba a coger. Menuda soy yo corriendo. Tuve que escalar, tirarme dos o tres veces, aterrizar, y eso que esta vez no robé.- habló con respiración entrecortada.
El pecho de David Almansa empezó a subir y bajar a un ritmo acelerado.
- ¿Qué haces? ¿Sonríes o lloras? – le preguntó.
- Las dos cosas.- dijo David precipitándose a ella literalmente. - ¿Te ha hecho…?- Sara negó firme y segura.

La abrazó con tal fuerza extraída de su alivio atrayéndola hacia él que tuvo miedo por si estuviese delicada. Pero ella que en tantas ocasiones le había anhelado en sus ilusiones se lo facilitó, no teniendo ya aprensión por los métodos de él. Y aún teniendo la alarma encendida por si acaso alguien reaparecía se buscaron sus labios hacia un electrizante fin.
David se encontró de golpe con un palmetazo mientras seguía posado en su piel.

- ¡¿Qué?! – preguntó con la alarma planeándole.
- Todavía no sabes donde poner la nariz.
David se puso a reír sin parar. Como no lo había hecho en muchísimo tiempo.
- ¡¿Almansa?!- sonó una voz del exterior.- ¿Y la niña? ¿Cómo se encuentra?
- ¡¡Bien!¡¡Está bien!!!... Demasiado bien está.- se dijo para ellos en voz baja. De golpe la vulnerabilidad de ella apareció y deseando que los demás le diesen espacio se dedicó a rozarla de todas las maneras posibles, con la frente, con las uñas, siendo respondido con una sonrisa cansada. Sara de pronto lo aplacó y agarró el anillo que llevaba en su mano.
David no siempre daba palabras atinadas, aunque aquella no fue de esas ocasiones.

- Primero me lo puse, quería tener algo que me recordase a ti, luego pensé otra cosa porque creerías que te había borrado de mi memoria pero se me olvidó quitármelo cuando fui a verte a la tienda y el resto ya lo conoces. Soy un patoso.
- ¿Dónde está el mío?- le preguntó. David lució la más amplia de las sonrisas. Saúl había tenido mucha razón, no todos los días uno conocía a alguien como Sara. Pero aún se sorprendió más la siguiente vez que puso su nombre en la boca de ella.
- David…está junto a mí.- y abriendo un bolsillo de la camisa sacó el idéntico para facilitárselo a su futuro marido. La persona que sorprendida irradiaba felicidad gracias a ella, como si fuera un novato en su propio historial.- El hombre de ese establecimiento es mi padrino, y después de discutir tú y yo, me contó lo que habías hecho, así que yo me quedé con la otra parte de la pareja. Creo que ahora que te conozco un poquito más mi amor por ti es el doble de grande.- Y sin dudarlo le regaló su aproximación para tener su contacto.

Los demás acabaron de llegar con el padre de Sara al inicio de la comitiva con cara de circunstancias.

- Anda, que te ha salido poco lanzada la chiquilla.- le dijo uno de los vecinos.- ¿Es que ya los tienes casados?

E invisibles como se hicieron así se perdió David sin prisa en cada centímetro de ella, porque por una vez todo había salido inmejorable. Porque por primera vez alguien había decidido quedarse a su lado después de saber quien era.

El pasado. Capitulo XXIV

- ¡¿Cómo que no la…?!¡¿Dónde está?! ¿A qué vivienda tenía que ir?- preguntó angustiado.
- Que yo sepa a ninguna. Pensé que estaría aquí con usted, como últimamente la visitaba tanto.
David anduvo deseando serenarse. Si había algo que se le diese peor era esencialmente eso y pareció idear un procedimiento como una locomotora.
- ¿Cuánta gente hay en el pueblo?
- Unos doscientos
- ¡¿De confianza?!
- No sé decirle, David.
- No podemos entretenernos. ¿Desde cuando no la ve?- inquiría atolondradamente mientras ante la incredulidad del otro levantaba unas tablas y sacaba un arma preparada rellenándola de proyectiles en tres pestañeos suyos.
El hombre pareció avergonzarse antes de contestar.
- ¡No piense más! ¡Tenemos que movernos! Hay que llamar a todos los que se pueda y rastrear de arriba abajo.
- Tres horas.- dijo como si no se lo acabara de creer. David se quedó helado. Cualquier tipo de barbarie podría haber sido llevada a cabo ya. Se exigió no dejarse vencer.
- Además hemos llamado a la policía…- y movió negativamente la cabeza. David se preparó para lo peor. Como podía haber sido tan torpe de exponerla sola, sin protección a sicarios de postín que no se rendían.
- Vale, vale, vale… ¡Calma! Toque llamador a llamador en la parte oeste, a todos los hombres que pueda reunir. Yo iré al otro lado haciendo lo mismo y buscándola mientras. No se preocupe, la encontraremos a tiempo, esta vez sí.- Pero se dio cuenta de que se trataba más de auto convencimiento para mitigar su propio terror.
- ¡¿No tiene más de esas?!- David negó.
- Créame, no le gustaría tener que depender de una.- contestó con el resuello echado ya y preparándose para la última parada.

Un bastonazo seco, zancadas que se apresuraban, instrumentos que se agarraban. Gente querida dejada atrás procurándoles no regalarles preocupaciones. Codos que le daban sin pretenderlo en las costillas, tobillos que decidían virar para otro sitio sin preparación previa porque no había tiempo para anticipaciones. En un suspiro David vio sombras pasar como relámpagos golpeándole como un sonido raspante y como en una caza o una batalla el ansia era el motor que a él engranaba. Sus ganas habían cogido el testigo de sus piernas, mientras algo luminoso se abría en las profundidades del infinito. Y de pronto una sustancia poderosamente fría empezó a formar parte de su yo. Otra vez la lluvia.

- ¡¡¡ No...!!! ¡¡¡Hoy no!!! ¡¡¡ Con ella no! – chilló desesperado.
- Hemos visto algo. – dijo una voz femenina para sorpresa de todos porque pocas mujeres habían querido exponerse a la furia del enemigo de alguien que podía hoy convertirse en el suyo. David localizó al padre de Sara lejos y supo que le correspondería a él examinarse al demonio de su mayor miedo y comprobar si saldría vencedor o derrotado a perpetuidad.

El pasado. Capítulo XXIII

Mientras David aprovechaba la calma que le había sido proporcionada por un corto período decidió retornar para darse una ducha y seguir esperando a que Sara se decidiera. Un arbusto se agitó despertando su suspicacia y como caballo desbandado al galope sin una herradura se encerró no sin antes comprobar que su seguridad de metal se hallaba bajo la tablilla más desapercibida de su morada.

- Sigues siendo igual de imprudente e insensato. La pistola bien escondida como de costumbre, eso sí. Excepto para aquellos de los que has ganado su confidencia.
- Saúl, ¡¡¡te voy a matar!!! No enciendas la luz. Hay alguien fuera, estoy seguro.
- Tendrás que acostumbrarte al recelo de que reaparezca. Desde luego con esas voces, no tardará mucho. Sois como una antítesis para el de enfrente. El día que uno muera, el otro respirará tranquilo. Pero cálmate, hoy no será tu final. Hoy solo he venido yo a ponerte los puntos sobre las ies, porque yo también sé ponerme irascible.
- ¿A qué has venido? A ser el buen samaritano, o a robarme a Sara, porque no lo tengo claro.
- ¡He venido a ayudar a mi amigo!
- Bonita forma de hacerlo. Haciéndola desgraciada. No te bastaba con ser su conocido, tenías que intentar pedirla en matrimonio y si caía la ocasión a los demás que nos diesen.
- ¡¡¡Lo sé!!! . ¿Qué quieres? Oí que ya no estabais juntos y me acerqué a ver como estaba. ¿Y por qué le dijiste que te habías casado hace seis meses?
- ¿Te lo cuenta todo?
- Fue su padre.- Ante la respuesta David rió irónicamente.- Y ese anillo ¿Te divierte hacer daño a quien le importas?

- ¡¡Era una metáfora!! ¡¡Era el día que la conocí!!El anillo es suyo, lo compré pensando en ella, y solo compré uno porque estoy endeudado. Mi famosa fama aquí solo era una fachada. Sí, otra de las numerosas meteduras de pata de David Almansa. Igual lo hice con prisa, y debí darle el primero a ella, pero siempre he pensado que no va a haber otra como ella, porque me iba a recordar a ella ¿te enteras? Era mi maldita y dichosa manía de hablar, tener bulliciosas las ideas y que luego de golpe salga algo que no debía salir de mi boca. Y lo de la diversión ni se te ocurra pasártelo por la cabeza…- Saúl se quedó sentado y ni se le ocurrió interrumpirlo porque sabía que tenía que desahogarse.- Sara lo es todo, ¿no lo entiendes? Antes no tenía nada, después no tengo nada. Tú sí, podías tener a la mujer que quisieras, heredas dinero, tienes padres nuevos, ¡tienes cariño! ¿Tú sabes lo que me ha costado encontrar a alguien que se enamore de mí y que entienda lo que soy? ¡¿Tienes una ligera idea?! ¡¿Cómo la vas a tener!? Tú que fuiste a parar a una casa que te acogió como si fueras suyo y ¡yo solo tengo mi tremenda soledad! No podía gustarte otra, tenía que ser ella. No quiero saber nada más de ti. No quiero volver a verte. Lárgate de aquí, ya no lo eres, ya no eres mi amigo.

- ¡¿Te has quedado a gusto?! Te equivocas David. Lo seré siempre. Quizás así te haya hecho darte cuenta de lo que es importante para ti. Quiero saber que la vas a hacer feliz. Ella se merece algo mejor que la vida que nos ha tocado pasar.
- ¡Nadie te ha dado vela en este entierro! ¿Quién eres tú para decirle a la mujer que yo he elegido y me ha elegido si yo merezco la pena o no? Eso es cusa suya, es su decisión. Si la hago dichosa o no será mi meta, pero uno no sabe si fracasa o gana si no lo intenta. Ya no quiero huir más. Quería vibrar, quería sentir, con algo positivo, cambié de opinión, si no me habría casado con Eva Errera, y de pronto tengo la oportunidad.
- No se puede vivir así, tan al límite. Tienes que tomarte las cosas de otra manera. Nunca aprenderás ¿verdad, David? Sí, quiero a Sara. Y no soy imbécil, y ella te ama a ti. Si nos enemistamos tendrás que pagar la protección de la organización, aquello que me preguntaste. Y si no tienes pasta ya sabes lo que hay.
- ¿Qué es lo que hay? Estás aquí gracias a mí. Si no habrías muerto en Belzec.
Saúl preparó la respuesta a bocajarro.
- Esa es la única cosa que has hecho bien. Esa y conseguir que una mujer como ella sea para ti.

David ni siquiera replicó. Saúl se dio cuenta de que en esta ocasión había llegado demasiado lejos. Y eso que el otro tampoco se había mordido la lengua. Pero en su último razonamiento David había dicho una verdad como un templo. Saúl Pérez Sabán no habría salido de Belzec sin él. No sería lo que era sin él. Únicamente cogió sus cosas y se marchó porque sabía que estando una mujer de por medio la relación nunca se desarrollaría igual. No volvió a verlo nunca más, ese fue su hasta siempre.
A su hijo lo conoció en un careo carcelario, adivinando que tendría la misma relación estrecha y de tensión que con su padre, y no se equivocó.

No habían pasado cinco minutos cuando el padre de Sara apareció rompiéndole de nuevo los esquemas.
- ¡Señor Almansa! La niña, que no la encuentro.

El pasado. Capítulo XXII

La campanilla sonó al contacto. Sara sonreía doblando prenda tras prenda. La propietaria parecía haber hecho un chiste que había sido bien acogido por su nueva aprendiz. Al levantarse y ver al hombre consumido y enjuto volvió el cuello con amabilidad pero enseguida reaccionó con furia al reconocer a David Almansa.
- ¡¿Qué hace usted aquí?! ¡¿No sabe que tiene prohibido pasar a cualquier establecimiento y lugar público de la ciudad!? Y ha…
- Mi castigo ya ha vencido. Justo hoy. Solo venía a hablar con la señorita, si ella quiere.
- Pues ya ve que no.
- ¡Cállate, Soledad!- gritó Sara que no había descuidado el enfoque un momento de la tarima. Una aguja se había quedado enganchada en la lana y estiró de ella con viveza. Su compañera se marchó al descansillo a apilar unas cajas.

David se acercó a Sara y con los nudillos transitó por el hoyuelo de ella que se eternizaba en enfocar su atención en él. La réplica separándoselo no se hizo rogar. Y entonces lo vio. Un anillo idéntico al de las prometidas reposaba en uno de los dedos de Sara, muy parecido al que él ocultaba en el otro bolsillo. Se deshizo por dentro pero ni siquiera alguien lo averiguó.

- ¿Qué? ¿Te has casado? - preguntó agriamente.
- Tú sí te desposaste, ¿no?- dijo con ironía punzante.- Como tienes la mano en el ... Todo el pueblo te ha visto con alianza. Yo solo soy prometida. ¿Qué vas a querer?
- Desde hace seis meses. Venía a despedirme.- pero ella no se dio cuenta de la categoría que le quiso imprimir a la fecha.
- Pues yo no he visto la ceremonia… ¿Cómo es que te vas?- respondió olvidándose de todo.
- Nunca me he quedado demasiado en ningún lado. – Sin embargo la impotencia que le había dado al hecho en su esquema corporal al acabar de hablar se le quedó grabado a David muy adentro.

- Oye, disculpa, hoy es catorce, tienes que llevar el encargo a la calle paloma.- le avisó Soledad. Sara levantó atónita la cara. Aquel número nunca se le había olvidado hasta entonces. El catorce fue la fiesta de fuegos artificiales. La trascendencia de todo se le vino encima.
- Lo siento. Me han obligado. Además no debo importarte ¿no te vas? Un hombre se hizo asiduo de mi casa y me pidió en matrimonio y mis padres… le han dicho que sí. Sin contar conmigo. Esta vez tú has llegado tarde. Poca prisa has tenido por luchar o por buscarme. Nunca he tenido recuerdos de quien consideré especial y si te vas me olvidaré de ti, pero es lo mejor.
- Ya. ¿Y tú qué? Me devolvías todo, te cruzabas de calle, ¿tan malo ha sido para querer enterrarlo?- y David se mordió el labio.- ¿Por qué lo has hecho, Sara? ¡Podías haber hecho algo!¡Podrías haber dicho que no! ¡Podías haberme llamado! Ayudarte a salir de ese compromiso.- expresó alterado.
- También podía preguntarte yo por qué me apuntaste con una pistola. ¡Y por qué no me has hablado casi estos meses! Casi me matas, y… ya has matado a más.- susurró.- ¿Cómo sé que no va a volver a pasar? ¡Y por qué llevabas alianza! Tan enrevesado todo ¿Cómo iba a saber yo que era mía? ¿Tengo que ser adivina?
- ¿Por qué me tienes que recordar eso? No va a volver a pasar. Es tu confianza. Tú no quieres a un asesino sino a un hombre arrepentido de su ineptitud… y cada vez que me daba cuenta de tu sacrificio te quería aún más.- paró de hablar y como un pez fuera del agua buscó su última salida.- Te necesito y sé que este encontronazo es el último resquicio que me queda para llevarte conmigo.

- ¿Me necesitas? Que gracia, ¿no? Yo también te he necesitado, ¿Dónde has estado? ¿Qué vienes? ¿A darme el huevo? ¿A hacer negocios? ¡¡Pues llévatelo!! No lo quiero ni a…- se defendió Sara por última vez intentando evitar una mentira.

David cazó al vuelo aquella interrupción. Si ella aún le deseaba lo demás sería fácil.

- ¿Con quien te casas? Crees que me importa eso, me importas tú y yo de aquí no me voy hasta que vea que eres feliz conmigo o sin mí. ¿Por qué entonces tengo a una mujer que me ama así enfrente?
- Con alguien respetable. ¿Crees que voy a decirte quien es? Si lo hago, te lo cargarás. Márchate por favor, David.
- ¿Qué pasa? ¡¿Qué yo no tengo derecho a lo que siento por haber sido sinvergüenza?! Me da igual quien sea. Es mi competencia. ¿Te ha besado? ¿Lo quieres como a mí? Ese objeto no lo ambicionas por su importancia, lo posees porque te recuerda a mí- y quiso propinar un golpe apoyando las manos levantando todos los objetos de la mesa pero Soledad asistió asustada.

- Márchate de aquí. No me gusta la gente violenta.- dijo la dueña de la tienda.
David quedó destrozado. Si hubiese podido habría saltado los obstáculos que le separaban y se la habría robado a sus padres, a Soledad, a su pueblo y a su prometido. Y así expulsado por su conducta esperó en la penumbra a que ella saliera al final de la jornada.
- Soy su amigo. Saúl no se casará contigo. – La asaltó nada más salir.- ¿Creías que no sabría que era él? Si ha estado loco por ti desde que te vio. Lo voy a arreglar. Este anillo es tuyo. Y como prueba de tu confianza solo tendré mis días venideros.
- No soy una causa, David.- expresó Sara desesperada acariciándole el entrecejo.
- No, eres lo que más he esperado. Quiero hacerme merecedor de ti.- y se marchó callejón abajo dejándola aún más confundida.

El pasado. Capítulo XXI

Pasaron muchas jornadas y las posturas se serenaron. David Almansa fue nombrado inocente por un jurado popular por inexistencia de pruebas de los asesinatos que le habían imputado. Lo que no sabía es que aún se cometería otro, el de Daniel Ugarte que no tendría nada que ver con él. Los jaleos públicos se solucionaron con una multa económica. Joaquín Fernández agraviado decidió marcharse de allí a su hogar de siempre donde vería nacer a su primera hija que ya venía en camino, el otro para él no existiría porque al fin y al cabo él nunca entendió que la perfección y la ternura no van de la mano.

Pero a David le dio igual, ya estaba encerrado en la misma prisión de siempre, donde dormía intranquilo aferrado a la almohada que le regalaba los rostros de aquellos a quienes había ejecutado, la de su madre sufriendo confundiendo el pelo mutándolo al rubio de Sara rememorando las gotas de lluvia que se convertían en realidad al abrir los párpados y por qué no la desconfianza de los demás a perpetuidad.

Una tarde que iba andando quedó hipnotizado por una visión. Dos anillos simples de oro estaban en la cristalera de una joyería. Descansaban delante de una foto de una muchacha rubia con aparatos dentales cuya pose era radiante. David sabía que esa era la misma postal que Sara había reflejado en su ínfima compañía, ingenuidad no repetida del primer latido, del afortunado robo de color de sus mejillas y de ser secuestrador visual de su dicha compartida todos los días, excepto el último. Todos los albas al despertar ya eran esclavos de Sara para él.
- Era mi hija. Se iba a casar, pero no pudo hacerlo. No consigo venderlos. Es una historia de mala suerte.- habló un hombre que mascaba tabaco húmedo.
- Yo tampoco tengo fortuna. Si me pasa algo bueno es porque luché por ello y si es algo malo no creo que sea por el azar. ¿Cómo era su hija?
- Le daba más importancia a los sentimientos que a la razón.
- Es suficiente. Igual a mí.- y sonrió.- No soy supersticioso ¿Podría venderme uno? ¿O tiene que ser la pareja? La prometida todavía no sabe que mi amor por ella es para toda la vida.
- Me da miedo la gente que habla así. - le contestó.-Todo nace y muere, hasta lo que queremos alargar hasta el infinito. Pero usted es joven y nosotros andamos mal de dinero últimamente y los judíos siempre hacen buenos negocios. Le guardaré el otro para cuando decida recogerlo.

David Almansa aceptó y salió satisfecho con la alianza ajustada en su dedo anular. Aquello le daría fuerzas para ir a visitar a Sara pues le podía la fama de solitario, raro y extravagante. Desde la última vez había intentado contactar con ella inútilmente en repetidas ocasiones. Tres portazos en su casa de alguien indirecto a la muchacha o varios desvíos intencionados esta vez sí suyos hasta perderle la vista en sus paseos se lo habían impedido, incluso su nuevo empleo, y todo era más complicado. Sara había conseguido un puesto en una tienda de ropa y a David le hacía gracia verla volverse loca en la distancia entre mandiles, patucos, uniformes o trajes de gala. Hasta que esas observaciones mutaban en algo que podía controlar a duras penas. Pero la noche le devolvía como un espejo el pesimismo de que el futuro no es fácil de construir.
El único nexo de unión entre ellos fue el huevo. David pensó que le sería devuelto en un suspiro pero tardó en llegar a las manos de su dueño. Aquella mínima tardanza solo podía significar que ella aún le seguía queriendo, o quizás se quisiese aferrar a una última esperanza moribunda. David se lo volvió a enviar porque a él a cabezota no le ganaba nadie. Cuando el presente le fue restituido de nuevo no le sentó tan bien, pero extrañamente reafirmó su amor por Sara aún más.

Aún así, de pronto no encontrando aquello normal y asustado por primera vez por si no hubiese sido tan grande la pasión como creyó para ella enfriándola el termómetro del tiempo decidió presentarse con la joya en la tienda . Cuando observó a través del cristal ahumado a Saúl su desconsuelo no tuvo límite, pero aún así al cruzarse fuera le invitó a que más tarde se pasara por su casa porque el niño que había pasado tanto con él se merecía poder dar una explicación. Saúl aceptó encantado y de buen talante, a pesar de leer en el esquema corporal de su amigo que la furia le golpearía más tarde sin compasión.

El pasado. Capítulo XX

Parapetado en un ángulo entre el tabique y la cortina que daba a la recepción David esperaba sin dejar desmayar sus extremidades. La pistola que continuaba empuñando era una extensión más allá de su organismo. Reflejado por su peligro Joaquín había recibido con agrado que el reclamo llegase de la zona de servicio.
- Pase. Mi prometida le está esperando. – dijo con voz suave.
Algo iba mal. Él nunca sería tan considerado. David torció sin descuidar la vista a la ranura entre los goznes. Su espíritu se rindió al localizar a Sara allí. Zarandeó la pistola en la dirección de Joaquín silenciosamente para que la alejase de allí.
- ¡He dicho que entre!- le llevó la contraria.
- Sí, es que he traído unos platos que la señorita Alicia me…- Al pasar y ver lo que mantenía el escondido y de quien se trataba, Sara dejó escaparlos y yacieron hechos añicos a sus pies. El duro trabajo se había perdido en polvo desperdigado. Dirigió a David un gesto de aflicción porque habían sido realizados por ella minuciosamente con su propia voluntad durante semanas. Él creyó deshacerse por dentro, y Joaquín lo aprovechó propinándole un sonoro puñetazo en el estómago que le hizo desestabilizarse.
Lo que no se esperaba este último es que una fuerza descomunal le agarrase del cabello hacia atrás.
- ¡Suéltele!- chillaba Sara conteniéndole mientras David tanteaba para recuperar el artefacto con tan mala fortuna que una bala escapó de ella al haber perdido en el forcejeo el seguro agujereando la pared a tan solo unos centímetros de Sara.

Más adentro los pasos precipitados se escuchaban al tener la única salida de la mansión taponada por los otros tres individuos enzarzados.
- ¡Ya viene la policía! ¡Ya llega!- se oía gritar a Alicia Campos entre el nerviosismo reinante. Sara, mientras, sollozaba asustada por el impacto teniendo los brazos de Fernández rodeados a ella.- ¡Déjala en paz!- chillaba fuera de si David de nuevo preparado sin creer la desgracia que había estado a punto de cometer- ¡¿Yo?!- se burló Joaquín.- ¡¿Quién es el peligro aquí?!
- ¡Te descerrajaré si no la sueltas!
- Ella no me interesa, eres tú. ¡Asesino! Me tienes harto. Pero pagarás por ello, toda la vida en la cárcel y si no ya me ocuparé yo.
- ¡¡Que la dejes!!¡¡He dicho que la liberes!!¡¡Esto es entre tú y yo!! ¿Qué eres tú entonces?- Decía alejando el cañón de ella siempre que Joaquín se exigía en enfocarla a él.
- ¡No, no, no! Has venido a mi casa, a por mi prometida. Esto es lo que más te importa, ¿no?- dijo mirando a Sara.- Una carta por la otra. Pero voy a darte todo tu rencor devuelto, esto no ha terminado aquí después de que la justicia se haga cargo de ti. No te entra en la cabeza no querer rematarme, pues ya ajustaremos cuentas. Pero toma tu primer regalo, a ver como reacciona ella.- y lanzó a Sara a sus brazos a la vez que el sonido de la autoridad empezaba a hacer presencia en una manzana vecina. Al contacto del cuerpo de él Sara lo rehuyó comenzando a correr saliendo de allí y pisoteando sus propios trabajos seguida de David a duras penas por su cojera mientras Joaquín daba unas palmadas reuniendo a la gente y calmándola. Ese sería el penúltimo enfrentamiento de uno y otro.

- ¡¡Sara!!¡¡Sara!!¡¡Sara!!- gritaba él.
Se la encontró en medio del camino con la actitud más furibunda que nunca le conocería.
- ¿Qué haces? Yo no te haría daño. No sabía como manejar esto. Te tenía cogida y tenía miedo a perderte.- se explicaba David.
- Yo no… yo no esta…ría segura de nada. No te vuelvas a acercar a mí, por favor.- dijo ella sin saber que su hijo pronunciaría exactamente lo mismo muchos años después. La diferencia es que a ella le hicieron caso.
Cuando por fin los guardias llegaron David no opuso ninguna resistencia enfrentado al horizonte como si le fuese a devolver lo que había perdido. Su bien más preciado, su razón de ser, había desaparecido.

El pasado. Capítulo XIX

- ¿Señorita Alicia? Ha llegado otro paquete.- le anunció un muchacho con prevención. Y no era para menos. Alicia Campos había despachado a cuatro empleados en solo una semana, pero afortunadamente para los que llegaron después que él se lo pensó mejor por las restricciones de Joaquín viendo como se le iba de las manos sujetar a su caprichosa prometida.
- ¿Uno más? Todavía no ha habido boda y no paro de coleccionarlos, ¿te lo puedes creer?- le dijo a su hermana que se encontraba aburrida de tanta parafernalia. - Seguro que ha sido él. Si alguien vuelve a llamar no me importunes, déjalos en la alacena. Pero este tráemelo. Y este tiempo… - y suspiró sin ganas.- Mi madre se casó con lluvia, aunque dicen que son novias afortunadas ¿qué más tendré que heredar?- quizás si hubiese sabido la respuesta no lo habría dicho de manera tan despectiva.
El chico volvió con un cajetín que podría haber sido huésped de un museo de miniaturas.
- Es para usted, señorita… Solo para usted. No del señor- Esto último lo dijo en voz más descendente. Alicia dejó la labor que se llevaba entre manos y se dobló los puños de la camisa con pericia matemática.
- ¿Quién lo ha enviado? ¿Es conocido?... Cuanta intriga. No entiendo tanta tontería.- dijo cogiéndolo como si le fuera a pegar una extraña dolencia.- ¿Ha llegado ya el caballito de madera? Y la manía de Joaquín de querer encargar y gastar dinero sin ser necesario. Si ni siquiera estoy esperando un hijo, ¡ni casada! Como lo hayan visto los vecinos. Que ganas de perder el tiempo.
- Sí, señorita. Lo hemos dejado en su habitación.
- Bien, muchas gracias. Primero abriré esto.- Si el papel rojo hubiese podido manifestarse se habría quejado. Dentro se encontraba una caja del mismo color con un roto extraño en un lateral.- ¿Te has fijado Teresa? Que descuido. Mi Joaquín no haría eso nunca, él es tan atento… ¿Pero esto qué es? Un soldadito… ¡¿Pero qué insulto es este?!- y lo lanzó con toda su rabia.- ¿Dónde está la dignidad de la gente?
- Alicia…- comenzó su hermana.- ¡¿Qué pasa, Teresa?!- chilló ella como una niña malcriada cansada de que no le diesen la razón. Cuando alzó la cabeza se encontró a unos pasos a Joaquín completamente rígido observando la figura que le había rebotado en el atuendo.- Disculpa, querido. No sabía que estabas ahí.
- ¿Quién ha traído esto?- contestó él con una nota de angustia en la voz.
- He sido yo.- y desde la sombra como en un baile de máscaras apareció David blandiendo un arma señalando a Joaquín.- Me he cansado de esperar que vengas a mi encuentro. Hoy vamos a saldar cuentas.
- ¡Estás loco! ¡No sé cual es tu causa!- A la vez que Joaquín había mentido las dos damas se habían levantado dejando sus costuras rodar por los cantos del patio donde se hallaban por el estupor del atraco. David blandía con firmeza el arma apuntándole únicamente a él mientras las venas de sus ojos parecían disolverse. – Las damas pueden entrar en la casa. No les pasará nada, sin ruidos y sin gritos.- dijo sin perder de vista su móvil mientras atropelladamente y entre los sollozos de Teresa Alicia la aleccionaba de una manera zafia a desaparecer del escenario.- Yo no soy de la misma calaña que tú. Tú ordenas matar a inocentes y no te manchas de sangre y yo solo mato a quien se lo merece.
Joaquín parecía flaquear en la apostura pero no en las intenciones.
- Estás cavando tu propia tumba, Almansa. Solo tendrás una oportunidad así que aprovéchala.
El dedo se escurrió a medio camino del gatillo y la fragancia de la pólvora se vio entorpecida por el retumbar de una llamada.

El pasado. Capítulo XVIII

- ¿Cuánto tiempo llevas así, contemplándome?- preguntó Sara.
- Una eternidad maravillosa.- contestó David.
- Deja de hablar en verso.- le regañó quitándole una pestaña que yacía vencida igual que todo lo que pertenecía a su dueño.
- No, no. Es prosa romántica.- y se rió.- ¿Qué haces, cirujana?
- ¿Cómo está la pierna?
- La pierna no lo sé, el resto mejor que nunca. Pero dejemos eso. Solo quiero hablar del hoy y estirar tu sonrisa hasta el infinito pero sé que se trata de un imposible.
- Pero que cursi eres.- David le dedicó una carcajada llena de despreocupación. Acarició el pómulo de ella y como en un deja vu creyó haberlo hecho cientos de veces sintiendo la misma conmoción.
- David, cuéntame cosas de ti. De tus raíces, de donde vienes.- indagó Sara.
- No es digno de este momento. Confía en mí, ya habrá un después.- Y ella dejó que su nariz descansara en su frente cansada. De pronto pareció albergar la idea de separarse mínimamente y observó el pequeño objeto que había estirado de él la noche anterior.- No debería estar aquí. No quiero obtener miedo por culpa de él a que te pase algo. El desconsuelo de no tener nada no se podría comparar con el de tenerte y perderte.
Sara se mofó en un intento de quitar hierro al asunto. Su risa se oyó cristalina traspasando los recovecos más escondidos de David.
- No seas tan exagerado. Fue la primera vez que probé el robar sin saber que los hurtos verdaderos son otros. ¿No quieres competir en poesía? Yo te ganaría.- pero David ya se había aproximado para robarle el beso consciente que estaba deseando tomarle prestado. Se acercó al mueble donde se encontraba el huevo y lo cogió con tal suavidad que parecía que le tuviese miedo.
- Ven, Sara. Te voy a contar la historia.- dijo plantando los deslavazados pantalones en el suelo con ayuda.- Ella se sentó al lado y apoyó la cabeza en el hombro mientras miraba extrañada el objeto acurrucado en la palma pensando que importancia podría tener.- En Rusia la Pascua tiene una categoría mucho mayor que aquí. El zar Alejandro III estaba casado con una mujer de ascendencia danesa de una belleza inigualable, bueno este tipo de cosas las adornaré yo porque para mí no te ganaría- y comprobó satisfecho que ella se reía.- y el soberano decidió hacerle un regalo que le recordase a sus raíces. Así pues, le encargó a un joyero que cada año para esa festividad diseñara uno para la zarina como regalo. Con una condición, que cada uno fuese único en su diseño y contuviese una sorpresa. Su hijo continuó con la tradición pero al ser el último zar esta se vio abruptamente finiquitada… se dice que fabergé hizo 69 pero hoy en día solo quedan 61, entre ellos el que tú tienes entre las manos. Me temo que no podré darte uno cada año.- y sonrió.- pero este es el símbolo de mi amor, más allá de anillos.
- Me gustan más tus palabras que el huevo. Pero cuando lo vea me acordaré de ellas y de ti.- La expresión serena de David se lo confirmó.- ¿Por qué llegó eso a tu casa?
- Oh, no fue la mía. A la de mi abuelo, él tenía mucho dinero y por qué no decirlo era en exceso sentimental. Así que se lo regaló a mi abuela como prueba de su pasión pero desconozco cómo se hizo con él. Y eso es como fue y por eso yo te lo doy a ti. ¡¿Y tú?! ¡¿Me vas a decir como te colaste en la casa de los Errera?! Ladrona- jamás una palabra tan fea fue dicha con más socarronería. Pero el temor apareció en el iris de Almansa por si ella contraatacaba con la información que ya había recibido con anterioridad.
- Ahora no.- susurró Sara.- Va a haber mucho por delante.
David descansó sobre el colchón de la confianza de ella que le era ofrecida por primera vez. Y volvió al paraíso para no alejarse de él.

El pasado. Capítulo XVII

Dicen que el mar no conoce más quietud que la que existe en el momento previo a una gran tormenta. Así era aquella paz tranquila, arrasadora, con curiosos escondidos señalando con el índice desde la seguridad de su posición no culpable mientras David Almansa se arrastraba literalmente sintiendo una punzada en la rodilla a cada paso que daba.

Francisca se había dado de baja voluntariamente, así que al entrar en el piso no solo la humedad del abandono se apoderó de la nariz de David. Allí había alguien más. No llevaba pistola encima, ni ninguna protección; era hombre muerto. La mano del intruso le apretó el índice, el medio y el anular al ir a tocar el interruptor y sabiendo que tenía forma femenina supo a la perfección quien era. No estaba preparado para aquello, ya que al saber de él todo el mundo había renunciado a seguir a su lado, así que giró el cuerpo rápidamente encendiendo la luz, con el inconveniente de olvidar momentáneamente su handicap a la vez que la claridad se hacía en la habitación habiendo de apoyar su espalda en la puerta mientras el padecimiento le recorría todo su ser en forma de aguijones por falta de sueño, por la herida, por estar hambriento, dolido y por qué no enamorado.

Por eso al confrontar a Sara enfrente, se sintió el hombre más desafortunado del mundo al no estar en condiciones de dialogar, ni quizás de nada más.
- Quiero que me digas algo bonito ahora.- soltó por sorpresa ella.
- ¿Cómo?... Digo… Ay, dios mío. ¿No crees que es un mal momento?

Sara se levantó llena de furia y cogió con firmeza la mandíbula de David sin ni siquiera percibir todavía la herida de su pierna. Sara se preparó para un desafío pero solo se encontró con el muro de su dulzura escupida de una, impregnada en cada marca de su rostro, sabiendo David que ella era su espejo. Él frenó para no dejar de salir el torrente que dormía peligrosamente en sus entrañas, no fuera a ser que el envite la acobardara. Ella que estaba cansada de llevar en la mochila la fuerza que necesitara sola, subiendo y bajando y siendo el bastón guía en todas sus empresas, no estaba dispuesta a abandonar en esta por cabezonería y por darle explicación a la sinrazón de algo bello no identificable que le había arrastrado. Quizás su definición fuese amor.

- Asesino y mentiroso. Vaya joya. Solo estaba tonteando, ¿qué frase es esa? Y yo creyendo ser la dueña de aquellos fuegos esa noche.
David torció la cara sorprendido sonriendo. Buena memoria. Era el momento de enterrar para siempre la pasión o de dejarse empujar por ella. Y lo cierto es que él siempre había sido de los segundos, aunque la caída fuese el doble de gorda.
- ¡Mis palabras no mintieron! ¡Ni mis labios lo hicieron! ¡Ni mis ojos! Esto es lo que soy. Esto es lo que hay. Esto es lo que siento por ti – En un instante de delicadeza estuvo a punto de tambalearse milagrosamente sin descubrir su estado.- Solo disimular, pero creo que lo hice bastante mal, porque lo cazaste al vuelo.

Sara de una se dio cuenta que le rodeaba la cintura con los brazos, y así lo soltó no fuera a derribar su última muralla para sucumbir, cayendo él como un saco de patatas al parqué. Entonces la realidad en forma de grito doloroso la sorprendió.
- Solo había venido a darte…- dijo apresuradamente. Quería marcharse de allí antes de que él la condenase para bien en su mismo tren. Pero ya había fracasado. De arriba abajo David ya sabía que estaba perdida por lo que sentía y que el causante de ello era él. Solo hizo falta que se lo confirmara.
- ¿Por qué cuando una menos cree que va a ser conquistada ese hombre se convierte en “él”? En ti.

David sacó la potencia de dentro, en un último esfuerzo no calculado, porque vino sin pensar ser dado y solo le había sucedido con quien tenía que sucederle y en el momento que tenía que pasarle, por ella, que había tocado hablando las teclas adecuadas. Creyendo Sara que lo que iba a recibir era brusquedad se convirtió en dulzura no antes probada al chocar con él. ¿Quiénes eran para negar lo que nacía a pesar de sus vidas? No existía nada alrededor que no fuese ellos confirmándose en contemplaciones, roces, hasta que un pequeño punto brilló en la penumbra recuperada y David vio la joya de su familia. A pesar de la confesión que ella le había hecho en aquel tipo de cárcel, fue como si no se lo esperara allí, y al notar su pequeña pausa contraatacó con fiereza siendo respondido con la misma pasión reafirmando ella por su mirada lo que había sucedido. El vendaval de sus sentidos ya no se pudo parar.

El pasado. Capítulo XVI

- Aquí tiene sus pertenencias. ¿No pregunta si ha venido alguien a recogerle? Todo sinvergüenza tiene su apoyo.- ahondó en la herida el alguacil.- El juez ha dejado esto para usted, no se crea que se va a librar tan fácilmente. Una citación por robo y como añadido del pastel sorpresa otras causas por asesinato, vamos, que está hecho usted un angelito. No olvide que no puede cambiar de residencia hasta el juicio.
- ¡Cierre la bocaza! Igual le denuncio yo a usted por no traerme a un médico. Podía haber muerto de una infección.
- ¿Y creé que a alguien le habría importado? Más le vale que aparezca el huevo de fabergé.- pero sus ojos dieron muestras de titubeo o quizás es que pensase que él también podía ganarse una querella y no siguió lo que había comenzado.

La vía se encontraba completamente desierta cuando salió. El sol se estaba poniendo y hacía fresco, aunque por el ambiente se notaba un cambio en el tiempo para bien. El silencio le incomodaba pero no dejó que fuera hiriente como en otras ocasiones. Sentía la necesidad de abrazar cualquier cosa, aquel sol, o la farola, o a Saúl niño vestido en su pijama aunque fuese materialmente imposible pero somos tan hipócritas que solo sucede cuando uno está en el punto álgido de una situación extremadamente delicada.
Un remolino se levantó y movió varias hojas de periódico que descansaban sobre el pavimento.

- “Insigne despedida a nuestro ilustre ciudadano Joaquín Fernández”- rezaba el titular.

Curioso municipio, no medir con la misma vara a dos asesinos, dos lobos creados por una causa distinta, Joaquín por principios, él por venganza. Muchas de las personas que le mirarían con desprecio habrían hecho lo mismo de haberse visto en la situación y luego se habrían dicho como él a si mismo vuelve atrás y no dispares ese gatillo. Porque la evocación más alejada no conocía la existencia de Sara y a partir de ahora la añoraría cada minuto. Pero sobre todo porque despreciaba lo hecho y en lo que podía convertirlo. Uno ve las cosas tan claras dentro y cuando las expulsa para fuera tan solo tiene un breve instante para convertirlas en palabras o hechos y puede arrepentirse de lo dicho o hecho. ¿Así cómo podría habérselo explicado a ella?

El aire había movido las hojas del diario y tan solo quedaba una pequeña cuartilla. David la cogió y la arrugó con ira reprimida, pero momentáneamente vio una foto. No supo decir qué fue pero quizás como un minúsculo flechazo observó el pasillo de aquel local confortable y pequeño y supo que quería estar allí, aunque sin Sara no tuviese sentido. En venta y con un pequeño número de teléfono a cargo del dueño, que se trataba de un anciano hastiado por lo que se deducía del mensaje, quería desprenderse de él porque ninguno de sus dos hijos había heredado su gusto por las obras de arte y las antigüedades.
-¡Obras de arte!- y no fue hasta un poco después que David notó que lo había dicho en voz alta. Primero debería pasar el trago más duro con el juicio. Y recordó las palabras de “todo sinvergüenza…”
David volvió a la comisaría y preguntó…
- ¿Quién ha pagado?
- ¿Todavía sigue aquí? El hombre que vino a visitarle el otro día.- le informó el otro.

Pero Saúl aún no había terminado su misión allí, él no podía hacer nada por el juicio pero aprovechando como rezaban las notas que Joaquín había decidido marcharse con toda la pompa que le caracterizaba decidió no perderse la marcha presidida por un cortejo, en la que Fernández viajando en un coche dejando la ciudad como el máximo benefactor de ella recibió un saludo de Pérez Sabán que dejó en estado de incógnita a Joaquín. En él iba con Alicia Campos, al fin su prometida, una mujer de indudable belleza que no descubrió jamás su tiranía porque ella la poseía aún más que él. Saúl entre la multitud movió la mano esperando darle en tiempos venideros la lección que merecía, pero otra vez llegó con retraso y nunca se lo perdonó.

El pasado. Capítulo XV

La señora que abrió la puerta lo hizo con la reserva de estar ante un desconocido, pero el buen vestir es la mejor tarjeta de presentación.

-¿Sí…?-
- Oh, disculpe. Igual le he importunado. Mi nombre es Saúl Pérez Sabán. He venido de lejos a visitar a un amigo. Esta mañana he tenido el gran placer de conocer a la señorita Sara y habiéndome enterado de que perdió algo que es de su agrado pensé en devolvérselo.- Con aquella facilidad oral tenía el ochenta por ciento ganado por adelantado y su seguridad lo sabía.
- Está en la parte de atrás, en el invernadero.- y se fue lamentando la interrupción.

Años más tarde Saúl recordaría esa imagen al ir a buscar a Carlos a la cárcel, desencantado por encontrar a un calco físico de David, aún así sorprendiéndose al ir trabajando con el muchacho para bien ya que al contrario de la inicial impresión él se parecía a su madre en los detalles importantes que no se ven a primera vista. Y eso que la memoria tenía más retención con otro tipo de sensaciones. Iría allí por la lealtad a la amistad de David, pero en su fuero interno por lo que deseó para Sara. En nuestro camino también nos marcan las experiencias que nunca se dieron.

- Bonitas flores. ¿Le gusta la jardinería?
- Me gusta más cocinar. No se crea. Su trabajo tiene. Coja una herramienta y lo comprueba.- contestó Sara con una sonrisa.

Tan solo eso le bastó a Saúl. Ya tenía el convencimiento de que una mujer como aquella solo se encuentra una vez. Siempre había llegado tarde y estando acostumbrado a ello no fue la excepción. Si hubiese podido firmar para que Sara fuese feliz lo habría hecho allí mismo aunque no fuera a su lado, no obstante no correspondía a su naturaleza rendirse y no sería la excepción.

- Venía a hablarle de mi amigo David. Si me deja me sentaré, prometo no perturbarla con lo que le cuente. De hecho, creo que soy el mejor para ponerla al día acerca de él, si me permite la modestia…Dejaré por aquí el sombrero, ¿de acuerdo?

Sara le miró con una mezcla de si no hay más remedio pero con nada maquillará la verdad.

- Antes de juzgar a David tiene usted que conocerlo. No todo el mundo posee una infancia como la suya… Siendo niño lo separaron a la fuerza de su familia. A su madre le hicieron mucho daño y a él también alejándolo de cualquier aprecio. El odio germinó en él antes que el sentido de lo que estaba bien y mal. Cuando comprendió lo que era lo segundo ya era demasiado tarde para un alma que sorprendentemente se había ido forjando bondadosa para sus actos, y aún así demasiado inmadura. El sufrimiento le inundó de arriba a abajo, día tras día al comprender esas acciones. Nunca… nunca se perdonó no haber dejado que los que nos cogieron nos hicieran daño por frágiles, por eso confundió la maldad sin llegar a reconocerla una vez se hizo fuerte. Él siempre comentaba que no iba a querer a nadie, porque significaba sufrir, por lo que le enseñaron que podía suceder en su casa, pero yo creo que lo comentaba porque tenía miedo a haberse ganado el derecho de no tener esa oportunidad por todo lo que hizo.-

Sara experimentó de golpe un malestar físico que no delató pero Saúl averiguó al vuelo.

- Oh, lo siento. Me temo que es demasiado para usted de una. Supongo que no es fácil enamorarse para luego descubrir a quien te ha hechizado. Sara, déle una oportunidad. Créame, no se lamentará. En mi vida lo he visto más embrujado.- y se enfundó los guantes para en un pequeño relámpago su vanidad poder con la lealtad a Almansa.- ¿Le importaría si yo le escribo de vez en cuando, para saber como le va?- preguntó lamentándose no haberla dejado casi hablar al no tener a mano lo que él podría haber deseado más.

- Hágalo, pero no recibirá respuesta.

Sara creyó así que Saúl se rendiría, pero a partir de entonces recibió una misiva mensualmente sin ser descubiertas por su futuro marido creyendo averiguar entre letras que el primer paso no lo daría por respeto a David. No las tiró quizás por vanidad femenina, porque nunca viene mal saber que uno es apreciado.

El pasado. Capítulo XIV

- ¿Estás ahí?... ¿Qué te parece si encendemos más la luz? – y una mano chasqueó una cerilla como en un truco de magia. Las inmediaciones de la celda se iluminaron como una cueva pero sin su belleza. David Almansa apoyó el pómulo en el frío acero para comprobar que ella estaba sola.

- ¿Qué haces? ¿Por qué has venido?- dijo cortantemente.
- No es necesario tener una respuesta a eso. De hecho, no la hay.- respondió Sara.

David preparó toda su artillería para ser lo más frío posible. Había cometido el gravísimo error de dejarle entrar en su yo más íntimo pero la echaría antes de que sufriera, antes de condenarla a su verdad, a ser recordada por ser la mujer, la amada de un hombre con un currículo marcado por la venganza. Moduló la voz como actor de teatro y así se comportó para mal.

- No pensarás que lo del otro día iba a algo. Solo estaba tonteando.- Pero fracasó en su intento.
- Eres pésimo mintiendo. Y robando. Y defendiéndote ya ni hablamos. Me parece que soy mucho mejor ladrona que tú. Si quieres hacemos una competición.- Sara no pudo desviar su atención un segundo de la cara de David a su pierna. Era extraño comprobar un hombre con tanta luminosidad en el rostro y tan oscuro en el resto de su anatomía.
- La única vez que soy inocente es cuando me consideran culpable, ¿no es irónico? Si quieres ir adelante con todas sus consecuencias, debes saber algo. - Le anunció.
- Eso ya lo sé. No eres un criminal.- Sara enfocó la mirada hacia él y David la evitó. Si eso sucedía estaría perdido y toda su fortaleza volaría como la evaporación de la última gota de humanidad que había creído tener gracias a ella y que ahora iba a perder.

- No de esto desde luego. ¿Cómo lo averiguaste?- y arañó la garganta para ser aún más rudo y frío.
- No sabía que podía haber tanto vinagre en lo que yo había considerado dulce para mí. Porque fui yo quien me lo llevé. Parecía que era tan importante para ti desde el fondo de tu corazón que no me importó robarlo. Lástima de manos manchadas por algo que creí tan bonito.- dijo al notar el tono de él.

En el fondo de la celda David presa de la sorpresa se echó mano al cabello y empezó a llorar. Pero no fue un sollozo trágico, de telenovela, del que se vanagloriara, sino uno de rendición, de debilidad por no poder cambiar su historia. Sara pareció comprenderle ahora mejor que nunca. Rara vez había visto a alguien lagrimear, pero parecía en ese momento una experta.

- ¿Qué has hecho tan perverso? Solo a partir de ahora podrás cambiar eso, ser un hombre nuevo, y mirar el delante y no el atrás, creyendo que este será mucho mejor. Lo que no sé es si yo quiero estar en tu porvenir.
- Algo muy malo, mi amor. He matado a hombres, a por el que vine aquí se me ha escapado, si no probablemente mi mente habría ordenado a mi mano hacerlo también. – confesó David
- ¿Es una invención, verdad?
David se esperó y se preparó para decir la frase más difícil.
- Eso me hubiese gustado.
La sinceridad no siempre es el arma más adecuada de afrontar algo. Recibió un gesto hondo de desprecio sin saber que su hijo recogería otro muchos años después también por su forma de actuar. No era la primera vez que David era obsequiado con algo así, pero aquel se quedaría grabado en él para siempre. Porque a diferencia de casi todos los demás, que le importaban bien poco, aquel era del ser amado, y ahí radicaba su poder.

El pasado. Capítulo XIII

Dos candados despertaron de su sopor a David. Lacerado más en su autoestima que en su físico, aún sabiendo que aquella pierna ya no volvería a ser la misma, se preparó a afrontar con las pocas fuerzas que le quedaban el último envite de su opuesto.
- Allí lo tiene. Es la última a la derecha.- escuchó decir al carcelero.
Las suelas rebotaron en el suelo húmedo, donde camuflado como un camaleón se lo encontró su visitante. Era un hombre algo más joven que él, elegantemente arreglado que vestía guantes caros pero de facciones más duras y talle más recio. Probablemente otro esbirro de Fernández.
- No tengas miedo, David. No voy a hacerte nada.- dijo a una distancia prudente.
- La confianza no es algo que yo de. Se la tienen que ganar conmigo.- contestó rápidamente el otro.
- Lo sé. Te conozco mejor que tú a mí. Deja de moverte o esa extremidad la habrás perdido en el futuro.
La oscuridad les servía a ambos de escudo entre sus personalidades, la calma contra la bravura, el razonamiento contra el ingenio, el gusto por lo analítico contra el arte, la planificación frente al corazón sin pensar en consecuencias.
- ¡¿Me estás amenazando?! Me basto y me sobro.- dijo adelantándose y dejándose ver a la que creía su nueva e inesperada némesis. El reconocimiento ocular fue inmediato y el otro no dudó en sonreír. Aquella mirada solo podía ser de Almansa.
- No, no te confundas. Te estoy aconsejando, como buen conocido. No te acuerdas de mí, ¿verdad? He estado muchos años buscándote, pero a cada pista que encontraba más miedo me dabas. ¿En qué te has convertido, amigo mío? Soy el número…

La expresión de las facciones de David se transformó de tal manera que el otro hombre se levantó de un brinco retrocediendo atropelladamente chocando contra la pared pensando que no había fin.

- ¡¡¡Cállate, Saúl!!!¡¡¡¿Ese era tu nombre?!!! ¿¿O es que vas de visita presentándote con una cifra??- y sacudió el aire.-No quiero saber nada más de aquello. Para ti seré un asesino. Tu justicia y la mía son distintas porque yo a ti no te he valorado negativamente desde que has entrado.
A pesar del desliz la figura de Saúl se dibujaba portentosa al otro lado de la reja. Solo quería saber que aquel niño que él admiraba tanto seguía siendo valiente, el más fuerte de los dos.
- No importa lo que hicieras. Yo sé que tu corazón está lleno de bondad. Si no yo no estaría aquí.
- Yo no maté a Germán Alcázar. Ni mataré a Joaquín ni a Wulf, ni a Ugarte si lo encuentro o al otro. Pero tú no me creerás, tú ni nadie. O quizás sí. Te diga lo que te diga, te va a dar igual. En estos casos, el juicio más duro es el de la sociedad. Por eso vine aquí, para empezar de cero y es que no hay nada peor que no poder echarse atrás cuando el daño ya está hecho.

Saúl se puso con tristeza los guantes.

- Hay una mujer ahí afuera, parece ilusionada. Ya sabes lo que tienes que hacer cuando ella llegue. Miéntele y no le digas que eres un asesino.
- No, le diré la verdad. Esta duele pero más vale decirla a tiempo que veinte años tarde. Y si me quiere, la aceptará.

Saúl se fue de allí dejando paso a Sara no sin antes sentirse mal por ella. Cuando cruzó el paso de peatones todavía dudaba de la veracidad de las palabras de David. Sabía que la cabezonería le podría al intentar mantener el bienestar de quien valía para él más que su felicidad. Su amigo estaba muy solo, y se empeñaba en estarlo y no hay peor soledad que la que uno tiene cuando está rodeado. Y como herencia esta la experimentaría su propia sangre impuesta hasta sus últimas consecuencias.

El pasado. Capítulo XII

- ¡Yo no he hecho nada! ¡Y no tiene por qué llevarme esposadooo!- Bramaba David, mientras un par de oficiales lo sacaban por la puerta.
- Parece que lleva algo en el bolsillo, mi superior.- comentaron unos metros más allá.- David se echó mano nervioso al dobladillo de la camisa.- ¡A lo mejor es la joya robada! Registremos la casa.
Calibró la frase de la autoridad y obtuvo enseguida la respuesta. Alguien había hecho lo que él había pensado, llevarse el huevo que él quería recuperar para su Sara.
- ¡Allí nooo!- gritó desesperado y enseguida se dio cuenta de su error.
- A lo mejor el sinvergüenza este tiene más de un frente. Igual se ha apropiado de algo de toda la vecindad. A ver que es esto. – Dijo registrando la camisa.-Mira, Pedro, un reloj.- y se lo lanzó a su compañero.- H&B… y de oro, muy bonito. ¿Lo has robado?
- Es de mi familia. Devuélvamelo.- El tiempo como tal en una situación angustiosa le parecía pesar como quilates y oía y olía como nunca lo había hecho, sintiendo el peligro como si fuera algo innato desde su nacimiento, y en eso desgraciadamente los Almansa eran unos expertos.
- De añadido un mentiroso. ¿No decía que solo tenía de valor lo de fa bergé? Este lugar, en el fondo, es muy pequeño. ¡Vamos a la casa!

A David sin querer le sobrevino una arcada. La historia no se repetiría esta vez. No le harían daño, a ella no. Tenía presente los brazos escuálidos de su madre las noches de domingo moviéndose al compás del ritmo de su padre mientras le insistía por enésima vez que estaba segura. Las caricias, abrazos y besos se convirtieron en la mejor medicina para ella. Intentó chillar pero solo recibió como respuesta un tortazo. Sara acongojada desde la casa no esperó más y salió por la puerta delantera. En cuanto la vio las luces de emergencia de David se encendieron de golpe.

- ¿Quién es el que…?– dijo uno de los otros al darse cuenta de la mujer y al aflojar instintivamente a su presa él no se lo pensó y empezó a correr…- ¡Será hijo de…!¡Se escapa!¡Tú por la derecha y tú por la izquierda!
- ¡¿Pero y la otra persona?!- gritó un subteniente.
- ¡Dejaros de él! A mí solo me interesa el ladrón.- chilló el guardia mientras dejaba escapar así curiosamente a este.

Sara desde el fondo a su pesar tuvo que tirar en otra dirección. En la chaqueta llevaba el huevo metido como en su día Ruth mientras intentaba invocar a cualquier cosa que le diese esperanza para que nada le sucediese a quien había sido destinatario de su estima. Lo habría tirado por estar con él, pero empezaba a comprender que el único que le daba un valor sentimental era David. Y encima cada vez que se quería acercar a él, se alejaban más. Pero ahora estaba dispuesta a solucionarlo.
David en la otra parte corría sabiendo de antemano que no tardarían en atraparle. La velocidad nunca había sido lo suyo y la vestimenta tampoco ayudaba en demasía. Pero Sara se había confundido algo en sus pensamientos con él, en realidad el huevo no le importaba, solo el reciente bienestar de aquel rayo de luz que era la muchacha en su anodino túnel hacia delante. Y quizás por la penumbra que le rodeaba o por ir pensando en otras cosas, pero lo más seguro por no conocer la gravedad del terreno esta vez sí accidentándose cayó por un terraplén abajo que le regaló una cojera permanente a la vez que Joaquín con complacencia se guardaba el reloj agradeciendo aquel gesto como si le perteneciera.

Muchos años más tarde un huérfano con nombre falso que se había presentado formalmente recibiría aquel reloj como regalo de su futuro suegro sin saber David que gracias a eso regresaría a las manos de su hijo Carlos.

El pasado. Capítulo XI

- Tiene usted lista la maleta, Don Joaquín.
- Gracias. Solo tengo contratiempos que me hacen desviarme de lo que de verdad me interesaba. ¿Ha escrito a mi otra casa diciendo que tardaré en llegar, unos meses, un año, más…? Diablos, qué hora es ¿Ha visto lo que me ha hecho retrasarme?
- Sí, señor, a las dos cosas. También avisé solamente a quien usted dijo de lo de la señorita Alicia. Además hay una nota para usted del señor Errera.
- Perfecto. Deje de ser tan pelotero. Ahora mismo la leeré. Por lo demás ¿ha ido preparando los papeles que le dije?
- Sí. Los tiene encima de la mesita.- presumió su sirviente.
- ¿Ya? No se enorgullezca, no es oro todo lo que reluce por una acción. Aún así, gracias. ¿Qué hace Errera viniendo a toda prisa por la calle?- preguntó descorriendo un visillo- Su silueta es inconfundible y no precisamente por su esbeltez. Déme lo que me dijo, debe ser urgente, pero solo estoy rodeado de gente de pacotilla que no se sabe dar cuenta de esas cosas. -Antes de que el otro pudiese retirarse la puerta se abrió con violencia.
- ¡Don Joaquín! ¡Me tiene que ayudar!
- Buenas noches. ¿Dónde están sus modales de caballero? No sé en qué podría yo echarle una mano. Ya sabe que esas cosas cuestan.
- ¡Esta noche me han robado! El huevo de fa bergé con el que el señor Almansa obsequió a mi hija por su compromiso no fructífero.
En el rostro de Joaquín se dibujó una sonrisa de satisfacción.
- No me extraña. Ese objeto tiene muchos amantes frustrados. Pero no se agobie, siéntese por favor. Creo que está bien claro quien ha podido ser, yo le ayudaría pero claro tengo muchos asuntos pendientes…
- Haré lo que quiera. Tengo dinero, y tierras.
- Por dios, señor Errera, me ofende. Yo soy un hombre de justicia, de ley. Además tengo más fortunas que usted, cuatro o cinco veces. La casa… ¿qué pruebas hay? ¿No me dirán que no han tomado huellas?
- No hay ni una. Quien fuese debía ser un experto ladrón, alguien muy meticuloso, sin mácula.
- Bueno, bueno, no exageremos. ¿Y si yo le dijera en confianza, puesto que si se propaga habría una alarma social entre nuestros queridos ya ex vecinos para mí hay un ladrón de guante blanco? Y que usted lo conoce realmente bien.
-¡¿Y por qué no dio usted esa información antes?! Con el peligro que corremos…
Joaquín exhibió su sonrisa más resplandeciente
-Teníamos que tener pruebas fehacientes, ya sabe usted, no se pueden dar palos de ciego.
- Pero no las hay.
- ¿Cómo que no? ¡Conmigo siempre las hay!
Mientras David Almansa entraba en su casa preguntándose que había sido de Sara y por qué no había vuelto a ver a la muchacha desde aquella noche. Había dejado de lado lo que era necesitar la compañía de alguien hasta que ella se lo recordó bajo las estrellas. Y a partir de ahora no quería olvidarlo nunca más. Lo que no sabía es que ella había corrido a refugiarse en un escondite y se encontraba a pocos metros de él pensando rememorar ese instante íntimo robado por mucho tiempo. Puesto que le confirmaba en él lo que ella sentía. Los dedos largos de David fueron a agarrar el pomo del escondite y el corazón de Sara comenzó a latir velozmente mientras el cabello de él iba tomando forma mientras se acercaba. David se dio cuenta de que ella se encontraba dentro y en vez de miedo la emoción le embargó por dentro. Pero un portazo sin previo aviso le paralizó cerrando de golpe la puerta protegiendo lo que quería. Sara se agarró instintivamente al huevo que le había ido a llevar y que él no había llegado a ver. ¡Que se esté callada!- pensó.
- ¡¿David Almansa?! – dijo una voz lejana.- Está usted detenido, tiene derecho a permanecer en silencio, cualquier cosa que usted diga puede ser usada en su contra, también tiene derecho a tener un abogado presente ahora y durante cualquier interrogatorio futuro. Si usted no puede contratar a uno, se le proporcionará uno si usted lo desea.
- ¿De qué se me acusa? – preguntó pensando que ya tenía claro de que era. Pero no era de lo que él se había esperado.
- De robo.

El pasado. Capítulo X

Los padres mienten si alguna vez dicen que el amor que dan a sus hijos es el mismo. Este se transforma con el paso de los años, aumenta y en ellos se vierte toda la esperanza que una vez yació dormida en si mismos.

- Apaga la luz cuando hayas terminado, Esther.- le dijo el señor Errera a una de las suyas que estaba en la biblioteca. Probablemente la niña nunca fuese a tener en ningún otro momento esa luz de ingenuidad y felicidad nata una vez dejada marchar esa época. Y la retrató sin necesidad de una cámara para la posteridad apreciando su gran parecido con su enamorada como una fotocopia única que ya no se repetiría jamás. - Nunca te había visto interesada por esta sala.
- Estoy buscando un libro acerca de alguien, se llama Van algo.- dijo mientras acariciaba el lomo de un tomo con el índice como si quisiera adueñarse de su polvo.
- ¿Van Gogh? ¿El pintor? Es demasiado trágico, cariño.Fue un hombre depresivo, marcado por su pasado, sus fracasos amorosos y artísticos. Su primer cuadro se vendió cuando ya había fallecido. Una vida digna de no ser emulada.
- Ese chico que ha estado aquí esta tarde me habló de él y no supe darle conversación, yo que creía saberlo todo.-
- Es ridículo, tesoro. Nunca se termina de aprender. Además, eres muy joven y me alegro que la cosa no fructificase, Esta tarde se presentó aquí, me molestó, primero sin avisar, a prisas, diciéndome devuélvame la joya…te ha insultado y cuando eso sucede es como si lo hubiese hecho conmigo. Me parece que no tardará en marcharse. Ahora os quedareis las dos solteronas, porque he oído que el señor Joaquín Fernández también planea un viaje a largo plazo y no creo que pretenda parar sus planes por vosotras.

Eva Herrera miró dolida a su padre pero este no pareció percatarse de ello. Observó el huevo de fabergé en la vitrina de cristal en la que había permanecido desde que se lo entregaran. Aquella delicia de orfebrería le había parecido de las mil y una noches la primera vez que la vio pero fijándose persistentemente en él parecía que escondía algo maligno latiendo en el interior de su pequeño caparazón.

- No quiero ese huevo. Por culpa de él me comporté como lo que nunca había deseado ser. Y sabes perfectamente que no fue una ofensa. Solo que yo me revolucioné.
- Pero hija cuesta mucho dinero y…
- ¡No lo quiero!- El señor Errera palideció al verla reaccionar así por primera vez.- ¡No me gusta! ¡No me pertenece! ¡Igual fue ganado con la sangre de otros! Ya lo oíste papá, es heredado.
- ¿Qué dices, Eva? Blasfemias, tan solo sería una historia, será de una joyería. Y si es heredado, mejor aún. Más valor tiene. Él no luchará por recuperarlo, si fue tan fácil abrir los dedos para darlo poco de esto poseería para él.
- A mí no me pareció que lo entregase así como así. Yo creo que quería deshacerse de él, como si le recordase algo horrendo… Además, ¿Estás insinuando que tú nos entregarías a nosotras sin reparar apenas en ello?
- ¡Estás insultando a tu padre! Uno no sabe amar hasta que un hijo nace.- dijo recorriendo delicadamente la mejilla de ella.- A lo mejor no debí proponer casaros porque aunque creas cuando me vaya para siempre, cuando estés sola besaré el aire cerca de ti aunque no lo veas para que seas feliz. Y yo prefiero a una hija soltera y feliz que a una casada y desgraciada.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Eva Errera al malinterpretar las palabras de su padre creyendo que le habían impuesto la soledad como compañero. Y como en una pesadilla real en su cama posteriormente, escuchó el sonido de un cristal roto mientras un intrépido se adueñaba de la joya. Tiempo más tarde la misma chica dulce y que acataba las órdenes decidió desaparecer dirigida por los mismos vientos que habían traído a David Almansa. Sí fue feliz a cambio de la tristeza de los suyos dándole la vuelta a la baraja de su destino.

El pasado. Capítulo IX

- Sepárese de ella. Puede contagiarle su enfermedad y será aún peor.- le dijo el médico al señor Almansa.
- ¿Quién toca ese piano?- obtuvo por toda respuesta de él.

El repiqueteo de las teclas se escuchaban en el piso de abajo mientras sujetaba lánguida la mano de su esposa como quien agarra a un gorrión malherido.- ¿Qué clase de… puede tener más respeto por un instrumento que por ella? ¿Por qué ansiamos ser más que otros pisoteando a los demás, cuando yo no lo hice con nadie?
- Todo el que llega arriba manda abajo a alguien. Aunque no se quiera siempre puede haber un enemigo como compañero en una situación como esta. Ya no lo recuperará. Se lo han llevado… - añadió con precaución el otro.
Los ojos de Almansa enrojecieron ante la verdad dolorosa de la evaporación de David.
- ¿Pero y si vuelve? En tal caso aquí le esperaré para siempre, por si no reconoce a quien esté, y si no aparece ¿a quién le importaría coger su enfermedad?- dijo mirando acongojado a su mujer tumbada.- No le podré ya pagar como antes… a no ser que quiera como moneda de cambio mi desesperación.
El médico le observó como un animal vagabundo, pero tan solo recogió los bártulos y lo dejó a solas no antes sin pronunciar puesto que cada uno va a veces a por su interés
- Eso no llenará mi estómago. Buenas noches.

El señor Almansa bajó los escalones del piso mientras era radiografiado por posturas crueles, miradas inquisitorias y susurros viperinos. Nunca llegas a conocer a alguien del todo, aunque parezca apreciarte. Si hubiese podido dejarse desfallecer allí mismo habría puesto todos los impedimentos para ser levantado.
- ¡¿Quién quiere la casa?!¡Ahí la tiene! ¡¿A qué esperáis a tiraros a por ella?!- dijo haciéndola sonar con un terrible portazo.

Una vez en la habitación creyó no estar solo, como si esta notase que la ausencia de su herencia iba a ser demasiado larga y él que nunca había pensado arrepentirse de nada de lo acontecido por horrible que fuese lo hizo conscientemente en ese momento. Le habían robado a su hijo delante de sus narices, y había sido incapaz de protegerle, ni a él ni a su madre. Su orgullo de caballero ya no valía debajo de su pena.
- Señor, su mujer. Ha salido, no hemos podido pararla.
- ¡¡¡¿Qué!!!!- chilló pensando que su garganta perseguiría a su voz después de abandonarla.
Corrió haciendo funcionar a sus rodillas efectivamente por primera vez aprendiendo la lección más dura. Cuando se está en verdaderos aprietos uno se tiene a si mismo y a su angustia. Nada más. Las gotas le salpicaban la cara como aguijones y se comió metros y metros. Frenó en seco al ver a Ruth sobre el asfalto, su falda mojada, doblada. Habría deshecho la oscuridad y esos ropajes para poder vislumbrar cómo se encontraba.
- ¿Qué haces ahí lamentándote? Me voy a quedar congelada.

Él se acercó como si lo hiciese a una muñeca de trapo deseando estrujar su debilidad para convertirla en suya. Y con el pañuelo le secó las huellas del agua sobre su piel sin saber si eran sus propias lágrimas de alivio de su nudo desatado porque si ella era capaz de ese humor en una situación así todo iba a ir bien. Y le descubrió un bulto pensando que era el niño pero allí dentro solo estaba el huevo y con él se fueron todas las fuerzas que su padre hubiese podido tener hasta entonces confirmando cual era su tesoro más preciado. Igual que como ladrón de guante blanco le privó a Ruth de voz por la impresión al comprender que su hijo no iba a aparecer.

… - ¿Me contarás la historia?- le interrumpió Sara.
- Hay cosas para las que nunca se está preparado.- le dijo.
Y efectivamente aquella era una de esas.

El internado. Capítulo VIII

La noche era clara en el parque y a cada explosión de fuegos artificiales en el cielo David creía diluirse con ellos. Los sentía en sus oídos, y no le abandonaban al igual que su intranquilidad interior. Francisca le había preparado una manta para refugiarse del frío pero él solo sentía que camuflaba su tremenda soledad.

- Yo que he visitado el infierno ¿crees que mi cabeza me martilleará al defenderla a ella?- le había preguntado de improviso antes de salir, haciéndose adalid de proteger unos afectos que aún ni siquiera se había ganado. Ella sonrió como si el soñado arrepentimiento de su señor fuese a llegar a través de aquella anónima.

- No sé por qué piensa que le va a atacar, si es lo primero que me deja saber de ella, aunque ya le notaba yo raro. Y conociéndole, no tardará en ir a por lo que siente. Enséñele su interior antes de que sepa sus actos, David. Si no, nada tendrá que hacer. ¿Dónde la va a buscar?

- La encontraré sin querer. Así es como pasan las cosas bonitas, sin planearlas.- le respondió.

Su mente regresó al parque en el que se hallaba sentado. Y adivinó justo en ese momento cerca de una fuente alta a unos metros suyos su sombra oscura. Y pensó en el huevo, esa posesión que ya no tendría y se dijo a si mismo que aunque su primera intención era comprárselo a la señorita Errera su cabeza sabía de quien era, por algo sus labios abriéndose se confundieron nombrándola sin dejar oír su nombre delante de esta en la que para él sería, no dudaba, su última visita a aquella casa.

- ¿Qué hace aquí, David?- se acercó Sara con una naturalidad que hubiese querido agarrar para él.- ¿Ha venido a ver el espectáculo?- dijo mientras se arremangaba el vestido y metía los pies en el río.
- ¿Qué está…? Debería tener cuidado. Ese caudal tiene muchas enfermedades.
- ¿Se preocupa por mí?- rió.- Es mejor persona de lo que creía. Pero siempre está tan serio.

David carraspeó sin pronunciar palabra poniendo su mejor expresión irónica. Sara le lanzó agua con la mano sin medir las proporciones y lo empapó de arriba abajo. El cigarrillo que tenía en la comisura preparado para ser fumado cayó como una hoja lánguida provocando una risotada en ella.

- Muy bien, Sarita. Muchas gracias. Voy a ir derecho al hospital.- ¿Y si te dijese que tengo un regalo para ti?- y pensó de nuevo en el huevo de fa bergé.
- No quiero esa joya, porque iba dirigida a otra persona.- David no pudo disimular la sorpresa al adivinar ella tan pronto de lo que se trataba.- Además ya no es tuyo y la clínica la vas a visitar si no dejas el tabaco, no por un catarro.
- Tienes razón, te pertenece a ti, aunque no lo hayas tocado. Porque yo me he…- pero no dijo la palabra restante.-… En mis anhelos de futuro me comportaba en un momento así con orgullo, sin tropiezos, saboreando cada segundo, como los dedos de alguien que dobla la hoja de un cuento ansiando continuar para preguntarse qué se iba a encontrar, desconociendo que es lo próximo que llega.
- ¿Qué momento? ¿Estás borracho?- En esta ocasión fue él quien rió- Oh…, se me ha ido el pañuelo al agua.- pero David pudo contrastar que se había emocionado aunque lo intentara disimular y ya sabía a esas alturas que ella no era la típica mujer a la que le importase una tela.
De pronto se vio reflejado en el río y se puso serio.- No me gusta el agua.-
- A mí no me gustas tú.- dijo Sara con sorna simpática.- ¿Estás preocupado por haberlo perdido? El huevo digo.- David cabeceó.- No te preocupes.- le calmó ella.
- Cierra los ojos un instante.
- ¿Por qué?- preguntó con la mosca detrás de la oreja.
- ¡Tú cierralos! Que te he visto algo. A ver 3, 2…- y al besarla notó que Sara pegaba un pequeño salto hacia detrás sin llegar a retirarse. Eso sí cuando los abrió su ceja estaba enarcada.- ¿Lo ves como sí te gusto?
- Es usted un listo Almansa.- dijo brincando para recoger todo lo que había llevado volviendo al tratamiento formal.- Y un torpe, no sabe donde poner su nariz. A ver si ensaya.- y le hizo un guiño.
Las carcajadas de David se extendieron en el raso antes de volver a centrarse en las tinieblas de sus recuerdos.

El pasado. Capítulo VII

La noticia de la rotura del compromiso se extendió igual que una madeja desenrollada por el zarpazo de un gato, pero sin esa misma ingenuidad. De boca en boca David pasó a ser un déspota millonario que había jugado suciamente con el honor de la candidez de la señorita Errera por una complicidad exigida por esta a alguien que no se llegó a dar, pero sí a exagerar.
Antes de que llegase a su casa, el nombre de Almansa estaba ensuciado como el hollín de las chimeneas a excepción de los labios de Sara. Pero quizás solo era cuestión de tiempo que estos titubearan ante conciencias más maestras que siempre le habían aconsejado teniendo razón hasta entonces.
Pero hablando de gatos, había uno mucho más fiero esperando a David. Repitiéndose a si mismo después de recuperar la memoria olvidada a la fuerza su nuevo objetivo, siempre dejándose acompañar como maestro por el disimulo. Joaquín había investigado hasta la saciedad, volviendo locas las ideas de su subordinado hasta convertirlas prácticamente en neuras. Y así ciento ochenta minutos antes de que David fuera camino a casa no cesaba de repetir

- Ya sé de donde proviene tu nombre. Ahora te recuerdo y serás mío.- y aquel acceso de prepotencia se mezclaba sin rubor además con la inseguridad- ¿No me habrá…? A lo que su sombra le respondía – No, señor, no creo que le conozca. Su anonimato está seguro.- El motivo de tal reconocimiento había sido casual, una simple pequeña rendija le había hecho ver el huevo de fabergé, y Joaquín podía olvidar las caras de los que pisoteaba pero no aquello que no les pudo robar.

Recordaba perfectamente la casa, lo que había sucedido en ella, tanto como en las demás, como una revuelta de ira por su fracaso de imponer sus ideas y de que le prohibieran imponerlas. Ahora aquel hombre tenía nombre y apellido por su piel, por sus orígenes, así hacía el su reconocimiento, conciso, seguro y sin fallo. Y él no dejaba a nadie sin rematar.
Suelen decir que los golpes más duros son aquellos que suceden cuando nadie los espera y así en la habitación oscura no reconocible una sombra esperaba con la ventaja de ir por delante.
- Buenas tardes, David.- dijo Joaquín Fernández cuando encendió la luz.- Espero no haberle importunado. Francisca ha sido muy amable conmigo.
- Debió haber avisado antes de venir, pero bienvenido ya que está aquí.- le dijo David.
- Es curioso, diría que sé quien es usted pero creo que no sabe quien soy yo.- dijo Joaquín. Su voz sonaba dulcemente aterradora y a la vez atrayente.
- A la hora de la verdad yo no pertenezco a ningún sitio. Sírvase algo, ya que está aquí.
- Yo no sirvo, a mí me sirven.
David no estaba preparado para aquella confrontación, al menos en ese momento.
- ¿Crees que soy idiota? Que no te iba a reconocer, con semejante carta de presentación yendo de frente.- siguió Don Joaquín.
- Usted sí que se expone.- dijo David- No sé de qué me habla, es más fácil reconocer al pastor que a una de las ovejas.
El otro sonrió al comprobar que su estrategia había sido la acertada pues su contrincante ya sabía quien era.
Pero Joaquín había preparado toda la artillería en caso de que su identidad hubiese sido descubierta, pues a él no le gustaba perder el tiempo.
- Te encontraré y cuando lo haga quizás te mate. Lejos de aquí. Podrás huir, ir a miles de sitios, la justicia podrá juzgarte pero un día en que no me recuerdes caerá aquel a quien hayas protegido. Y entonces bajo el peso de tu desgracia desearías haber sido tú. Pues ese es tu mayor miedo, que la historia se repita. Esa es mi carta, denúnciame, descúbreme, ¿van a molestarse en probarlo si tú me delatas?, pues ¿quién va a creer a un asesino?

David disminuyó en el sillón como si hubiese mutado en tela

AFILIADOS

Natalia Millán Fans - NMF Image and video hosting by TinyPic

Nuestro Botón