¡Bienvenidos!

Bienvenidos a nuestro blog de fanfics acerca de "El Internado". Aquí podréis encontrar textos en todas las categorías posibles, desde los puramente románticos a aquellos que resuelven parte de la trama, pasando por los minifics o el humor.

El blog ha sido diseñado para haceros la navegación por él lo más sencilla posible. Por ello, en la columna de la derecha podéis encontrar todos los fics disponibles, con una breve sinopsis, la categoría o categorías a la que pertenece el texto y los personajes en los que se centra, además del autor del mismo.

Debajo podéis encontrar enlaces directos a todos los capítulos de la historia, de modo que podéis leer a vuestro ritmo y sin necesidad de buscar la entrada por donde os quedasteis, ya que se puede acceder a ella directamente. Así, cuando clickeis en un capítulo, ésa entrada aparecerá justo debajo de esta cabecera que estáis leyendo.

En cuanto a las categorías, vais a encontrar un código que os dirá de qué tipo es el texto que vais a leer. Dentro de estos diferentes tipos, encontraréis:

[ROM] Estos fanfics se centran en el desarrollo de una relación amorosa y los sentimientos de los personajes.

[ANGST] Fanfics para sufrir, para pasarlo mal con nuestros personajes favoritos.

[RES] El Proyecto Géminis y Ottox están más presentes que nunca en estos fics, centrados en resolver parte de la trama.

[HUM] Fanfics para reír.

Encontraréis también los tag [WIP] O [COMPLETO]. El primero hace referencia a "Work in Progress", es decir, que el fic está en fase de publicación, mientras que los fanfics con el segundo término ya se pueden leer enteros.

CONTACTO

Si tienes alguna duda o te apetece publicar tu fanfic en este blog, sólo tienes que ponerte en contacto con nosotras a través del Blog de Marta Torné o bien a través del Blog de Raúl Fernández, en las direcciones de correo que encontraréis en las mencionadas páginas.

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Déjame que te cuente (V.2). Epílogo.

Una docena de velas iluminaban el pequeño baño, ocupado casi en su totalidad por una bañera redonda, llena de espuma hasta el borde. Por debajo del agua, las manos de él se enredaban en la cintura de ella, para pegar más, si es que eso era posible, su espalda a su pecho. Él pensó que aquella estancia no olía a lavanda, ni a flores, ni a jabón ni a velas aromáticas. Olía a ella, a esa mezcla de piel de mujer y madre, a calidez, a casa.

Sintió como la mano de ella buceaba hasta la suya y juntas, emergían a la superficie. Ella volvió la cabeza para mirarle un instante, y volvió a fijarse en sus manos, unidas más allá de los dedos que se entrelazaban.

- Me gusta mirarla. El día que me interrogaron… fue horrible. Me sentía vacía, desnuda… Me preguntaban por Toni, por Iván, y yo sólo quería pedirles que me dejaran verte… Tuve que revivirlo todo, otra vez, el odio de Iván… lo que le pasó a Toni, y no te tenía…

La entendió más de lo que ella podía llegar a imaginarse, porque él no pudo cumplir con su parte del trato y quitársela. Esa alianza había sido su fuerza para mantenerse firme y protegerla a cambio de su propia existencia.
Él apoyó la cabeza en su hombro y la estrechó aún más contra sí. Se acercó a su oído y le pidió silencio con un susurro.

- Se acabó María, ya estoy aquí. No quiero que pienses más…
- No te vuelvas a ir nunca…

Él sonrió y la besó con suavidad en el hombro desnudo.

- No me voy a ir. Ni volveré a quemar ningún cuadro, ni a irme de cañas con los amigotes… - No la veía, pero sabía que estaba sonriendo. – Y te dejaré hurgar en mis cosas, y no me olvidaré nunca más de tu cumpleaños.

En un gesto traidor, ella barrió la superficie del agua con la palma de la mano y le salpicó de espuma, obligándole a sumergirse. Cuando su rostro emergió, abrió mucho los ojos y la miró.

- Me lo merezco. Pero me vengaré.

Ella se dio la vuelta con rapidez bajo el agua y se echó boca abajo encima de él, riendo a carcajadas, apoyando el rostro en su pecho y dejándose acariciar el pelo y la espalda, convencida de que estaba en el lugar donde quería pasar el resto de su vida.
Lejos del Polo Norte, de ésa maldición que alguien parecía haber escrito en la estrellas para ella. Lejos de unicornios y fantasmas.

Solo con él.

Déjame que te cuente (V.2). Capítulo XVIII.


- ¿En qué estás pensando?

Se sentó en la cama a su lado y le pasó una mano por el pelo, algo más corto que la última vez que ejerció aquella caricia.

- En que te quiero. Y en que me alegro mucho de que estés aquí por fin.
- Mira, estábamos pensando justo en lo mismo.

La besó rápido en los labios, sonriendo.

- Iván y Julia acaban de irse. Y a Carlos lo he convencido para que se ponga el pijama y se meta en la cama, aunque he tenido que prometerle que iríamos a contarle un cuento y a llevarle un vaso de leche, porque creo que no ha comido nada en todo el día.
- Pues nada, es tu momento, papá. – Le dio dos palmaditas en la espalda y se levantó sonriendo. - Le encanta el de Los Tres Cerditos.

El no pudo resistir la tentación de agarrarla por la cintura y tirar de ella, para sentarla sobre sus rodillas y besarla otra vez, entre risas.

- Creo que esta noche prefiero mirar cómo lo haces, no tengo demasiada mano con eso de los cuentos. – Se puso serio de repente, aunque no lo suficiente para inquietarla. - Tienes que enseñarme muchas cosas María.
- No te preocupes. Haz con él lo que te gustaría que hicieran contigo. Se parece tanto a ti, que seguro que no fallarías…

El niño tardó aún tres cuentos y una hora en dormirse, felizmente desconcertado al ver a su padre y a su madre sentados a su lado. Cuando por fin cerró los ojos, María salió del dormitorio, pero Carlos se quedó un rato más a su lado, mirándole. “La noche estrellada” de Van Gogh le iluminaba desde la pared, y un puñado de soldaditos de plomo se encargaban de defender su sueño. Sostuvo sus manos, pequeñas, blancas, entre las suyas y le retiró el pelo que le caía sobre los ojos. Se puso de pie despacio y le arropó. Luego cerró la puerta y se dirigió al salón, pero lo encontró vacío. Salió al pasillo y al fondo, vio una puerta entreabierta y una luz tenue colarse desde dentro.

Déjame que te cuente (V.2). Capítulo XVIII.



- ¿En qué estás pensando?

Se sentó en la cama a su lado y le pasó una mano por el pelo, algo más corto que la última vez que ejerció aquella caricia.

- En que te quiero. Y en que me alegro mucho de que estés aquí por fin.
- Mira, estábamos pensando justo en lo mismo.

La besó rápido en los labios, sonriendo.

- Iván y Julia acaban de irse. Y a Carlos lo he convencido para que se ponga el pijama y se meta en la cama, aunque he tenido que prometerle que iríamos a contarle un cuento y a llevarle un vaso de leche, porque creo que no ha comido nada en todo el día.
- Pues nada, es tu momento, papá. – Le dio dos palmaditas en la espalda y se levantó sonriendo. - Le encanta el de Los Tres Cerditos.

El no pudo resistir la tentación de agarrarla por la cintura y tirar de ella, para sentarla sobre sus rodillas y besarla otra vez, entre risas.

- Creo que esta noche prefiero mirar cómo lo haces, no tengo demasiada mano con eso de los cuentos. – Se puso serio de repente, aunque no lo suficiente para inquietarla. - Tienes que enseñarme muchas cosas María.
- No te preocupes. Haz con él lo que te gustaría que hicieran contigo. Se parece tanto a ti, que seguro que no fallarías…

El niño tardó aún tres cuentos y una hora en dormirse, felizmente desconcertado al ver a su padre y a su madre sentados a su lado. Cuando por fin cerró los ojos, María salió del dormitorio, pero Carlos se quedó un rato más a su lado, mirándole. “La noche estrellada” de Van Gogh le iluminaba desde la pared, y un puñado de soldaditos de plomo se encargaban de defender su sueño. Sostuvo sus manos, pequeñas, blancas, entre las suyas y le retiró el pelo que le caía sobre los ojos. Se puso de pie despacio y le arropó. Luego cerró la puerta y se dirigió al salón, pero lo encontró vacío. Salió al pasillo y al fondo, vio una puerta entreabierta y una luz tenue colarse desde dentro.

Déjame que te cuente (V.2). Capítulo XVII.

Cuando abrió los ojos por la mañana, él ya no estaba. Acarició las sábanas, en un gesto que sin saberlo ella, él había repetido mil veces a solas, y notó que aún estaban calientes. Se levantó despacio y al mirar por la ventana, vio que ni siquiera era de día. Se vistió despacio y entró al baño, pero tampoco le encontró allí. Se lavó la cara con agua fría para despejarse y se estremeció por un momento, cuando la asaltó el pensamiento fugaz de que ya le había perdido. Un portazo le devolvió la fe.

- ¿Dónde estabas?

Él se limitó a negar con la cabeza.

- Tienes que ser muy fuerte María, ¿me oyes?

No obtuvo respuesta.

- Voy a bajar a empezar a preparar el desayuno. – Pausa. Eterna. – Si vienen a por mi… - Pausa. Eterna. – María, si vienen a por mi, tú no tienes nada que ver conmigo, ¿de acuerdo?

Las instrucciones estaban claras. Se trataba de Iván. Y cuando se trataba de él, no había nada que discutir. Le vio acercarse a ella, pero no la abrazó ni la besó. Solamente la cogió de la mano y se la llevó a los labios, sellando con ellos la alianza que aún no se había acostumbrado a ver en sus dedos.
Conforme avanzaron las horas y el trabajo se acumulaba en la cocina, fue aliviándose el mal presentimiento. Todo parecía estar en su lugar. Era casi mediodía cuando Jacinta entró en la cocina, arrastrando los pies con prisa y apoyándose en una silla para recuperar el resuello.

- Es Fermín…. Ha venido la Guardia Civil. Se lo llevan, María.

Todo aquello que se suponía que debía hacer se coló por algún agujero negro de su memoria. Soltó los platos que tenía en la mano y corrió hasta el recibidor, sin detenerse hasta alcanzar los pies de la escalera. Tuvo que dar un paso atrás para apoyarse en la pared. Sintió que iba a vomitar, y tuvo que llevarse una mano al vientre, donde algo, no podía creer que fuese su hijo, no paraba de saltar. Carlos bajaba por las escaleras seguido de dos hombres vestidos de uniforme. La gente empezaba a arremolinarse al final de la escalinata, y vio a Iván emerger de entre la multitud, buscándola. Su hijo le cogió la cara con las manos y le habló en voz muy baja.

- Mamá, tenemos que irnos, no deben verte aquí…

La agarró de la mano y trató de llevársela con él, pero ella se soltó con un movimiento rápido y dio dos pasos al frente. La voz de Héctor la devolvió a la realidad. Salió del despacho, empujando él mismo su silla de ruedas, y tras él, Elsa.

- A ver, todo el mundo fuera de aquí. ¡Vamos!

La multitud se dispersó con rapidez bajo la voz autoritaria del director que nunca había dejado de serlo.
Cuando los tres hombres llegaron al final de la escalera, Héctor se echó hacia adelante.

- Este hombre no ha hecho nada, no pueden llevárselo.

Los dos guardias se miraron y el más mayor se dirigió a él, mientras Carlos le lanzaba una mirada furtiva a María repleta de calma. Ella la entendió al instante.
No tengas miedo, no va a pasar nada.

- Señor De La Vega, este hombre está trabajando en este centro bajo una identidad falsa, y podría ser responsable de dos asesinatos…
- Este hombre no es responsable de nada, y están cometiendo un error.

María se dio cuenta demasiado tarde de que estaba a punto de echarse a llorar y se frenó a sí misma. Se lo había prometido. Iván la sujetaba por los hombros, impotente, deteniendo lo inevitable, repitiendo la misma estampa que un año antes dibujó, cuando era Fermín el que la agarraba por los hombros, evitando que saltara encima de Noiret después de que hubiera abofeteado a su hijo.

De repente, otra mano desconocida se posó sobre su hombro, tratando de calmarla. Cuando se volvió, se encontró el rostro afable de Amelia, con la que nunca había cruzado más de dos palabras seguidas.

- Déjale irse, María. Está haciendo lo que debe.

Le hablaba a ella, pero los ojos de la maestra estaban fijos en Carlos, que permanecía muy quieto junto a los dos hombres que le custodiaban.

Antes de salir por la puerta, él quiso mirarla por última vez. Se encontró primero con la cara de Amelia, en cuyos labios leyó un “suerte” desprovisto de sonido. Luego la miró a ella.
La artífice de su suerte.
La persona que le enseñó todo lo que sabía sobre sí mismo.
El cuerpo donde se había refugiado en cada pesadilla.
La mujer que le había descubierto por qué había merecido la pena vivir la vida que él había vivido.

Y le provocó una tristeza infinita dejarla atrás.
Pero entonces, Carlos Almansa entendió que todo tenía que pasar así, y que para alguien como él, haber tenido a María entre los brazos todo ese tiempo tenía que conllevar un precio. Un precio que pagaría gustoso, sólo para volver a encontrarla, a ella y a su hijo, cuando ya no supusiera un peligro para ellos.

Déjame que te cuente (V.2). Capítulo XVI.


Cartas amarillentas, ajadas por el paso del tiempo; dos o tres fotos en las que reconoció a un Fermín niño acompañado de, supuso, sus padres; una cajita pequeña negra, una llave, un reloj.
Asistió desconcertada a la última hoguera. Él agarró la papelera que había bajo el escritorio y lanzó las cartas, para adornarlas después con el fuego de una cerilla, en un gesto que a ella le recordó a ése día en que decidió que ya no podría marcharse de su lado nunca, aunque quisiera.

- ¿Qué son esas cartas?

Seguía sentada sobre la cama mientras él contemplaba inmóvil, frente al fuego, el crepitar del papel consumiéndose. Antes tenía miedo a preguntar, a saber. Ahora no. Ya había aprendido a procesar el dolor de él, conocía la historia que tanto le había dañado y ahora sabía que todo aquello que desconocía, eran pequeños detalles que debía ir aprendiendo poco a poco.

- Una historia que está muerta. Nada más.

La pequeña lumbre se consumió en cuestión de segundos, dejando en el cuarto un olor a papel quemado y a amores ya inexistentes. Él parecía hallarse muy lejos de aquel lugar, y ella se entretuvo en contemplar las fotos mientras su mano acariciaba, inconscientemente, la caja negra. Era ella la que estaba ensimismada cuando percibió el peso de su cuerpo a su lado, sentándose en la cama.

- ¿Quieres quedártelas?

Ella asintió con la cabeza y las sostuvo entre las manos, asombrada ante la idea de que, alguna vez, él había sido feliz. Las dejó sobre la mesita y se volvió hacia él, que sostenía la caja pequeña abierta, ya vacía. Le vio dejarla sobre la cama, con los ojos cerrados, y entendió que estaba luchando, una vez más, contra sí mismo.

Permaneció así un instante, y cuando se volvió, ella se encontró con una mirada turbia, poderosa, que hablaba por sí misma, y su puño cerrándose con fuerza en torno a lo que quiera que hubiera en la cajita. Levantó las manos para sostener la de él entre las suyas, acariciándole los dedos para aliviar la presión que él mismo ejercía. Cuando consiguió doblegar su puño, se encontró dos alianzas, una más grande, otra más pequeña, intactas.

- Eran de mis padres…

Fue un gesto instintivo, absurdo, pero innato y, por tanto, inevitable. María no entendió por qué hizo lo que hizo hasta mucho tiempo después, cuando empezaba a asimilar su pérdida. Sólo entonces comprendió el simbolismo de su propio gesto.

Cogió con suavidad las dos alianzas con los dedos y las sostuvo un segundo entre sus manos, antes de coger la de mayor tamaño y cogerle a él de la mano. Le miró con convicción, demostrándole que conocía el significado de lo que se disponía a hacer. La deslizó sobre el dedo anular de él, y la empujó hasta el fondo…

- Te quiero. Y no sé qué va a pasar a partir de ahora, pero sí sé… – Sintió que las lágrimas subían por su garganta, pero no les dejó paso. Se detuvo un segundo y dejó que su alma siguiera hablando. – Sé que te voy a querer siempre. Vine aquí a por mi hijo, no buscando una gran historia de amor. Pero te encontré… y no sabes cuánto me alegro…

Él le puso un dedo en los labios, silenciando sus lágrimas, suplicándole que no dijera nada porque él ya lo sabía, y recogió la alianza pequeña que ella aún tenía entre la mano izquierda.
Cogió su mano derecha y lo deslizó hasta el final de su dedo anular.

- Voy a volver a por ti María. No sé cuánto voy a tardar, ni qué tendré que hacer para conseguirlo, pero lo primero que haré cuando sepa que estáis a salvo será buscaros.
- Te voy a estar a esperando. Te lo prometo.

Y su promesa se ahogó en su boca cuando se estrelló con la de él, que la embistió con ansiedad, necesitado del sabor a calma que sólo podía paladear entre sus labios. Un sabor que nunca, hasta que la besó por primera vez, había conocido.
Él se dejó caer sobre la cama, haciendo que el cuerpo de ella cayera sobre el suyo, poseído por la inconsciencia de tenerla más allá de su simbólica unión, en lo más íntimo. Y esa misma necesidad fue la que le hizo llamarla mientras la desvestía, como si al decir su nombre en voz alta, sellara de forma definitiva lo que ella había comenzado.

Unos minutos más tarde, cuando él ya no la esperaba, se encontró de bruces con su respuesta. Se había imaginado a María mil veces llamándole por su nombre, por el de verdad, para creerse que era de él de quién se había enamorado. Pero nunca soñó que lo haría en aquellas circunstancias, en un susurro tembloroso, en su oído, mientras se hundía en ella por última vez en mucho tiempo.

Déjame que te cuente (V.2). Capítulo XV.

Cuando volvieron del baño, María se encontró a Carlos y a Iván apurando un par de cervezas en el salón, sonriendo y hablando en voz baja, como si nunca hubieran pasado cosas entre ellos del calibre de las ocurridas. Dejó que su hijo pequeño se acomodara entre ellos en el sofá, mientras que Julia hacía lo mismo al lado de Iván, y sintió la necesidad de estar un minuto a solas consigo misma para asimilar todo lo que estaba pasando. Sin que ellos apenas lo percibieran, salió al pasillo y se encaminó a su dormitorio.

Lo primero que se encontró al abrir la puerta fue la cama enorme, demasiado grande para seis años de soledad. Sonrió al pensar que esa noche, por fin, su cuerpo rodaría sobre ese colchón bajo el peso de su cuerpo, no bajo el yugo de su ausencia. Se dirigió a ella, rozando la cómoda con la punta de los dedos, y se sentó sobre la colcha verde, elegida en su momento sin saber si lo hacía para torturarse o para consolarse.

Sobre la mesita de noche, dos fotos pequeñas. Una de Carlos, recién nacido; otra de Iván, el día que se marchó para siempre del internado. Las dos razones que le recordaban cada mañana que debía echar los pies de la cama, ponerse de pie y seguir luchando, como lo hacían ellos, a pesar de todo lo que habían vivido.

Junto a ellos, el huevo de Fabergè, centelleando por sus mil aristas, reconvertido en una jodida máquina del tiempo, colocándola de nuevo sobre la otra colcha verde, sobre otra cama, en otro tiempo, con el mismo objeto entre las manos.

- Fermín, por Dios, era de tu padre, ¿cómo lo vas a vender?

Le vio caminar por la habitación, como un animal enjaulado, pasándose una mano por el pelo, como hacía cuando se sentía desquiciado.

- María, lo vais a necesitar. En unos días, estaréis fuera de aquí, Iván y tú, y os vais a encontrar con las manos vacías. – Se dio la vuelta con rapidez y se arrodilló delante de ella, colocándole la palma de la mano abierta sobre el vientre, recordándole que había alguien más por quien luchar. – En cuanto eso ocurra, llama al número que te he dado. Silvia se encargará de colocarlo y te hará llegar el dinero.

Ella asintió, confusa, sin terminar de entender por qué se encargaba de dejarle aquello mientras le prometía que no iba a pasar nada.

- No vas a volver, ¿verdad? Ahora sí te vas de verdad…

A él se le rompió algo por dentro. Algún órgano invisible que nunca volvería a funcionar como debía. Le puso la palma de su mano en la mejilla, abarcándola, y la acarició con el dedo pulgar, en un gesto tan suyo que notó como ella se estremecía.

- No, María. No me voy a ir. Os voy a sacar de todo esto… Todo lo que pasó fue culpa mía, ¿me oyes? Y lo voy a arreglar… y dentro de nada, estaremos lejos de aquí los cuatro.

Esperó una respuesta durante unos segundos y, al no obtenerla, se levantó y abrió el armario. Ella negó con la cabeza, presintiendo la mentira en su voz temblorosa. Le vio sacar de un cajón un cofre del tamaño de una caja de zapatos y desparramar su contenido sobre la cama…

Déjame que te cuente (V.2). Capítulo XIV.


… hasta hoy.

- ¡Iván! ¡Ha venido papá!

Carlos se reía a carcajadas mientras tiraba del pantalón de su hermano. No se dio cuenta hasta que no estuvo en el aire de que su madre le había cogido en brazos y se lo llevaba del salón.

- Me parece que ha llegado la hora del baño, caballero…

Empezó a agitar las piernas y los brazos, sin entender por qué su madre se lo llevaba precisamente ahora que podían estar todos juntos.

- ¡Mamá!¡Por favor!

Dejó de suplicar cuando vio a su padre ponerse de pie y dirigirse a él.

- Oye Carlos, vamos a hacer un trato ¿vale? Mamá te baña y cuando termines, te quedas aquí un rato con Iván, con Julia y conmigo, ¿quieres?

Su hijo le respondió con una sonrisa enorme, mientras asentía con la cabeza. Julia emergió de la espalda de Iván y se paró delante de Fermín, que para ella, no había dejado de serlo nunca. Le rodeó el cuello con los brazos y se dejó abrazar por aquel hombre, que empezó a ser importante para ella justo cuando dejó de verle.

- Me alegro de que estés aquí. – Se separó dejándole una sonrisa, que a él se le antojó idéntica a la de la niña de dieciocho años que pululaba por el internado, y se volvió hacia Carlos. - ¿Qué te parece si yo también voy contigo? Con lo grande que eres, seguro que tu madre necesita ayuda…

Sus voces se perdieron por el pasillo y el clic de la puerta del baño al cerrarse marcó el último vistazo al pasado al que ambos debían enfrentarse.

Se miraron en silencio, dibujando la imagen de dos pistoleros que se dan la vuelta en el duelo definitivo al alba, separados por los diez pasos de rigor. Carlos entendió que debía ser él el que iniciara el camino contrario, culminando el sacrificio empezado seis años atrás para ganarse ese momento. Cuando estuvo a su altura, se detuvo un segundo para ponerle una mano junto al cuello, tanteando la disponibilidad de Iván. Como en un espejo, le vio a él también levantar una mano y ponerla sobre su hombro. Entendió el gesto como un sí, y tiró de él para atraerle hacia su cuerpo. No fue un abrazo propiamente dicho. En el primer contacto, sus cuerpos entrechocaron con fuerza para después, sujetarse mutuamente. A Iván le escocieron las lágrimas que acudieron a sus ojos después de años sin saber de ellas. A Carlos ya no le estorbaban, porque ese día había sido creado para exorcizar todos sus demonios a través de un llanto que se guardó demasiado tiempo.

- Gracias…

Dos sílabas entrecortadas, que lo decían todo, y que fueron el último bálsamo, la medicina definitiva para curar todas las heridas. La respuesta fue silenciosa, una imperceptible intensificación del abrazo.
Cuando se separaron, Carlos no pudo resistir la tentación de revolverle el pelo con una mano, como si aún fuese el crío que dejó atrás para poder salvarlo. Quizá lo era, o al menos, eso se desprendía de la sonrisa con la que le correspondió. Y de su voz, acunada por la emoción, que volvía a recurrir a las frases neutrales para escudarse.

- Yo creo que nos hemos ganado una cerveza ¿no?

Carlos asintió con la cabeza, y caminó tras él hasta la cocina.

Déjame que te cuente (V.2). Capítulo XIII.


Iván se pasaba las manos por el pelo y las mejillas, aterrorizado. María saltó como un resorte de la cama y se lanzó sobre su hijo, cogiéndole la cara entre las manos y guiándole hasta la cama, para que se sentara, mientras luchaba por tratar el temblor de sus propias piernas.

- Joder, joder, joder, joder…
- ¡Cállate!

El grito de Fermín les congeló a ambos. Un grito seco, autoritario, exigente. María le dirigió una mirada llena de lágrimas, con un deje de odio, remitiéndole a todos los momentos en que él no la había tratado como estaba llamado a hacerlo.

Carlos respiró hondo y se agachó delante de ellos, dejando caer su mano derecha sobre la rodilla de Iván.

- Escúchame Iván. Tienes que irte de aquí y no decirle nada a nadie, no pasa nada.

Pero Iván no parecía escuchar. Musitaba sin parar, pero no salía ningún sonido de su boca, y su mirada se desviaba de un rincón a otro, incapaz de centrarse en nada.
Fermín le llevó una mano a la mejilla y le dio un par de bofetadas suaves, con la palma abierta, como quien reanima a alguien que ha perdido el conocimiento. La agarró entonces por la cara y le obligó a mirarle.

- Mírame, mírame. Lárgate ahora mismo, métete en tu habitación y mañana vete a clase como si no pasara nada. Nadie va a sospechar de ti, ¿me oyes? Esa gente es de los míos, y yo me voy a ocupar de todo…
- ¿De qué coño te vas a ocupar tú? ¿Piensas ir a la cárcel por mí?
- Si hace falta sí…

La respuesta les congeló. A los tres. Carlos no se había imaginado nunca que esa frase saldría de su boca y, mucho menos, que lo haría con esa convicción. Notó como la piel de Iván, entre sus manos, se enfriaba de repente. María ni siquiera fue capaz de llorar ante la visión de los dos hombres de su vida haciendo equilibrismo sobre la cuerda floja. Un minuto después, Iván salió de la habitación sin decir una palabra más. Fue la última vez que estuvieron juntos…

Déjame que te cuente (V.2). Capítulo XII


El escándalo de la farmacéutica Ottox era el principal tema de conversación aquella mañana. Su esfuerzo se centraba en pasar desapercibido y mantenerse ajeno al revuelo que había salpicado a varios miembros del internado, pero durante el desayuno, los comentarios iban y venían de sus oídos. Vio a Iván entrar el comedor cabizbajo, sabedor de que muchas miradas se centraban en él.

Se dirigió directamente hacia donde estaban Fermín y su madre, y dejó que ella le acariciara con disimulo las manos mientras le servía la leche. Se alejó despacio con la taza entre las manos y se sentó en la mesa con sus amigos.

No era su primera cuenta atrás, pero esta se hacía más compleja, porque a pesar de que reloj se movía en dirección inversa, no sabía cuánto tiempo quedaba. Podían tardar unos días, semanas, meses, pero la verdad quería imponerse y ansiaba salir a la palestra. Y cuando eso ocurriera, tendría que hacer frente al pasado, al remoto y al más cercano.
El teléfono sonó estridente en su bolsillo, y se echó a un lado para cogerlo.

- Vamos a entregar a Irene. Esto se acaba, Carlos.

Colgó el teléfono y apretó los dientes. Decidió no pensar en lo que se le venía encima. No había más nada que él pudiera hacer. Los documentos que acreditaban sus progresos en la misión que le había sido encomendada estaban ya en manos de Saúl y, haciendo gala de su cautela, también en las de Silvia, que a esas alturas, era probablemente la única persona dentro de la Organización en la que se sentía capaz de confiar. Quizá por eso también había puesto en sus manos la parte que se refería a sus descubrimientos en torno al grupo Géminis, además de todo lo que poseía Amelia y que era más que suficiente para meter a sus miembros en la cárcel de por vida. El asesino de su padre estaba muerto. No había más nada que hacer ya, salvo permanecer al lado de María y de Iván para que el daño fuera el mínimo.

Durante el día, los murmullos a su alrededor se fueron apagando. Ottox empezaba a pasar a la historia, como si la gente andara ya a la expectativa de qué sería lo siguiente.

Por la tarde, salió al bosque. Después de lo vivido, le fascinaba ver los cordones policiales alrededor de los árboles y la laguna, mientras hombres armados entraban y salían de los pasadizos, como si aquel infierno subterráneo no hubiera estado oculto a los ojos del mundo. Oía voces, coches yendo y viniendo, pero no consiguió saber en qué punto se hallaban las investigaciones. Volvió al internado y preparó la cena, casi sin mediar palabra con María, que se movía taciturna por la cocina, presintiendo también que algo tocaba a su fin.

Eran más de las once cuando subió a su dormitorio. Se encontró a María tumbada sobre la cama, aún vestida, con las manos cruzadas sobre el vientre y la mirada perdida entre las grietas que poblaban el techo. Rodeó la cama y se arrodilló en el suelo, junto a ella. No necesitan hablarse. Ambos sabían que se avecinaba algo muy grande, y muy doloroso. Le acarició las manos con las suyas y le besó las puntas de los dedos, que ella hundió en aquel pelo color ceniza, rezando un mantra de consuelo sin palabras. Él dejó caer sus labios sobre el vientre de ella, besando a un niño que amaba ya con todas sus fuerzas a pesar de que María decía que tenía el tamaño de un grano de arroz.
Ahí, en ese escondite terso, suave, se refugiaba cuando le acuciaba el miedo. Y pensó que si nada lo impedía, podría quedarse dormido allí toda la noche.

Pero antes de que transcurrieran unos pocos segundos, la puerta sonó con urgencia y, sin esperar respuesta, vio a Iván entrar, casi sin resuello, con la respiración agitada y el rostro descompuesto.

- Lo han encontrado, Fermín…

Se puso de pie de un salto. Lo que más había temido se hizo corpóreo, atenazándole las entrañas.

- Lo han encontrado en la laguna. Ese tío… el coche… todo… Dios mío…

Déjame que te cuente (V.2). Capítulo XI.


La tarde se escurrió extraña, densa, rápida y lenta. María permanecía muy quieta, en el sofá, con el cuerpo pegado inconscientemente al del hombre que tanto había esperado. Penélope ha muerto, y ya no dormirá más noches en la ventana, pensaba. No es que no se creyera que él estaba allí, simplemente era una sensación tan ansiada que se le antojaba onírica, como si estuviese metida dentro de un sueño tan dulce, que el miedo te agarrota el cuerpo temiendo que se torne pesadilla.

Carlos había monopolizado por completo a su padre y, sentado sobre sus rodillas, le avasallaba a preguntas que, en la mayoría de los casos, sólo podían ser esquivadas con una sonrisa. Las frases le salían a borbotones, sin orden ni coherencia, y pasaba de hablar de sus compañeros de clase a preguntarle por qué antes, todos le llamaban Fermín.

María no habría sido capaz de decir si habrían pasado dos horas o cinco cuando el timbre volvió a sonar. Su hijo permanecía ajeno a cualquier otro sonido que no proviniera de la boca de su padre, y Carlos se limitó a mirarla con divertida impotencia.
Cuando abrió la puerta, se encontró con una estampa que le resultó familiar. Manos en los bolsillos, mirada baja, y un cuerpo que se balanceaba hacia adelante y hacia atrás sobre los talones de sus pies. A su lado, la sonrisa perenne, inmortal y ajena al paso del tiempo de Julia, que se agarraba al brazo de Iván, infundiéndole la fuerza que a él le flaqueaba.

- Hola… pasad.

Él entró delante, dejándole un beso rápido en la mejilla a su madre, mientras Julia se entretuvo en darle un abrazo ligero, ansioso.

Carlos volvió la vista sólo un segundo para, una milésima más tarde, dejar la vista fija en las dos personas que tenía delante. Oyó a su hijo gritar el nombre de su hermano y escurrirse hasta el suelo, pero el mundo giraba a una velocidad que ya no le permitía procesar cada nueva visión. El vértigo que sintió al ver a Iván era aún mayor que el que había sentido al encontrarse cara a cara con María o con su propio hijo. Por un momento, sintió que algo se detenía dentro de él, y tuvo que apretar con fuerza los párpados para deshacerse de un recuerdo cuyo contenido en dolor le impedía ponerse en pie siquiera. Pero el sacrificio había sido tan grande, que no es fácil apartar la causa…

Volvió al bosque.
Volvió a ver la laguna.
Volvió a oír los coches y las voces.
Volvió a su dormitorio.
Volvió a tener miedo.

Déjame que te cuente (V.2). Capítulo X.


Las manos le temblaban, como aquella vez que quiso agarrarse a su foto como quien se agarra a la vida. Pero esta vez la tenía delante, entera, palpable, tan real que le paralizaba. Extendió la mano hacia ella, como asegurándose de que tenía permiso para tocarla, y ella respondió rozándola con la punta de los dedos.
Su hijo asistía al espectáculo embobado, echado a un lado, suplicando en silencio que se abrazaran.

- Te lo prometí…

Su voz, tan cálida, tan dulce, le llegó desde otra dimensión distinta, ajena a lo vivido, transportándole atrás. Dio un paso más y se percató de que llevaba puesto el vestido negro, desabrochado mil veces con prisa y otras mil con lentitud, conformando la petición muda de terminar a los pies de su cama. Le colocó una mano en la cintura y la atrajo hacia sí, mientras la otra rozaba su frente, sus pómulos, su nariz y sus labios, comprobando que era real. Ella entendió lo que le pedía, y cruzó el último paso que les separaba. Se abrazaron sin rastro ya de ansiedad, sin prisa, tanteando la forma de sus cuerpos. Se les antojó irónico, a ambos, que hubiera tenido que pasar todo aquello para que por fin se atrevieran a llorar juntos, cuerpo contra cuerpo, pero no se dijeron nada.

Tuvo que tirar ligeramente de ella para separarla de su cuerpo. Quería mirarla a los ojos, creerse lo que tenía delante. Y cuando lo hizo, sus labios recorrieron el camino aprendido, sin pedir permiso, sin avisarle siquiera. Cuanto tomó conciencia de que la estaba besando, quiso hacerlo con dulzura. Pero lo que él pretendía que fuera un roce de labios, se había convertido en una expedición profunda, sin retorno, al centro de su boca, recibida con la misma necesidad. Terminó el beso llevándose su labio inferior entre los dientes, con suavidad y dejando que sus frentes se unieran y se reconfortaran.

Sin abrir los ojos, Carlos estiró un brazo para acoger a su hijo con él. Se abrazaron los tres, por primera vez en sus vidas, y marcaron el punto que daba comienzo al resto de sus vidas.

Déjame que te cuente (V.2). Capítulo IX.


El corazón de ambos, madre e hijo, emprendió una subida idéntica, revolviéndose dentro del pecho y saltando hacia la tráquea, donde pareció quedarse parado. Carlos fue el primero en reaccionar, saltó del sofá y se lanzó a la puerta. María corrió tras él y ambos se quedaron inmóviles tras ella.

Cuando la puerta se abrió, Carlos Almansa ya se había tragado todas las lágrimas que no había derramado durante los últimos años mientras subía la escalera. Iba a tocar en el telefonillo, pero supo que la voz no saldría de su cuerpo, ni sabría qué decir. Así que esperó pacientemente hasta que diez minutos después, la puerta se abrió y se coló dentro del edificio.

Cuando la vio parada delante de él, sintió que iba a desmayarse. Sus recuerdos la habían idealizado hasta el extremo, pero ni aún así le hacían justicia. Le pareció más hermosa de lo que la recordaba, más frágil, más digna de ser amada que nunca. Por un momento, pensó que lo mejor para ella era que echara a correr por donde había venido, porque no tenía derecho a irrumpir en su vida ahora. Quiso abrazarla pero estaba demasiado lejos de su alcance.

- Papá…

Tuvo que agarrarse al marco de la puerta cuando esa voz le golpeó con su presencia. Bajó la mirada despacio y comprendió por qué María estaba tan lejos de la puerta. Era como mirarse en un espejo de feria, de ésos que te devuelven tu imagen distorsionada. El pelo color ceniza, los ojos grandes, pardos, llenos de lágrimas. Con el tiempo, se culparía mil veces de no haberle cogido en los brazos en ese mismo segundo. Pero algo le detenía. No sabía si era el miedo al rechazo, la impresión sufrida o una mezcla de ambas. Tuvo que volver a mirar a María, que asintió con la cabeza, mientras en su cara las lágrimas se mezclaban con su sonrisa. Se agachó y le miró de frente.

- Hola…

Su voz salió tan débil que creyó que su hijo no le podía haber oído. El niño permanecía inmóvil frente a él, sin hablar. Carlos alargó una mano y le revolvió el pelo con suavidad. Sólo cuando fue a hablar se dio cuenta de que él también lloraba ya.

- ¿Me das…? – le horrorizó su voz entrecortada, incapaz de formular una frase lógica. - ¿Me das… un abrazo?

El niño parecía haber estado esperando esa frase todo el tiempo. De un salto, se lanzó sobre él y le echó los brazos al cuello. Lo primero que pensó su padre, era que aquel cuerpo se le antojaba pequeño e indefenso. Luego ya no pudo pensar en nada. Cuando se dio cuenta, acariciaba la espalda de su hijo y le levantaba dos palmos del suelo, en un intento por calmar su llanto, mientras él hacía lo mismo en silencio.
No supo cuánto tiempo pasaron así hasta que la respiración del niño se calmó, y se separó despacio de él.

- Ahora tienes que abrazar a mamá, que ella también te ha echado de menos.

Le besó en la mejilla antes de que se escabullera definitivamente de su abrazo, y se incorporó. Traspasó el umbral de la puerta y cerró desde dentro, antes de volver a mirarla y saber, ahora ya con toda certeza, que había valido la pena todo lo que había pasado.

Déjame que te cuente (V.2). Capítulo VIII.


- Mamá, ¿cuánto falta?

Se giró sobresaltada, arrancada de sus recuerdos por la misma ansiedad que a ella la hacía añicos. Le vio llegar vestido como a un niño grande, con sus vaqueros favoritos, algo cortos ya, y una camiseta en la que se leía algo de una universidad americana.

- No lo sé, cariño. Ven aquí.

Saltó sobre el sofá y se acurrucó junto a su madre, replegándose sobre sí mismo y haciéndose aún más pequeño de lo que era. Tenía una sensación extraña en el estómago, de vacío, aunque él no habría sabido definirlo así. Le faltaban recuerdos de su padre, cosas que recordarle, aunque su madre y su hermano, en estos años, le habían contado mil historias. Sabía que su padre estaba en la cárcel porque se equivocó, y porque tenía que protegerles a ellos, aunque esa parte no la entendía demasiado bien. Sabía también que solían llamarle Fermín, en vez de por su nombre de verdad, pero esta parte tampoco le quedaba demasiado clara. Y luego estaban todas ésas historias, la del huevo que mamá tenía en su habitación, la del ése día que quemó un cuadro para decirle a su madre que la quería, cosa que no comprendía tampoco pero que a ella le parecía lógico por la forma en que lo contaba. Sabía muchas cosas, pero no veía nada cuando las recordaba.

- Mamá, ¿papá sabrá llegar a nuestra casa?
- Sí. – Le acarició el pelo y trató de darle una explicación convincente. – Papá siempre sabrá llegar adonde estemos nosotros.
- ¿Y entonces por qué aún no ha venido?

No supo qué responder. Era ya casi mediodía y empezaba a tambalearse la convicción de que él llegaría allí por sus propios medios. Creía saber quién le conduciría hasta allí, si es que aún vivía…

- Mamá…

Un golpeteo en la puerta, suave, rápido, inconfundible, detuvo la frase para siempre.

Déjame que te cuente (V.2). Capítulo VII.


La cama parecía haber desaparecido del dormitorio. Sobre ella, se acumulaban decenas de carpetas, cajas, cartas agrietadas por el paso del tiempo que se esparcían sobre la colcha, dibujando una historia de amor de la que ella no sabía nada. Esperó paciente, sin darse la vuelta, hasta que el cerró la puerta y llegó a su lado.

- María…

Él le colocó las manos a ambos lados de los brazos, como si quisiera abrigarla de un frío inexistente, y ensayó una palabra que se le ahogó en la garganta.

- ¿Por qué no me has dicho nada? - No quiso que sonara como un reproche, por eso acompañó la frase de una caricia leve, casi al aire, sobre su cara, antes de continuar. – Me habría gustado estar contigo.

Él negó con la cabeza y cerró los ojos, devolviendo las lágrimas que pretendían salir hacia el lugar de donde venían.

- María… No puedes estar conmigo. Ahora menos que nunca. Van a venir a por mi, no sé si mañana o el mes que viene, pero van a venir a por mi…

No quiso seguir escuchándole. Esa noche no. Le dejó caer dos dedos sobre los labios, suplicándole silencio, y se estrechó contra él. Apoyó la cara contra su pecho y percibió su respiración, insoportablemente lenta, lastrada por lo que sufría. Suplicó en silencio que esa noche flaqueara junto a ella, que por una vez en su vida, le confiara un puñado de su dolor.

- Déjame quedarme contigo esta noche. Mañana me iré y no me acercaré a ti, pero por favor…

No se dio cuenta de que su voz se apagaba, y que su súplica era un murmullo apenas entendible, pero él debió saber lo que pedía. La abrazó, hundió sus dedos entre su pelo y sintió la necesidad terrible de llorar a su lado. Se contuvo e imprimió toda esa necesidad en el abrazo, apretándola fuerte contra su cuerpo. Fue quizá en ese momento cuando las fuerzas le abandonaron, y sintió que esa noche, él tampoco quería, ni podía, luchar contra sí mismo. La besó con la dulzura que sólo puede experimentar aquel que no ha conocido más amor que los labios que besa, con lentitud, como sabiendo que pasaría demasiado tiempo antes que pudiera poner aquel sabor otra vez en su boca.

Sin deshacerse del abrazo, cayeron sobre la cama y todo lo que la ocupaba. No vieron la caja que cayó sobre la alfombra, sin hacer ruido, ni el tintineo de dos alianzas que se derramaban sobre el suelo.

Déjame que te cuente (V.2). Capítulo VI.


Se alisó con cuidado la falda del vestido que había sustituido a otro vestido que había sustituido a los vaqueros. En ese momento, se sentía una Dorothy, recién devuelta del reino de Oz, desconcertada por volver a un pasado que nunca había abandonado. El vestido que hoy llevaba había yacido mil noches en el suelo del dormitorio de Fermín. El día que él se marchó, cuando recogió su ropa, lo dobló con cuidado y lo metió en el fondo de su maleta. Así había permanecido hasta ese día, cuando lo buscó y se lo puso por impulso y por necesidad.

Se revisó el pelo por enésima vez y se sentó en el enorme sofá blanco que inundaba la sala de estar. Carlos seguía dando vueltas en su habitación, recolocando la ropa y preparando una pila de redacciones, libretas, sumas y restas que tenía que enseñarle a su padre.

Se frotó una mano con la otra, se arañó sin querer, y decidió concentrar su atención en algo más agradable. Se recostó ligeramente en el sofá, sin saber si faltaban cinco minutos o veinte horas para que él llegara. Sus ojos se desviaron por su cuenta al anillo que portaba en el dedo y esbozó, sin darse cuenta, una sonrisa que la transportó muy lejos, de vuelta al internado dónde había vivido lo mejor y lo peor de su vida.

Aquella noche, le dieron de nuevo las tantas de la madrugada sentada en la mesa de la cocina, con una taza humeante entre las manos y los ojos anegados de unas lágrimas que se negaban a salir. No alcanzaba a oír más que el suave ronroneo de las neveras y los sonidos de su propia cabeza. Llevaba más de un mes sin hablar prácticamente con él, esquivando sus miradas por el pasillo, tratando de no ver el dolor que le salía por los ojos cuando le miraba, haciéndole saber que sufría tanto como ella. Las palabras que él le lanzaba eran como arpones, directos al centro del dolor, incapaz de alejarla de él por otra vía. Pero ella sabía que había algo que le dolía tanto que no se sentía capaz de afrontarlo, ni con ella, ni solo, y por eso actuaba como lo hacía. Pero esas palabras dolían más en la madrugada, cuando se quedaba sola, echándole de menos una hora tras otra.

Unos pasos firmes rompieron el silencio sepulcral que reinaba en sus noches, en los que reconoció antes de verla, a la gobernanta del internado.

- ¿Qué haces aquí a estas horas? ¿Tú también estás desvelada?

La mirada grave de Jacinta, y su silencio, le hicieron temer, primero, por su hijo.

- ¿Es Iván? ¿le ha…?
- No, no… ¿No has echado de menos a Fermín hoy?
- ¿De menos? No es tan raro que se pase un día ocupándose por ahí de sus asuntos propios…

Le dolió la ironía de su propia voz. Ni siquiera pensaba lo que decía, sabía perfectamente que cada movimiento que él hacía estaba motivado por algo que era más fuerte que él.

- María, su madre murió anoche. Llamaron de la residencia. Acaba de volver…

No tuvo que terminar la frase. Se levantó como un resorte y salió disparada por el pasillo. No se detuvo hasta llegar a la puerta de su dormitorio. El impulso le pedía entrar sin llamar, pero le conocía lo bastante bien como para saber que si invadía mínimamente su intimidad, podía revolverse como un animal. Tocó suavemente y esperó. No obtuvo respuesta. Agarró la manivela de la puerta justo al mismo tiempo que él tiraba de ella desde dentro. Ella se encontró con su rostro sin previo aviso, y sintió que las piernas le flaqueaban. No lloraba, pero tenía los ojos rotos. Pensó que iba a decirle algo, y un segundo después, que le iba a cerrar la puerta en las narices. Pero no hizo ni una cosa ni la otra. Sólo le tendió la mano y ella se dejó llevar.

Déjame que te cuente (V.2). Capítulo V

Lo primero que pensó cuando le vio, fue que parecía totalmente abatido. Saúl, el hombre que le había puesto contra las cuerdas en más de una ocasión, parecía haberse dejado toda su autoridad y su fortaleza en el traje negro que ya no vestía. No tuvo hacia él el más mínimo gesto de aprecio o de agradecimiento, a pesar de que era consciente de que se había encargado de María y de Carlos todo este tiempo.

- ¿Cómo están?
- Bien. – Hizo una pausa, y Carlos pensó que no pretendía dar énfasis a su respuesta, sino que simplemente, le faltaban fuerzas para hablar. – Bien.

Se sintió tentado a preguntarle qué le había pasado en estos años, el por qué de su debacle, pero algo le decía que su estado era producto de lo vivido. El que lucha demasiado por una causa, se agota con ella. Y Saúl se había apagado hacía ya seis años.

- Tu mujer no me tiene demasiado aprecio, y yo tampoco he insistido en visitarla, pero tengo mis fuentes… - Otra pausa, tras una frase demasiado larga en que su voz parecía ir diluyéndose. – Me han dicho que el niño es digno hijo tuyo.

No contestó. No quería oír nada, no quería saber nada. Sólo quería llegar, verles, abrazar a su hijo y saber que todo iría bien, y que no le odiaría por no estar con él todo este tiempo. Abrazar a María y perderse en ella. Tener entre los brazos la prueba viviente de que todo había valido la pena.

En silencio, se metió la mano al bolsillo y sacó la caja negra. La abrió y deslizó la alianza en su dedo anular, justo donde ella la había puesto la última noche que pasó a su lado. La miró, como quien mira a la causa de su buena suerte, la fuente de su fortaleza. Aquel anillo le había dado la fuerza necesaria para emprender el sacrificio que la vida le exigía. Y ahora volvía al lugar donde debía estar. Cerró los ojos y ahuyentó las balas, exorcizó el dolor acumulado y se sintió, por fin, renovado y dispuesto a empezar de nuevo. Cuando el coche frenó, aún no se había dado cuenta de que ya estaban en el centro de la ciudad. Agarró la manilla de la puerta y tiró de ella.

- Es el quinto A.

Se bajó del coche y le lanzó una última mirada a Saúl, que contenía en ella un poso de agradecimiento. Supo que el hombre sabría leerlo en sus ojos, igual que supo que no volvería a verle. No le dijo nada. Cerró de un portazo y esperó a que el coche se marchara para cruzar la calle y quedarse congelado frente a la puerta.

Déjame que te cuente (V.2). Capítulo IV



- Mamá, te vas a poner mala…

Ella sonreía, tumbada de lado sobre la cama, mientras Carlos revolvía su armario de arriba abajo, e iba lanzando prendas sobre el suelo.

- A mi siempre me secas el pelo enseguida, porque si no me puedo resfriar…

Le oía hablar sin parar, pero no le escuchaba. Su hijo, a diferencia de su padre, solía parlotear cuando estaba nervioso. Pero a excepción de pequeñas actitudes como aquella, más bien provocadas por lo que uno ha vivido que por el propio carácter, Carlos era un espejo pequeño donde se reflejaban las virtudes y defectos de su padre. Podía ser terriblemente introvertido y taciturno, pero a la vez, inteligente y avispado. Sus ojos, almendrados, parecían tener vida propia, y María era capaz de saber en qué estado se encontraba su hijo simplemente con asomarse a ellos. Por eso, a veces, le miraba y no podía despegar los ojos de él…

Mamá…
Mamá…
¡Mamá!

- ¿Qué?
- No me estás escuchando…
- Perdóname cariño. – Se levantó de la cama, aún envuelta en la toalla, con el pelo húmedo, y se agachó frente a él para mirarle directamente. - ¿Qué pasa?
- ¿A papá le gustará la chupa?

Sostenía en las manos una cazadora de cuero, regalo de su hermano Iván, que ya hacía más de un año que le quedaba pequeña. Ella miró hacia arriba, como sopesando la respuesta, y torció los labios en un gesto que a su hijo siempre le arrancaba una sonrisa.

- Pues no lo sé… ¿Tú qué crees?
- No lo sé…

Por primera vez desde que supo que su padre volvía, ella pudo percibir un deje de tristeza en su voz.

- Eh, ¿qué pasa?
- No sé si le gustaría a papá, no sé qué le gustaba…
- ¿Sabes qué? Creo que papá le gustará cualquier cosa que te pongas, porque tiene muchas ganas de verte.

Él sonrió, conmoviéndola por la semejanza con ésa sonrisa que llevaba grabada en cada rincón del cuerpo, y le vio lanzar la cazadora al montón de ropa que ya había sido descartada.
Le dejó solo, debatiendo consigo mismo, y se dirigió a su dormitorio. Había planchado en los días previos media docena de vestidos, pero terminó poniéndose un jersey y unos vaqueros. Se secó el pelo despacio, en su última batalla porque él lo encontrara todo tal cual lo había dejado.

Déjame que te cuente (V.2). Capítulo III


Cuando la puerta de la celda se abrió, ya estaba vestido. Durante la noche, había perdido la noción del tiempo, pero calculaba que llevaba más de una hora bordeando las paredes de su tumba de cemento, de un lado a otro, sumido en una desesperación que no le había embargado nunca en todo ese tiempo.

- Vamos Carlos, te vas a casa.

Aquella palabra le provocó un vuelco en el estómago, que se desplazó después hasta el pecho y la garganta, inmovilizándole un segundo. Si hubiera estado en una película, habría echado un último vistazo al lugar que había habitado en los últimos tiempos. Pero no lo hizo, porque ya conocía de memoria cada rincón y sabía que por mucho que luchara, jamás borraría de su mente los recovecos de aquel cuarto.
Echó a andar tras el hombre que le iba abriendo las puertas de su nueva vida, y se detuvo frente a una sala que sólo había visitado una vez, a su llegada.
Sobre una mesa, encontró sus pertenencias. La llave del armario que jamás volvería a abrir, el reloj de su padre, una pequeña bolsa con ropa y una cajita cuadrada, pequeña. En un movimiento rápido, se guardó la caja en el bolsillo de los vaqueros y metió el resto de objetos en la bolsa.

Cuando cruzó el último umbral, sintió que se iba a quedar ciego. El sol que caía sobre él no era el mismo que le calentaba los huesos en el patio de la cárcel. Ahí afuera, la luz no estaba rodeada de muros de contención. Por un segundo, sólo tuvo ganas de correr.
Albergaba de forma estúpida la ilusión de que ella estaría ahí afuera, esperándole. Se la había imaginado de mil formas, con el pelo más corto, con el pelo más largo, con un cuerpo diferente, con una mirada distinta. Algunas visiones le alentaban, otras le aterraban.

Pero ahí afuera no le esperaba ni una cosa ni la otra. Vio el coche aparcado al otro lado de la calle, con el motor en marcha, y tuvo una horrible sensación de dejà vú. Pero esta vez, subió sabiendo que por primera vez, le llevaría hasta lo que más deseaba.

Déjame que te cuente (V.2). Capítulo II.


Se despertó de repente, aterrorizada por un sueño en el que no pasaba nada. Un sueño eterno en el que los años seguían pasando y ella seguía esperando, como una estatua de sal, sin que nada ocurriera. Miró el reloj digital de la mesita de noche, que le reprochó su ansiedad. Sólo hacía dos horas que se había metido en la cama. Se levantó y apoyó los pies descalzos en el suelo, dejando que el frío se expandiera por todo su cuerpo y le ayudara a despejarse. Caminó despacio hacia la puerta del baño, con la estúpida sensación de que era una novia que camina hacia el altar. Miró la alianza que coronaba su dedo anular y la acarició con los dedos de la otra mano. Quizá algún día consiguiera tener esa sensación de verdad.

Su intención era meterse directamente en la ducha, pero por el rabillo del ojo, su reflejo la llamó desde el espejo. Se miró de frente, y examinó su rostro despacio. Para ella, el tiempo se había detenido. No era capaz de descubrir marcas, arrugas, señales que no hubieran estado allí seis años antes. Pero le asustó la idea de que él sí pudiera verlas. La invadió un miedo atroz, construido a base de noches de espera, de ansiedades que no se cumplen, de soledad. Huyó de su propia imagen y se duchó con agua hirviendo, arañándose la piel para que se llevara el rastro de su vida sin él.

Cinco minutos más tarde se envolvió en una toalla y salió al pasillo. Pasó de largo por su habitación y se paró en la de al lado. Oyó a Carlos respirar despacio dentro. Se apoyó en el quicio de la puerta y cerró los ojos, dejando que el sonido la envolviera. Entonces entendió que no había otro lugar mejor para pasar aquella noche que se le antojaba tan eterna. Empujó suavemente la puerta y se metió en la cama junto a su hijo, que ya tenía los ojos abiertos de par en par cuando ella se dejó caer a su lado.

- No quería despertarte…

Le pasó los dedos por la frente, apartándole el flequillo que caía sobre ella, y le besó.
Él le respondió con una sonrisa espontánea, con la dulzura de la duermevela, y se acomodó a su lado para cerrar los ojos de nuevo. Cuando amaneciera el día, por fin, su hijo cumpliría con su mayor sueño. Y le envidió, porque ni eso conseguía turbar sus noches…

Déjame que te cuente (V.2). Capítulo I



Frío.
Dentro.

Sabía que la manta que rodeaba su cuerpo no lo mitigaría. Porque el helor nacía de lo más profundo de su ser, y emanaba desde su centro hacia afuera.

Intentó cerrar los ojos y pensar en algo que le calentara el alma, pero los recuerdos aparecían difuminados, borrados de la faz de su mente por un lápiz invisible de años que se escurren. Y soñar con lo que estaba por venir había llegado a ser alentador en ciertos momentos, pero cuando el miedo ahoga, estrangula también las escenas que la mente pretende dibujar como perfectas.

Abrió los ojos y los volvió a cerrar al instante. En el segundo que duró aquella mirada, sólo pudo ver oscuridad, y un miedo remotamente infantil acudió de nuevo, haciéndole creer que aquella negrura se colaría por sus ojos y se instalaría allí para siempre.
En los seis años que llevaba entre aquellas cuatro paredes, habría deseado muchas veces que así fuera. Su mente luchaba contra sí misma para conducir sus sueños hacia donde él quería, pero el subconsciente, menos hipócrita, le traía sueños con balas, que se cernían sobre su cabeza y le sacaban de aquella celda.

Pero esa noche no podía permitirse el lujo de dormir siquiera. Su mente se revolvía inquieta, confusa.

Seis años sin saber nada de ella. Ni de su hijo. Saúl sólo le visitó una vez, cinco meses después de su traslado a prisión, para decirle que el niño había nacido, y que estaban bien. Tres años después, le concedieron su primer permiso, pero renunció a él porque no tenía donde ir. Su madre estaba muerta, y lo único que tenía en el mundo debía estar lejos de su alcance para mantenerse a salvo. Y no estaba seguro de poder mantener esa distancia si decenas de muros de hormigón no se lo impedían.

Carlos Almansa no sabía rezar ni creía en nadie más allá de sí mismo. Pero por primera vez en su vida, pidió a quien quiera que le escuchase que ella hubiera cumplido su promesa.

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