¡Bienvenidos!

Bienvenidos a nuestro blog de fanfics acerca de "El Internado". Aquí podréis encontrar textos en todas las categorías posibles, desde los puramente románticos a aquellos que resuelven parte de la trama, pasando por los minifics o el humor.

El blog ha sido diseñado para haceros la navegación por él lo más sencilla posible. Por ello, en la columna de la derecha podéis encontrar todos los fics disponibles, con una breve sinopsis, la categoría o categorías a la que pertenece el texto y los personajes en los que se centra, además del autor del mismo.

Debajo podéis encontrar enlaces directos a todos los capítulos de la historia, de modo que podéis leer a vuestro ritmo y sin necesidad de buscar la entrada por donde os quedasteis, ya que se puede acceder a ella directamente. Así, cuando clickeis en un capítulo, ésa entrada aparecerá justo debajo de esta cabecera que estáis leyendo.

En cuanto a las categorías, vais a encontrar un código que os dirá de qué tipo es el texto que vais a leer. Dentro de estos diferentes tipos, encontraréis:

[ROM] Estos fanfics se centran en el desarrollo de una relación amorosa y los sentimientos de los personajes.

[ANGST] Fanfics para sufrir, para pasarlo mal con nuestros personajes favoritos.

[RES] El Proyecto Géminis y Ottox están más presentes que nunca en estos fics, centrados en resolver parte de la trama.

[HUM] Fanfics para reír.

Encontraréis también los tag [WIP] O [COMPLETO]. El primero hace referencia a "Work in Progress", es decir, que el fic está en fase de publicación, mientras que los fanfics con el segundo término ya se pueden leer enteros.

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Amistades peligrosas (Capítulo XXIII)



María entró en la habitación de Fermín pasada la medianoche. Estaba agotada tanto física como mentalmente y tenía un dolor de pies que casi no podía con él. Encontró a Carlos sentado en el escritorio frente al ordenador portátil. Todavía tenía el pelo mojado, y aunque se duchaban juntos con frecuencia, Carlos probablemente supuso que María se pasaría mucho más rato hablando con su hijo después de haberlos dejado solos de tal manera en la cocina.

La conversación, de hecho, no había ido del todo mal. Iván era demasiado testarudo para admitirlo, pero a María no se le había escapado la chispa de emoción, de. . . alegría incluso, en su cara cuando le dijo lo de su embarazo. Fue una reacción totalmente inesperada, totalmente relámpago. Y como era de esperar Iván torció el gesto para aparentar ser duro, y soltó un par de comentarios sarcásticos aunque con la mitad de veneno que de costumbre. Antes de irse a su habitación, se dio media vuelta para mirarla, y sus palabras, aunque dichas tersamente, consiguieron derretir a María.

_ ¿Y cuándo dices que vas a tener a mi hermana?

Al ver esa sonrisa bobalicona en la cara de María, los labios de Carlos se curvaron hacia arriba. Se dirigió a ella con esos pantalones de pijama que dejaban tan poco a la imaginación y con el torso desnudo.

_ ¿Y esa sonrisa?

_ Iván ha llamado al bebé “su hermana”, _ dijo María, prácticamente flotando de júbilo. _ ¡Su hermana! ¿Te lo puedes creer?

_ ¡Vaya! Parece que el chaval se va ablandando.

Los ojos de Carlos se veían casi negros bajo la tenue luz de la habitación. A María le fascinaba la forma en que esos ojos almendrados cambiaban de color bajo distinta luz, o conforme al humor en que él se encontrase. A la luz del día podían llegar a ser de un color verde oliva, a no ser que se enfadase, y entonces oscurecían, se volvían increíblemente intensos. Similares a cuando hacían el amor y Carlos se entregaba casi por completo y la miraba de esa manera imposible de describir.

María bajó la mirada hacia su pecho, estudiando cada centímetro de su piel. Todavía no se podía creer que no hubiese quedado ni rastro de esos cortes tan horribles que habían esculpido su pecho y su espalda a principios de verano. Esa sonrisa que había iluminado su cara cuando entró por la puerta se fue evaporando.

_ ¿Crees que soy un bicho raro? _ preguntó Carlos, como si la hubiese leído el pensamiento.

_ Sí, _ dijo ella con fingida seriedad poniéndose de puntillas para darle un rápido beso en los labios. _ Pero eres mi bicho raro.

Carlos la ofreció una media sonrisa que no le llegó a los ojos. _ ¿Crees que soy un egoísta de mierda?

María se sorprendió al oír sus palabras. Dio un paso atrás para observarle detenidamente. Su mirada era un signo de interrogación abierto.

_ Si me entregase, a lo mejor podrían descubrir la cura de Dios sabe cuántas enfermedades, _ dijo él pausadamente, su voz un ronco susurro. _ Gente como Héctor podría salir adelante, vivir una vida normal. . .

_ ¡No, Fermín! Esos. . . monstruos son unos cabrones torturadores de niños que sólo piensan en la pasta, _ dijo María indignada. _ ¿Quién sabe lo que te harían a ti? El fin jamás justificaría los medios.

Pero Carlos no parecía muy convencido. María le sujetó la barbilla entre el índice y el pulgar, obligándole a mirarla como lo había hecho él con ella otras veces. _ Además, si tú te entregases, ¿Cuánto tiempo crees que tardarían en encontrar a tu hija?

Ese razonamiento le hizo asentir con la cabeza de forma casi imperceptible. María le abrazó, sintió como el cuerpo de él se relajaba lentamente contra el suyo.

_ Quiero que se llame Sara, _ dijo María rompiendo un largo silencio.

Carlos se sorprendió al oírlo, pero su expresión no tardó en transformarse en agradecimiento, honesto y silencioso. Se le veía cansado. Había sido un día muy largo. El internado abría sus puertas en menos de una semana y todavía quedaba mucho por hacer. Y no pasaban dos minutos sin que Jacinta se lo recordase a todo el personal de servicio y parte del profesorado.

María se deshizo rápidamente de su uniforme y se dejó caer en la cama exhausta junto a él.

_ Jo, lo que daría en estos momentos por. . .

No había terminado de decir la frase cuando Carlos ya estaba sujetando un cuadradito de chocolate con caramelo por dentro entre sus dedos.

_ ¿Decías algo? _ dijo él, y con una sonrisa diabólica se metió el dulce en la boca.

María le miró con ojos enormes, boquiabierta. No podía haber sido así de cruel. ¿Acaso creía que estaba engordando demasiado? Estaba intentando cuidar su dieta lo más posible, pero el chocolate de por las noches era algo imposible de resistir. Tras la breve indignación, vino la furia.

Pero antes de que pudiese decir nada, Carlos la besó profundamente, empujando el chocolate dentro de su boca para que ella también pudiese saborearlo. Las entrañas de María comenzaron a derretirse al ritmo del chocolate en la caldera de su aliento. Ella otorgó acceso a esa lengua que acariciaba la suya con suma delicadeza, con una sensualidad que siempre la dejaba temblando. Un arroyo de placer líquido serpenteó por su cuerpo hasta llegar a su vientre, y con un suspiro áspero de sorpresa rompió el beso y se llevó la mano a la tripa.

_ ¿Estás bien? _ preguntó Carlos con el ceño fruncido, obviamente preocupado.

Una lenta sonrisa se formó en el rostro de María. _ ¡Se ha movido!

Carlos arrastró la mirada hacia su vientre, abarcándolo casi por completo con la palma de su mano.

_ Tu no vas a poder sentir sus pataditas hasta dentro de un par de meses, papá, _ dijo María con una mueca burlona.

_ ¿Se ha movido? _ dijo él, visiblemente emocionado.

María nunca había visto semejante ternura en su rostro. Tal fue la emoción al ver la cara de Carlos—por no mencionar el remolino de hormonas que se desplazaban libremente por su cuerpo—que se vio forzada a morderse el labio inferior para no romper a sollozar como una imbécil. A Carlos le entró la risa al ver su reacción, y ella no supo si abrazarle o darle un bofetón. Al final optó por soltar una aguada carcajada y secarse las lágrimas de cocodrilo que estaban a punto de desbordarse.

_ ¡Vaya cinco meses que me esperan! _ dijo él con cariño mientras lamía suavemente los restos de chocolate que dibujaban la boca de María.

Ella cerró los ojos, perdiendo control de su respiración a medida que el chocolate iba desapareciendo de su piel y la necesidad de sentirle en su interior crecía.

_ Carlos. . .

Fue un suspiro sofocado, una suplica disfrazada en una palabra prohibida.

_ María, _ advirtió él negando con la cabeza. _ Estamos en el internado. Aquí soy Fermín.

_ Puede que ahí fuera seas Fermín, _ dijo ella en voz baja, deslizando su mano por el vello de su pecho hasta la goma del pantalón, no dejando que la prenda le sirviese de obstáculo. _ Pero aquí sigues siendo Carlos. Carlos, _ dijo de nuevo de forma tan sensual que arrancó un ronco gemido de él.

La noche no tardó en encontrarles sumidos en su pequeño y privado mundo, donde dos sombras se convierten en una, y cada palabra suspirada da paso a una nueva caricia. Donde no hay nombres verdaderos ni identidades falsas. Donde la amenaza de ese mundo oscuro y peligroso se ve obligada a esperar detrás de la puerta.

FIN

Amistades peligrosas (Capítulo XXII)


María estaba sentada en la cocina con una sonrisa risueña. Era ya bastante tarde y el servicio se había retirado a sus habitaciones hacía ya un par de horas. Carlos acababa de terminar de preparar una bechamel para el día siguiente, y le estaba pasando un paño al mostrador, tratando de dejarlo todo impecable para no tener que escuchar los gritos de Jacinta a la mañana siguiente.

María le observaba en silencio mientras él se desplazaba por la cocina guardando los cacharros en su sitio. Ya había pasado casi un mes desde que regresaron a la rutina del internado, y el nuevo curso estaba a punto de empezar. Parecían haberse incorporado sin problemas, pero de vez en cuando pillaba a Carlos mirando por la ventana con ojos glaseados. Sabía que en esos momentos, que ocurrían con desgarradora frecuencia, estaba pensando en su madre, en Dempsey, en Gloria. . . Con el corazón partido María había intentado abrazarle un par de veces durante esos primeros días, pero él se apartaba de ella con una sonrisa forzada y un ahogado “dame un poco más de tiempo”. Seguía negándose a hablar del tema y María no quería forzarle.

Un viernes que desapareció toda la mañana sin dar explicaciones María pensó, con gran pesar, que había vuelto a las andadas, que volvía a ocultarle cosas “por su bien”. Carlos llegó por la tarde, muy serio y contestando a sus preguntas de esa forma tan críptica que siempre utilizaba cuando no quería que ella supiese donde había estado. María conocía el tono bien. Pero cuando él vio la abierta decepción en su cara, la miró con ojos tristes y murmuró su breve explicación.

_ He ido a visitar la tumba de mi madre.

Luego se entregó a sus brazos, dejó que María le consolase por primera vez desde su regreso. Podría ser que necesitase su apoyo, aunque seguramente lo hizo para ocultar las lágrimas que su voz no había podido esconder. Ella no dijo nada, no hizo preguntas, dejó que encontrase consuelo en su regazo, aceptando con abrumadora impotencia que las cosas no iban a cambiar de la noche a la mañana.

Envuelta en el silencio de esa cocina que se había convertido en su hogar, María sacó de su bolsillo por enésima vez la copia de la ecografía que le habían dado en la clínica esa mañana.

_ ¡Es preciosa! _ comentó con una amplia sonrisa cuando vio acercarse a Carlos.

Él la abrazó por detrás, rodeando su cintura con los brazos y ojeando la ecografía por encima de su hombro.

_ Si tú lo dices, _ susurró en su oído. Ella detectó una sonrisa en su voz, soltó una suave carcajada y le pegó un codazo cariñoso, girándose en el círculo de sus brazos para poder mirarle a los ojos.

_ Es perfecta, _ murmuró colgando los brazos de su cuello. Carlos esbozó una media sonrisa, pero no dijo nada. _ ¿Sigues preocupado por lo que pudiese pasar si. . . si ellos descubriesen la verdad?

_ Lo único que podemos hacer es confiar en Saúl, _ dijo encogiéndose de hombros.

Su expresión delataba lo preocupado que estaba, la falta de confianza que en realidad tenía, y lo poco que acostumbraba a dejar su propia seguridad, y ahora la de su familia, en manos de otra persona.

María entrelazó los dedos en el pelo de su nuca, suaves movimientos diseñados para asegurarle que ella estaba ahí, siempre a su lado. Que esto era algo a lo que tenían que enfrentarse juntos. Carlos a su vez dibujaba pequeños círculos en sus caderas, su mirada perdida en un punto de la cocina.

_ ¿Se lo has dicho a Iván?_ preguntó tras un largo silencio.

María bajó la mirada, negó con la cabeza.

_ No vas a poder guardar el secreto para siempre, _ dijo Carlos deslizando sus nudillos por ese vientre que empezaba a desafiar las costuras del uniforme. _ ¿A qué esperas?

Dejando escapar un profundo suspiro, María se pasó las manos por la cabeza, apartándose el pelo de la cara. _ Es que todavía no he encontrado el momento, _ titubeó con torpeza.

Carlos la miró con un gesto burlón, uniendo sus cuerpos con un ligero movimiento de sus manos. Acopló a María entre sus piernas, reclinándose contra el filo de la mesa para igualar un poco más sus estaturas. _ ¿Dónde habré escuchado yo eso antes?

_ No te rías de mí, _ dijo ella incapaz de frenar su propia sonrisa. _ Además, bastante chungas están las cosas entre vosotros dos como para encima echarle más leña al fuego.

_ O sea, que no le ves llamándome “papi” en la vida.

Carlos la besó a medida que ella soltaba una sonora carcajada. María se aferró a sus hombros, rompió el beso para trazar sus labios por su mejilla, deslizándolos suavemente por su pronunciada mandíbula, rozando sus labios de nuevo sin profundizar el beso. Carlos sonreía, la acariciaba el pelo mientras sus bocas jugaban al ratón y al gato. Breves roces cargados de electricidad entre palabras susurradas con cariñosa incoherencia.

Una áspera voz rompió el hechizo de forma abrupta.

_ ¡Que bonito! La chacha y el cocinero.

Carlos se retiró de la mesa, apartándose de María de inmediato.

_ Iván _. María pudo sentir como sus mejillas se sonrojaban al verle apoyado contra la columna de piedra. Parpadeó un par de veces, recuperando un poco su compostura. _ Es muy tarde. ¿Qué haces aquí?

_ Al parecer algo mucho menos entretenido que vosotros, _ respondió el joven con ese aire de arrogancia que le rodeaba con tanta frecuencia. Dirigiéndose hacia Carlos, añadió: _ ¿Qué pasa, que es aquí donde la tiras todas las noches?

_ ¡Ya te vale! _ saltó María indignada. Inhaló profundamente, tomando fuerzas para ponerle en su lugar, pero Carlos se adelantó.

_ Mira Iván, ya te he pasado demasiadas gilipolleces por alto, pero me estoy empezando a hartar de tu falta de respeto hacia María. Así que a partir de ahora, vas a ahorrarte todos esos comentarios absurdos, ¿me oyes?

Iván, claramente sorprendido ante la serenidad de Carlos, dejó escapar una leve carcajada.

_ ¿Ah, sí? _ sonrió, levantando las cejas, desafiante. _ Porque tu lo digas, Fermín.

Carlos se acercó a él con lentitud y María pudo ver un destello de intimidación en la cara de su hijo. Con la espalda tensa, el muchacho dio un instintivo paso hacia atrás. ¿Acaso pensaba que Carlos sería capaz de hacerle algún daño? Hubo un tenso silencio entre ellos que a María le resultó interminable.

_ No, _ dijo Carlos al fin con voz firme. _ Porque en el fondo los dos queremos a tu madre por encima de todo.

No dijo más. Iván parecía haberse quedado de piedra, parado junto a la columna con esa lengua tan afilada sin desenfundar. Carlos se dirigió hacia la puerta, pero no sin antes enviarle a María una mirada de advertencia: Tienes que decírselo.

Amistades peligrosas (Capítulo XXI)



María estaba furiosa consigo misma. ¿Cuántas veces le había advertido Carlos que cerrase la puerta con llave? Tal era su cabreo que el miedo había pasado a un segundo plano. Caminaba por los pasadizos en zapatillas y camisón, no le había dado tiempo para ponerse nada más decente. Iba siguiendo el reguero de luz creado por la linterna. Con las manos amarradas a la espalda, no podía retirarse el cabello que caía como una cascada sobre su cara.

Tampoco había podido ver la cara de su secuestrador con claridad. La pistola había nublado todo lo demás. Sólo sabía que era un hombre mayor con voz profunda. Lo único que le había oído decir fue “vístete”, “vamos”, “aligera”, “por ahí”… Palabras cortantes y llenas de autoridad. Al llegar a una puerta enorme de hierro, el hombre la obligó a detenerse. La puerta se abrió con un áspero sonido al deslizarse sobre la piedra, y dio paso a una habitación que había plagado las pesadillas de María durante casi un mes. Dos individuos se encontraban sentados a esa enorme mesa de madera. Uno de ellos era el hombre que les había provisto el todoterreno antes de cruzar la frontera.

_ Ahora sólo nos queda esperar, _ dijo su acompañante ignorando el gemido de María.

Obviamente todos ellos eran hombres de pocas palabras. Se sentaron a la mesa tras atar a María a una de las sillas, cruzando breves comentarios que ella apenas podía escuchar.

_ Si mi yerno hubiese sido un poco más competente hubiésemos tomado medidas mucho antes.

_ A decir verdad yo nunca me fié de ese gabacho.

_ ¿Estas absolutamente seguro?

_ Entonces el proyecto tuvo éxito. Después de tantos años y tantos intentos fallidos, quién iba a suponer que la respuesta se encontrase en la descendencia y no en la clonación. Nos podríamos haber ahorrado décadas de investigación.

_ La madre naturaleza nunca deja de sorprenderme.

Los minutos se alargaron hasta casi la medianoche, cuando el ruido de unos pasos cautelosos se oyeron acercarse. María giró la cabeza, aunque sabía que era él. Había venido a buscarla. ¿Acaso pudo dudarlo? Sus miradas se cruzaron en un momento agonizante, y una vida que no había tenido la oportunidad de existir se deslizó entre ellos, escapándose como agua entre las manos. Fue Carlos quien rompió el contacto. Su atención fue arrastrada hacia el otro lado de la sala donde dos de los hombres estaban sentados con sonrisas de satisfacción. Pero fue sólo cuando vio al tercer individuo dar un paso adelante que reaccionó.

_ Saúl, _ murmuró, escupiendo la palabra como si de veneno se tratase.

_ Te advertí que liarte con la limpiadora te traería problemas, Carlos.

Un hombre mayor con barba, el que había traído a María a punta de pistola hasta ese sitio, se levantó acercándose a ellos lentamente.

_ Así que es verdad, _ dijo abiertamente fascinado. _ Entonces. . .

_ David Almansa tuvo un hijo, _ atestó Saúl sin levantar los ojos de Carlos.

Esa simple declaración inundó de silencio el lugar durante varios segundos. Fue Carlos quien terminó rompiéndolo.

_ Es a mí a quien queréis. Dejad que ella se vaya.

El hombre que permanecía en las sombras soltó una carcajada. Los otros dos se unieron al breve coro de risas que había incitado sus palabras.

_ ¿De verdad crees que estas en una posición para negociar? _ preguntó Saúl.

El rostro de Carlos ocultaba toda emoción. Tan sólo sus ojos de acero templado delataban una furia interna que únicamente María pudo percibir. Con un rápido movimiento de su brazo derecho sacó la pistola de la espalda donde acostumbraba a cargarla, pero uno de los viejos había anticipado su intención y ya estaba apuntando a María con su propio revólver. Los brazos extendidos de Carlos a su vez sujetaban la pistola con firmeza apuntando a Saúl.

_ Aprieta el gatillo y está muerta, _ dijo el viejo sin mostrar el más mínimo temor.

El tiempo pareció congelarse en ese crudo instante. Después de varios interminables segundos, Carlos esbozó una enigmática sonrisa, relajó su postura y con desgarradora lentitud se llevó el arma a la sien.

María no se percató de que se le había escapado un grito hasta que oyó el eco de su pánico como una violenta cacofonía. Los tres hombres parecían haberse quedado de piedra, incapaces de reaccionar.

_ Voy a contar hasta tres, _ dijo Carlos. Su voz era tenue, sorprendentemente firme. _ Si no la veo salir sana y salva por esa puerta, aprieto el gatillo, y adiós a las pruebas sólidas que necesitabais para vuestro puto Proyecto Géminis.

_ No seas impulsivo, Carlos, _ advirtió Saúl, aunque su voz había perdido esa calma, y un ligero temblor había subido a la superficie.

_ Uno. . .

_ ¡No! _ gritó María, furiosa, aterrada.

_ No se atreverá. . . _ dijo el hombre de la barba. Pero la pistola que sujetaba ya no apuntaba a María y la arrogancia se había esfumado de su mirada.

_ Dos. . .

El ruido que hizo el revólver cuando Carlos quitó el seguro resonó en el cuarto con un “clic” estridente.

_ ¡Carlos, no por favor! _ suplicó María. _ ¡Piensa en el bebé! ¡No lo hagas!

La serenidad que había poseído a Carlos hasta ese momento se evaporó en un instante. Sus ojos aterrados se enfocaron en ella, mientras su rostro palidecía por segundos. María sólo se dio cuenta de que otros tres pares de ojos la estaban estudiando cuando se vio rodeada por los tres hombres.

_ No será verdad, _ exclamó uno de los viejos en voz baja. La vil carcajada que soltó a continuación le puso la carne de gallina a María. _ ¿Y de cuánto estas?

Ella titubeó un instante. _ De casi tres meses, _ dijo, mordiéndose el labio inferior al ver el movimiento de cabeza de Carlos indicándola que no dijese nada más.

Al viejo de la pistola se le iluminó la cara. _ Vaya, vaya. . . ¡Cómo pueden cambiar las cosas en el canto de un duro!

_ Si la hacéis daño. . ._ Carlos se mojó los labios nerviosamente, su amenaza ahogada en un pozo de desesperación. _ Os juro. . .

Se había derrumbado. Había dejado que el pánico se apoderase de él. No merecía la pena seguir luchando, pero al menos estaba vivo, y por ello María dejó escapar un suspiro de alivio. Uno de los hombres se acercó sin decir nada, quitándole la pistola de la mano con facilidad y entregándosela a Saúl. _ Ocúpate de ellos, _ dijo con desdén. _ Puedes descapacitarle por ahora, pero recuerda, le necesitamos vivo.

Saúl extendió su brazo apuntando a Carlos a la altura del pecho. Su expresión era tan fría como sus ojos azules. Carlos desvió su mirada hacia María, arropándola con una serenidad de la cual ella fue incapaz de contagiarse. Ni siquiera esa sonrisa imperceptible y efímera pudo frenar las lágrimas que comenzaron a recorrer sus mejillas. Esa sonrisa que comunicaba tanto sin necesidad de palabras.

La pistola dejó escapar un sonido silbante y opaco, totalmente diferente al macabro estruendo al que ya estaba acostumbrada María. Tardó un segundo en reconocerlo como un silenciador. Dos segundos en darse cuenta que quien se había desplomado no fue Carlos, sino el viejo de la barba. Y antes de que nadie pudiese reaccionar, Saúl ya había disparado contra el otro individuo.

Tanto Carlos como María observaban atónitos a los dos cuerpos desparramados en el suelo de piedra. Un charco de sangre rodeaba a cada uno, oscuro como la laguna que reposaba a varios metros por encima de la sala.

_ Le prometí a tu padre que haría lo imposible por protegerte, _ dijo Saúl con voz áspera. _ Él ya se ocupó de pagar sus honorarios a la organización durante años para asegurar tu protección.

Carlos todavía estaba algo aturdido. _ Cien mil pesetas mensuales, _ murmuró casi sin aliento.

Su respiración era aún algo agitada. Se apresuró junto a María, deshaciendo los nudos de la cuerda que cortaba sus muñecas, restregándolas suavemente para hacer circular la sangre. Una vez libre de ataduras María se echó a sus brazos, todavía temblando de miedo, de alivio. . . Apretó su cuerpo contra el de él, sin importarle que estuviesen en presencia de Saúl, porque necesitaba sentir su calor al igual que sus pulmones necesitaban oxígeno.

_ Ya te dije una vez que lo sabía todo sobre ti, Carlos, _ dijo el viejo en voz baja, su intrusión discreta. _ Ahora te toca a ti proteger la vida de tu hijo.

Carlos cerró los ojos, luchando con su propio conflicto interno. María sabía que estaba preocupado. Y aunque creía saber por qué, en realidad no tenía ni idea hasta qué punto llegaba su ansiedad.

_ El bebé. . . _ comenzó a decir Carlos, pero fue incapaz de continuar.

Saúl lo hizo por él.

_ Estás aterrado, lo sé.

_ Hemos visto las fotos, _ dijo María, su voz casi inaudible. _ Sabemos que puede que el bebé. . .

_ Eso no es lo que le preocupa a Carlos, _ dijo Saúl respondiéndole a María pero con sus ojos fijos sobre Carlos. _ Lo que le aterra de verdad no es que el bebé nazca con algún problema, sino que nazca como él, ¿no es cierto?

Tenso e inquieto, Carlos sólo pudo tragar un par de veces en seco.

_ ¿Cuándo lo supiste? _ preguntó Saúl llenando el silencio. _ Sé que las fotos que te dí de tu padre fueron la última pieza que te quedaba del rompecabezas, pero has debido tener tus sospechas durante mucho, mucho tiempo.

La mirada de María viajaba entre los dos hombres, desconcertada. ¿De qué estaba hablando el viejo? ¿De qué se había dado cuenta Carlos?

_ Aquel día en el bosque pensé que no había llegado a tiempo, _ dijo Saúl, su mirada tan penetrante que sobrecogió a María. _ Por supuesto sabía que tu cuerpo podría sintetizar el antídoto con mayor eficacia que cualquier otra persona. Aunque normalmente el P14 deja secuelas, sobre todo si llega a afectar al organismo hasta ese punto. Pero tú te encuentras en perfecto estado de salud, ¿verdad?

María estaba perdida. ¿Qué día en el bosque? No tenía idea de qué iba la conversación, ni por qué el cuerpo de Carlos estaba cada vez más rígido. El viejo siguió hablando con gran calma, como quien comenta el tiempo.

_ Una herida de bala en el brazo tarda meses en curarse por completo. Y eso con ayuda de terapias intensivas y rehabilitación. ¿A ti te ha quedado siquiera una cicatriz como recuerdo? ¿Cuántas costillas te has fracturado estos últimos meses? _ La mirada del viejo se suavizó, al igual que su voz. _ Carlos, tu padre no fue un proyecto fracasado. Los experimentos fueron un éxito, pero los resultados sólo se manifestaron una vez que te tuvo a ti.

_ Mi hijo no puede caer en manos de esos cabrones, _ dijo Carlos de repente, lívido, desesperado. _ Haría lo que fuese por evitarlo. Lo que fuese. No pienso dejar que le utilicen de cobaya.

_ Y no dudarían un segundo en hacerlo, créeme, _ asintió Saúl.

_ ¿Qué quieres a cambio?

_ Quiero que sigas trabajando para mí. Ahora ya te vas dando cuenta de lo que significa hacer justicia. Me parece que tu idea de justicia hoy en día, es mucho mas parecida a la mía.

Carlos miró a María, su cara primero y luego su vientre. _ ¿Podrás protegerlos?

_ Llevo protegiéndote a ti durante años, ¿no? _ Saúl agachó la cabeza, por un instante ese escudo de frialdad le abandonó, regresando casi de inmediato. _ Ahora ya sólo quedáis tú y Aurora. Por desgracia Nora no tuvo tanta suerte. Fue. . . Su verdadero nombre era Elisa.

_ Era tu hija, ¿verdad?

Carlos bajó la mirada, pero no dijo nada más. En realidad no podría haber dicho gran cosa sin que sonase vacio o insignificante. María ignoraba que le hubiese pasado algo a la profesora de historia. Lo único que sabía era que un buen día desapareció, para el gran disgusto de Elsa, quien todavía se lo seguía reprochando hasta el día de hoy.

_ ¿Cuál será mi misión? _ preguntó Carlos tras un largo silencio.

_ Regresarás al internado. Aun queda mucho trabajo por hacer en ese lugar. Por el momento, tu tapadera sigue intacta. No me falles.

Amistades peligrosas (Capítulo XX)



El día transcurrió sin ningún percance. Carlos y María se incorporaron al trabajo empujando a un lado tanto ansiedad como miedo. Nadie hizo muchas preguntas sobre su ausencia. La relación entre Iván y María, que había sido algo tensa antes de su partida, no sólo comenzaba a enmendarse, sino que Iván, marcado por la muerte de su padre adoptivo, parecía haber echado de menos a María estos días. También le había afectado la muerte de Toni. Le estaba siendo difícil asimilar ambas pérdidas, y por muy extraña que fuese su relación con la limpiadora, no pudo rechazarla como su madre.

Dadas las circunstancias Héctor había convencido a Elsa para que el muchacho permaneciese en el internado durante las vacaciones de verano. María aprovechó la oportunidad para acercarse a él, tratándole con frecuencia como un domador de fieras trata a una bestia arisca.

Un sábado por la mañana, tras una explosiva conversación en el patio, Iván logró por fin descargar toda su amargura sobre María en una retahíla de insultos y groserías al principio, y culminando en una cascada de sollozos en su regazo al final. Curiosamente, María consideró ese momento uno de los mas felices de su vida. Nunca pensó que Iván pudiese sincerarse con ella de tal manera. Y ella por su parte se moría de ganas de contárselo todo, absolutamente todo—sobre Carlos, el embarazo, cómo murió su padre en realidad. . . Especialmente porque Iván seguía desconfiando de Carlos, y eso era algo que no dejaba de expresar cada vez que tenía la oportunidad. Frente a Carlos o a sus espaldas, el odio de Iván iba creciendo día a día. Por mucho que María intentase suavizar las cosas, hablar del tema siempre terminaba por amargarles.

María estaba desnuda en la cama junto a Carlos, saciada de besos y caricias. Su cabeza reposaba sobre el pecho de él, mientras sus dedos revoloteaban por el pelo que cubría su piel.

_ ¿Qué te pasa?

_ Ojalá Iván pudiese verte de la misma forma que lo hago yo, _ suspiró ella.

_ ¡Uy, no sé yo! Creo que me daría mucho corte meterme en la cama desnudo con él. Podrían acusarme de corrupción de menores.

María soltó una carcajada y Carlos la besó la boca, de forma larga y profunda.

_ No te preocupes, _ susurró con esa voz de dormitorio que tanto la excitaba. _ Algún día terminaré camelándomelo.

_ Eso espero, _ respondió María con otro largo suspiro. _ ¿Oye, no tendrías chocolate por aquí, verdad?

_ No. Pero ahora mismo voy a la cocina y te lo traigo, princesa.

A María se le iluminaron los ojos. _ ¿En serio? ¿No te importa?

Carlos sonrió, se puso los vaqueros y salió por la puerta con un guiño.

Una vez a solas María volvió a darle vueltas a la situación entre Iván y Carlos. Estaba dispuesta a encontrar la manera de acercarles aunque fuese lo último que hiciese. El problema era Iván. Ni siquiera sabía cómo le iba a contar la noticia del embarazo.

Cuando oyó el picaporte de la puerta sus labios se curvaron hacia arriba.

_ Pues si que te has dado prisa, no te has—

Pero al darse la vuelta se encontró cara a cara con el cañón de un revólver.

Amistades peligrosas (Capítulo XIX)



El internado estaba igual que como lo habían dejado hacía apenas un par de semanas. Los alumnos estaban de vacaciones, pero aun quedaban profesores y empleados de servicio pululando por el edificio. El aire de la sierra era fresco, arrastraba el bochorno del verano con su invisible mano, acariciaba las copas de los árboles que susurraban docenas de secretos impronunciables.

Llegaron de noche, desapercibidos. Entraron por la cocina, recorriendo los pasillos cual fantasmas hasta llegar a la habitación de Fermín donde se desplomaron sobre la cama vestidos y absolutamente agotados del viaje. Fue la voz de Jacinta la que les despertó de un sobresalto a la mañana siguiente.

_ Pero, ¿vosotros dónde os habíais metido? _ dijo con esa rigidez que la caracterizaba, y su fiel tablilla bajo el brazo. _ Pensábamos que os habíais fugado juntos. Tengo el currículum de varios cocineros en mi escritorio. El curso empieza a principios del mes que viene, y—

_ Joder, Jacinta. Todavía no son ni las siete, _ interrumpió Carlos con voz ronca, todavía grogui del sueño.

María por su parte se alegraba de ver a la gobernanta. Si no hubiese sido por el humor nefasto en el cual se había presentado en el cuarto, hubiese ido a darle un abrazo.

_ ¿Y esa sonrisa a qué viene? _ preguntó Jacinta.

_ Nada, _ respondió María encogiéndose de hombros. _ Es que me alegro un montón de verte.

Jacinta levantó una ceja, mirando a María como si no estuviese del todo cuerda. Su humor, sin embargo, parecía haberse calmado considerablemente. Le otorgó una siesa sonrisa y movió la cabeza de lado a lado con fingida impaciencia.

_ Desde luego, no sé qué voy a hacer con vosotros. ¡Tenéis suerte que no os ponga a los dos de patitas en la calle!

Amistades peligrosas (Capítulo XVIII)



La casa estaba patas arriba. Estaba claro que había habido un serio forcejeo entre Dempsey y esos hombres. Y quien dice forcejeo dice lucha con puños, garras y dientes. El suelo y las paredes estaban salpicados de sangre. María observaba como Carlos analizaba el lugar, reconstruyendo en su mente paso por paso lo que había sucedido hacía apenas unas horas.

Era obvio que el lugar ahora estaba desierto. Se podía haber escuchado el sonido de un alfiler al caer al suelo. Carlos estaba en alerta, sujetaba la pistola firmemente con sus manos frente a él. Se desplazaba con extrema cautela, obligando a María a permanecer a su lado, como si fuese su sombra. Y por muy cabreada que ella estuviese, tampoco se atrevía a desobedecerle. Bastante la había liado ya. Además, tenía demasiado miedo como para quedarse sola. Así que se resignó a seguir sus pasos en silencio. Su única arma era la indiferencia. Bueno, la indiferencia y ese ceño fruncido hermano de esa mirada fulminante.

Carlos por su parte había abandonado cualquier esfuerzo por disculparse. Mientras María siguiese sus instrucciones al pie de la letra, cualquier otro tema de conversación, al parecer, podía esperar. Incluso las constantes miradas de desdén que le enviaba María parecían resbalarle. A ninguno de los dos se les había escapado el hecho de que algo se había roto entre ellos, y esta vez una simple disculpa no iba a ser suficiente para enmendar el daño.

Rastrearon el primer piso de la casa. El destrozo del salón no dejaba duda de dónde había ocurrido la escena más violenta. María intentaba a toda costa que la nausea no se apoderase de ella. Era difícil dadas las imágenes que cada cuarto evocaba. Carlos la enviaba miradas furtivas con trazos de preocupación, pero María prefería hacerse la fuerte y no tener que apoyarse en él para nada.

Llegaron a una puerta entreabierta entre el comedor y la cocina. Carlos la abrió sigilosamente, extendiendo su brazo para que María se quedase quieta contra la pared.

_ Espérame aquí. No te muevas, _ ordenó secamente.

María se apoyó contra la pared cruzada de brazos. Pues vale.

Había unas escaleras que bajaban a un sótano oscuro. Carlos encendió la luz, descendió despacio con la espalda contra la pared, la pistola entre sus manos apuntando al suelo. El vacío que dejó cuando se separó de ella enfureció a María incluso más. Se negaba a depender de él de tal forma, de necesitarle a pesar de lo cabrón que había sido con ella antes.

El silencio que reinaba era pesado, sofocador. Los ojos de María se disparaban hacia la entrada de la cocina, el pasillo, las ventanas. Podrían regresar en cualquier momento, y entonces ¿Qué? Les matarían a los dos.

A los tres, pensó María llevándose la mano al vientre.

El temor que había sentido por su vida incrementó de forma infinita cuando pensó en el bebé. No era justo, joder. No lo era.

Cuando Carlos tardó en subir, decidió bajar a ver qué estaba pasando. Al oír sus pasos, él se plantó al pie de la escalera y la detuvo con un gesto de su mano y una mirada severa.

_ ¡Quédate arriba! _ dijo bruscamente. _ No vengas aquí.

María supo inmediatamente que se trataba de Dempsey. Aunque se había temido lo peor, el chasquido que sintió su corazón la dejó clavada en el sitio.

_ ¡Te he dicho que esperes arriba, joder! _ gruñó Carlos tan pálido o más que ella.

María obedeció sin rechistar. Ahora no era el momento de hacerse la rebelde, y obviamente él no estaba para coñas. No se dio cuenta de las lágrimas que caían por sus mejillas hasta que llegó arriba. Se desplomó con un sollozo junto a la puerta, cansada de huir, harta de ese juego macabro.

Carlos apareció por la puerta unos minutos después con un brusco “vámonos de aquí”, y ella se secó la cara con el reverso de su mano apresurándose tras él.

_ ¿A dónde vamos? _ preguntó con tono desapacible. Como era de suponer, no recibió respuesta alguna. Habían salido de la casa y se dirigían a paso acelerado hacia la zona de vehículos. María seguía a Carlos casi corriendo. _ Oye, te he hecho una pregunta.

Parado junto a una de las motos, Carlos sacó dos cascos de debajo del asiento introduciendo la mochila en su lugar. Fue entonces cuando María se dio cuenta de lo irritados que estaban sus ojos. O no había dormido nada en toda la noche, o estaba haciendo todo lo posible por no llorar. María apostaba por lo segundo. Esa burbuja de odio que llevaba protegiendo toda la mañana explotó. Todavía seguía enfadada con él, furiosa por lo ocurrido en el cobertizo, pero no podía soportar verle sufrir así.

_ ¿Vamos a ir en moto? _ preguntó con suavidad, indicándole con su voz que las cosas se habían calmado un poco.

_ Es la forma más discreta, _ respondió él en voz baja ofreciéndola uno de los cascos. Las llaves, por fortuna, estaban en el contacto. _ Cualquiera de estos coches llamaría demasiado la atención.

Su voz había recuperado esa sequedad de hacía unos días. Así que esa barrera se había vuelto a enderezar, pensó María. Y por mucho que le hubiese gustado utilizar la conversación de esta mañana para traerla abajo, no tuvo ni las ganas ni la energía para discutir con él en ese preciso momento. Cogió el casco con un suspiro y se montó en la Kawasaki Ninja a sus espaldas.

Viajaron por una carretera poco frecuentada que serpenteaba a través de la campiña inglesa. Se notaba a la legua que no era la primera vez que Carlos conducía ese tipo de moto. La manejaba con demasiada naturalidad, como si la máquina fuese una extensión de su propio cuerpo. María se aferraba a él, el casco apoyado sobre su espalda. Sentía como sus músculos se tensaban y destensaban con cada curva de la carretera. Se le hacía difícil ignorar la forma en que su propio cuerpo respondía a los movimientos de él, regido por unas reglas totalmente opuestas a las de su cerebro.

Hacía una mañana preciosa, aunque ya se podían discernir unas nubes oscuras en el horizonte, y con ellas, la promesa de otra tormenta de verano. El sol y el viento se peleaban por acariciar su piel. Parecía mentira que el horror que acababan de presenciar pudiese haber ocurrido en un día como ése. Todo parecía en orden mientras viajaban por ese camino angosto, y sin embargo…

El rugido de la moto era como un narcótico. María luchaba por no quedarse dormida contra la espalda de Carlos. No había dormido casi nada y sus párpados pesaban como el plomo. Agotada, cerró los ojos durante un par de segundos. Los volvió a abrir alarmada cuando sintió el brazo de Carlos aferrándose a su muslo, frenando su caída mientras disminuía la velocidad.

Joder, había estado a punto de caerse de la moto. Casi había conseguido que Carlos perdiese el equilibrio intentando sujetarla. Podrían haberse matado. La moto se detuvo en la cuneta.

_ ¿Estás bien? _ preguntó él girando la cabeza para que ella pudiese oírle a través del casco.

_ Sí, s—sí, _ contestó ella intentando no temblar del susto.

Él no parecía creerla del todo. Enderezó la espalda y apagó el motor, equilibrando la moto entre sus piernas.

_ ¡Te he dicho que estoy bien! _ insistió María molesta.

_ ¡Ya te he oído, joder!

De pronto, se le ocurrió a María que quizás no había parado por ella. A lo mejor era él quien necesitaba un descanso. Después de unos segundos paralizado sin decir nada, a María le picó la curiosidad.

_ ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?

Carlos permanecía inmóvil, su cara cubierta por el visor del casco. Quizás no hubiese oído la pregunta, María estuvo a punto de repetirla cuando vio como él negaba lentamente con la cabeza. Ella se dio cuenta de pronto de lo acelerada que era su respiración, podía sentir el fuerte latido de su corazón a través de la mano que reposaba en su costado. Fue entonces cuando María se preocupó en serio. Algo le pasaba.

Hizo intento de desmontarse de la moto, pero él la detuvo sujetándola del brazo e impidiendo que se moviese de donde estaba. Dejando escapar un profundo suspiro, Carlos arrancó la moto de nuevo apoyando el peso de su cuerpo sobre su pierna derecha con un energético movimiento.

No tardaron mucho en llegar a su destino. Un mediocre motel de carretera como los tantos otros que habían frecuentado desde que salieron del internado. Para el mediodía esas nubes oscuras se habían precipitado sobre ellos. María no estaba segura si habían terminado en ese lugar de forma calculada, si era por la lluvia o por la innegable necesidad de descansar un poco en el primer sitio decente. A lo mejor era un poco de todo.

No habían cruzado palabra desde que pararon en la cuneta. Una vez en la habitación María puso la televisión para poder evitarle más fácilmente. Puede que no se enterase de nada, pero por lo menos el silencio no sería tan agobiante con el ruido de fondo. Él la arrebató el mando bruscamente de las manos y apagó la tele, arrojando el aparato sobre la cama, lejos de los dos.

_ María, mírame, _ demandó con voz suave pero firme.

María se cruzo de brazos, girando su cabeza hacia el otro lado tercamente. Carlos se arrodilló frente a ella, cogió su barbilla entre el índice y el pulgar y con un gentil movimiento la obligó a mirarle a los ojos.

_ Odio hacerte daño, ¿me oyes? _ susurró, deslizando su mano abierta hacia su mejilla, acariciándola con el pulgar como lo había hecho tantas veces antes. _ Mi reacción esta mañana. . . Sé que a veces puedo ser algo. . .

_ Gilipollas, _ dijo ella medio en broma, sus defensas tiritando. ¿Cómo conseguía desarmarla de esa forma una y otra vez?

Él la otorgó una sonrisa amarga. _ Iba a decir “brusco”, pero vale, puedo ser algo gilipollas también.

_ No pienso abortar, _ dijo ella con firme convicción. _ Ni darlo en adopción, ni venderlo al mejor postor, ni separarme—

_ ¿Abortar? ¿Adopción? _ interrumpió él frunciendo el ceño. _ Pero, ¿de qué estas hablando?

María dejó escapar un profundo suspiro. _ Sé que no quieres saber nada de este bebé. Lo dejaste bien claro esta mañana. No hace falta que disimules ahora.

Esos ojos tan expresivos la miraban con tal cariño que terminaron de desbaratar su tozudez por completo.

_ Tengo que enseñarte algo.

Se incorporó con dificultad, y María le vio sacar un gran sobre amarillo de la mochila. Cuando se sentó junto a ella en la cama, titubeó un momento antes de extraer un expediente con documentos y fotos. Ella reconoció el símbolo impreso en el archivo de inmediato.

_ El Proyecto Géminis, _ murmuró, su tono confuso. ¿A qué venía esto ahora? _ ¿De dónde lo has sacado?

Carlos ignoró la pregunta. En realidad eso no era importante. Y era obvio que tenía cosas mucho más gordas en su mente. La entregó unas cuantas fotografías. Eran espeluznantes. Horribles imágenes de fetos y embriones dentro de frascos de cristal. La mayoría con defectos bastante evidentes. Todos los frascos tenían una etiqueta con el mismo número: 23237.

_ ¿Qué es esto? _ preguntó María con un hilo de voz.

_ Son experimentos genéticos fracasados, _ contestó Carlos despacio. _ Esas fotografías muestran una serie de intentos fallidos de clonación. Ese número que ves. . . Ese fue el número que le asignaron a mi padre.

María levantó la cabeza para mirarle. Todavía no sabía a dónde quería llegar con esto.

_ Mis padres intentaron engendrar durante años, _ susurró Carlos, su mirada bailaba nerviosa sobre la alfombra. _ Después de una serie de abortos dejaron de intentarlo.

_ ¿Por qué me estas contando esto ahora? _ preguntó María sintiendo un nudo en el estómago.

_ Los experimentos a los cuales mi padre fue sometido de niño dejaron secuelas. Todos esos abortos fueron de fetos con severas deformidades genéticas. Mi madre nunca llegó a dar a luz un bebé con vida. Yo. . . Yo fui, digamos, una especie de milagro.

_ ¿Qué estas intentando decir?

Carlos agachó la cabeza. Parecía incapaz de mirarla a los ojos. _ Puede que yo comparta ciertos rasgos genéticos con mi padre. Puede ser que este bebé, _ paró, suspiró. _ Nuestro bebé, puede que no sobreviva el embarazo.

María tragó un par de veces. Este embarazo ya le había ocasionado sorpresa, ilusión, ternura, miedo, y ahora, después de esta noticia, tenía que enfrentarse a otra ola de sentimientos abrumadores e indescriptibles. Estudiando las fotografías de nuevo, se negó a pensar que el bebé que estaba creciendo dentro de ella pudiese terminar así.

_ Lo siento, _ susurró Carlos buscando su mirada. _ Lo único que he querido siempre es hacerte feliz. Cuando averigüé que mi padre había sido parte de este proyecto. . . Cuando me di cuenta de las consecuencias. . . ¡Joder! Intenté no acercarme a ti. Traté de que me odiaras, de que te alejaras lo más posible. Temía. . . Temía no poder. . .

Carlos no pudo acabar esa frase. Su mirada estaba clavada en un punto del edredón, tan lejos y a la vez tan cerca de ella. Y, como si el remolino de incertidumbre que le rodeaba hubiese parado en seco, María vio como todas las piezas del rompecabezas caían en su sitio de golpe.

María, me voy del internado. . .

Tú eres una chica normal. . .

¡A lo mejor no quiero que sepas nada de mí!

Tú te mereces algo mejor que yo. . .

Si sólo supieras. . .

La llaga de ese mundo hecho añicos era profunda. Con el alma entumecida, María dejó caer una mano sobre su pecho, sintiendo el latido de su propio corazón acelerado.

_ Te he jodido la vida, María, _ dijo Carlos luchando contra un torbellino de emociones.

_ No digas eso, _ se apresuró a decir ella. Le ofreció una aguada sonrisa. _ Yo nunca he sido tan feliz. ¿Acaso no se daba cuenta de que nunca podría alejarse de él? _ Carlos. . . te quiero.

Carlos soltó una amarga carcajada. Sorprendida por su reacción, María le miró inquisitivamente.

_ Has tardado siete meses en soltar ese “te quiero” en voz alta. Y hoy ya me lo has dicho dos veces.

María puso sus manos sobre cada mejilla, áspera ya por no haberse afeitado. Le besó los labios con una ternura infinita. Hubiese dado cualquier cosa por vaciar esos ojos verdes de la tristeza que veía en ellos. Se tuvo que conformar con abrazarle, consolarle.

_ Un día de estos vamos a comprar un piso con una terraza enorme al borde de mar, y vamos a llevar a Carlos junior a la playa todos los días, _ dijo ella acunando su cabeza mientras sus dedos jugueteaban con ese pelo castaño tan revoltoso. _ Ya os puedo ver jugando, haciendo el bruto. . .

Carlos ronroneó algo ininteligible, dejando que ella hiciese de él lo que quisiese. _ ¿Y si es niña?

_ ¡Uf! No quiero ni pensar las broncas que vas a tener con los chavales del barrio cuando sea adolescente.

_ Si sale a ti, desde luego, _ dijo él con una sonrisa risueña. Se quedó serio durante un buen rato. María seguía acariciándole el pelo, pensó que quizás se había quedado dormido. Pero cuando volvió a hablar lo hizo con un tono mucho más grave. _ Nunca llegarás a saber lo mucho que te quiero ¿sabes?

_ Puedes demostrármelo durante un rato, si quieres, _ dijo ella con una pícara sonrisa, y arrancando otra carcajada de él.

_ Creo que lo que voy a hacer es dejarte dormir un rato. Necesitas descansar. Tienes mala cara, _ dijo Carlos dándole un breve beso en los labios. Cuando intentó levantarse de la cama, ella le sujetó el brazo.

_ Acuéstate a mi lado.

Él la miró con cara escéptica, como diciendo “si me acuesto a tu lado lo último que vamos a hacer es dormir”. Aun así María se negaba a soltar su brazo, con ojos suplicantes, añadió: _ No quiero tener otra pesadilla.

No tuvo que decir más. Carlos dejó que se metiese bajo las sábanas y se acostó a su lado, colocando una mano protectora sobre su vientre. Los ojos de María se cerraron casi de inmediato. Estaba a salvo. Él nunca dejaría que les pasase nada ni a ella, ni al bebé. Envuelta en una tranquilidad que no había sentido en mucho tiempo, se dejó llevar por el cansancio.

_ ¿Nos vamos a quedar aquí mucho tiempo? _ preguntó ya casi dormida.

_ No. Nos vamos mañana temprano.

_ ¿Dónde?

Estaba claro que no estaban a salvo en ningún sitio. Les iban pisando los talones y hasta el momento había sido imposible eludirles. Furiosos truenos ya resonaban a lo lejos. Carlos suspiró.

_ Regresamos a España. Al internado.

Amistades peligrosas (Capítulo XVII)



La puerta del cobertizo se abrió de un golpe y María se despertó con el corazón a mil por hora. No se había movido del sitio en toda la noche. Aterrorizada, permanecía petrificada en esa oscura esquina. Los jóvenes rayos de sol que se atrevían a penetrar por la diminuta ventana luchaban contra las motas de polvo, revoltosas en el aire. Pasos acelerados atravesaban el cobertizo, paraban sólo con el ruido de los trastos al caer al suelo, y después continuaban su desesperada búsqueda.

Muerta de miedo, María arrimó las rodillas a su cuerpo y escondió su cara entre ellas. Sabía que era un gesto tonto, ridículo. Como un avestruz ocultando su cabeza en la arena cuando el peligro acecha. Podía sentir la adrenalina recorriendo sus venas, mensajera del terror que poseía su cuerpo, poniendo todos sus sentidos en alerta. Cada paso la hacía temblar todavía más. Cuando sus dientes comenzaron a castañear tuvo que apretar la mandíbula y los puños para intentar detenerlos. Oyó el ruido de una caja caer al suelo a su lado, demasiado cerca. No tardarían en descubrirla, y esta vez no tendría tanta suerte como anoche.

Los pasos se detuvieron frente a ella, y aun así, no tuvo las agallas para poder abrir los ojos. Estaban sellados por el pánico.

_ ¡No me haga daño, por favor!

Era un sollozo ahogado, una súplica desesperada. Unas firmes manos la agarraron por los hombros y la levantaron del suelo con fuerza. La espalda de María se topó contra la pared con un brusco golpe en un patético intento de alejarse de la persona. Aun así permanecía con la cabeza agachada y los ojos cerrados, como si eso pudiese protegerla de cualquier daño.

Lo que pasó a continuación le rompió todos los esquemas. Una boca ávida y posesiva aterrizó sobre la suya. María notó como sus rodillas se aflojaban. Fue arropada por una cálida sensación de alivio. ¿Estaría soñando? Si ese era el caso, no quería despertarse jamás. Tardó un par de segundos en corresponder al beso, todavía a ciegas. Su tacto, olfato y gusto ya le habían reconocido.

_ Fermín. . .

Cuando abrió los ojos se encontró con los de él, intensos y preocupados. Tan húmedos como los suyos.

_ ¿Estas bien? ¿Te han hecho daño? _ preguntó, mirándola de arriba abajo. _ ¡Joder, pensaba. . .!

Tragó con dificultad. Estaba temblando, fuera de si. María le puso la mano en la mejilla, trató de tranquilizarle como mejor pudo.

_ Estoy bien, estoy bien. No me han hecho nada. . .

Mientras hablaba le besaba suavemente la mejilla, el cuello, la sien. Necesitaba tocarle, besarle, asegurarse de que realmente estuviese ahí. Pero Carlos no parecía conformarse con besos de mariposa. Su mirada era profunda, salvaje. Quería más. Mucho más.

Reclamó su boca de nuevo con tal fuerza que dejó a María sin aliento. Era una necesidad cruda, al borde de la desesperación, y eso era algo nuevo para ella. Con todo su fervor y toda su energía, Carlos siempre había tenido una templanza interior, una mente fría y calculadora en todo momento. Esa parte de su personalidad parecía haberse esfumado. Había sido reemplazada por otra desconocida y descontrolada.

Sin saber cómo, María se encontró sentada sobre una de las enormes cajas que les rodeaban. La camiseta que le servía de camisón, una de sus preferidas cuando la llevaba él puesta, se deslizó por su cuerpo con la facilidad de docenas de veces de práctica. Un tirón la despojó de la poca ropa que le quedaba. Esa mano estilizada de pintor se posó sobre su mejilla, sonrojada por una súbita ola de pudor. Casi sin pensarlo, ella atrapó su pulgar con los labios, succionando con gran fuerza e imitando la forma que otras veces le había hecho perder la cabeza.

La acción tuvo su deseada reacción. Carlos dejó escapar un suspiro ahogado y áspero, y ese cálido remolino que se abría camino en el vientre de María tomó fuerza, la tempestad ya imparable. Esa dulce tortura trajo consigo docenas de recuerdos de noches perdidas en el internado.

Era tan fácil perderse en sus brazos, dejarse llevar por sus caricias…

_ ¡Fermín!

Carlos paró sus movimientos en seco y levantó la cabeza para mirarla a través de espesas pestañas. Un furioso puño golpeó una de las cajas laterales, sobrecogiendo a María por un aterrador instante.

_ ¡Llámame por mi nombre, coño!_ rugió Carlos entre dientes.

Ella se mordió el labio inferior, todavía estremecida ante su brusquedad. Los ojos de Carlos se suavizaron casi al instante. Escondió la cabeza de nuevo en la cuna de su hombro, depositando ahí un tierno beso.

_ Necesito oírlo, _ dijo esta vez con un nudo en la garganta. _ Por favor, María. . .Llámame por mi nombre. . .Por favor. . .

María no se hizo de rogar. Se sujetó a sus hombros y susurró su nombre al oído una vez, apenas audible. La segunda vez su voz se aferró a la palabra como a un salvavidas en medio de la tempestad. Luego fue imparable. Terminó deslizándose por su lengua con increíble facilidad.

El ciclón no tardó en desatarse entre ellos nuevamente. Su compenetración era absoluta. Esa poderosa tempestad fue remplazada por una imperiosa calma. Se mantuvieron en silencio durante un buen rato, tranquilizando su respiración, intentando recuperar la cordura. El sudor se deslizaba por el cuerpo de María, acariciaba su clavícula, surcaba por su espalda. Carlos también estaba empapado, el flequillo mojado se adhería a su frente y caía sobre sus ojos. El olor a polvo y gasolina envolvía el aire.

Sus primeros movimientos fueron letárgicos. María se sentía mareada por el calor. Carlos empezó a recorrer sus labios por ese hombro salado, sellando cada trazo con pequeños besos.

_ ¿Carlos? _ dijo María acariciando su mejilla en ese pelo color ceniza.

_ Mmmppff, _ respondió él contra su piel.

_ Te quiero, _ susurró ella cerca de su oído. _ Un montón. Aunque no te lo diga todos los días.

María sintió la sonrisa de él contra su hombro. Aquella vez que Carlos le dijo esas mismas palabras se había pasado el resto del día flotando en una nube de júbilo, impaciente por verle de nuevo, deseando abrazarle y besarle junto a la hoguera. Aquella noche le había echado de menos más que nunca.

Como respuesta recibió un lánguido beso en la boca, la estaba demostrando con sosegada intensidad hasta qué punto su amor era correspondido. María hubiese querido parar el tiempo, haberse fundido a él para siempre. Pero la aplastante realidad se desmoronó sobre ella haciendo añicos la magia que les había rodeado durante esos breves minutos.

_ Dempsey, _ murmuró casi sin aliento. _ ¿Está. . .?

_ No lo sé. La casa está destrozada, pero no le he visto por ninguna parte.

Todo había pasado tan rápido. Anoche María estuvo convencida de que no viviría para ver la mañana. Y ahora Carlos estaba aquí con ella, vistiéndola como si fuese una muñeca, con una ternura que no había visto en él últimamente. Volvían a estar juntos. No era un sueño.

_ Pensé que no te volvería a ver, _ dijo ella en voz baja. _ Anoche pasé tanto miedo.

Sus palabras parecieron golpear a Carlos en la boca del estómago. La rodeó con sus brazos, apretándola fuertemente contra él. María sintió el calor de su protección, y las palabras salieron de su boca sin que ella pudiese evitarlo.

_ Estoy embarazada, _ susurró, su voz completamente desconectada de su mente.

Notó como el cuerpo de Carlos se tensaba antes de dar un paso hacia atrás para mirarla a la cara. Estaba lívido. La observaba con unos ojos enormes, incapaces de ocultar su sorpresa. María no sabía muy bien cómo reaccionaría ante la noticia, pero nunca podría haber anticipado lo que dijo a continuación.

_ ¿Estas segura de que es mío?

El mundo de María se vino abajo arrastrando toda su ilusión, todos sus sueños. Atónita, le cruzó la cara con una sonora bofetada.

_ ¡Vete a la mierda!

Sus pies descalzos se tropezaron con los trastos que había esparcidos por el suelo. Carlos trató de detenerla sujetándola por el brazo.

_ María. . .

_ ¡No me toques!

Ocultando sus ojos encharcados para que él no pudiese verlos, María atravesó ese campo de obstáculos con gran dificultad hasta encontrar la salida. Sus hormonas, ya revolucionadas por el embarazo, la hicieron vaciar lo poco que tenía en el estómago a la puerta del cobertizo.

Carlos se quedó clavado en el sitio, apoyado sobre la caja donde el calor de sus cuerpos se había quedado impreso. Lo que María no pudo ver fue como su corazón se rompía en mil pedazos.

Amistades peligrosas (Capítulo XVI)



María se despertó con un sobresalto. Esta vez no fue una pesadilla. Fue hambre. Esa pequeña criatura que llevaba dentro era insaciable. Además del hambre tenía una sed atroz. Estaba segura que sus síntomas con el embarazo de Iván no habían sido tan virulentos. Claro que tan sólo había sido una cría. Sus hormonas habían estado revolucionadas ya de por sí.

La casa estaba en completo silencio, pero a María le extrañó ver la luz del porche encendida a las cuatro de la madrugada. Se acercó un poco más a la puerta corredera y se dio cuenta de que estaba abierta. Un horrible presentimiento se apoderó de ella. Estuvo a punto de llamar a Dempsey cuando le vio asomarse por la pared, indicándola con el dedo que se mantuviese callada. Se ocultó en un recoveco de la pared debajo de la escalera esperando su señal. Dempsey apareció de nuevo, ambas manos sujetando un arma, y le indicó con la cabeza que se dirigiese hacia la puerta lateral del salón con acceso al jardín japonés. Como habían comentado en varias ocasiones, en caso de emergencia, el cobertizo del garaje sería su punto de encuentro.

María tuvo que obligar a sus temblorosas piernas a dar los primeros pasos. Se movía por instinto. Salió por la puerta de vidrio al jardín y empezó a correr. No miró hacia atrás. Fue directamente al cobertizo. Encontró cobijo en una esquina oscura entre la pared y el generador. Sabía que si intentaba salir de la propiedad nunca lograría hacerlo con vida. El sonido de dos disparos rompió el silencio de la noche. Pensó en Dempsey, vio el destello de un tercer disparo por la diminuta ventana incluso antes de oír el estruendo. María se hizo un ovillo contra la esquina, cerrando los ojos y rezándole a un dios que había olvidado durante años para que no encontrasen su paradero. Notó por primera vez el movimiento del bebé. Aunque era demasiado pronto y pudo haber sido su propio vientre atacado de los nervios. Aun así, ella se lo imaginó asustado, frenético. Colocó la palma de su mano sobre su vientre, intentando tranquilizarlo, consiguiendo que sus propios nervios se alterasen aun más.

No deberían haber salido al pueblo. Les habían seguido. ¡Les habían seguido! Era culpa suya por insistir, por no haber seguido las instrucciones de Carlos. Una vez más le había fallado.

Fuera del cobertizo se oían pasos, ahogados murmullos indistinguibles. Demasiado cerca. La estaban buscando. La puerta se abrió de golpe. María comenzó a temblar violentamente. Desde su posición detrás del generador, pudo ver varias sombras. Los pasos se oían cada vez mas cerca.

_ Mira dentro de los coches, _ dijo una voz masculina.

Otra voz respondió en un idioma desconocido. O puede que María no le hubiese oído bien.

Uno de los individuos se acercó a la ventana bajo la cual estaba acurrucada. El hombre se encontraba prácticamente encima de ella. En cualquier momento le pondría las manos encima y la arrastraría hasta la calle. Tuvo que ser una intervención divina la que hizo que el hombre diese media vuelta y saliese por donde había entrado. María se quedó congelada como una estatua. No se atrevió a moverse incluso cuando los pasos se alejaron, o cuando la casa quedó envuelta en un silencio absoluto. No se movió siquiera cuando los grillos resumieron su canto nocturno.

Cuando los primeros rayos de sol se asomaron por la ventana, la encontraron dormida contra la pared, exhausta por el miedo, incapaz de derramar más lágrimas.

Amistades peligrosas (Capítulo XV)



Habían pasado ya dos días desde la partida de Carlos y María existía en una burbuja surrealista. Las horas se disolvían en una cascada de segundos interminables, derritiéndose como un cuadro de Dalí. Ella intentaba ocupar su mente con asuntos ajenos a Carlos, al peligro que acechaba y a la posibilidad de que nunca llegase a conocer a su hijo. Evitaba a toda costa bucear en esos pensamientos profundos y oscuros.

Su mano tendía a viajar por voluntad propia a su vientre. Era un gesto reflexivo, protector. El vacío que había dejado Carlos con su partida se había llenado de alguna forma con ese destello de vida tan inesperado. Era el vínculo que le daba fuerzas para no derrumbarse. Por muy abstracto que fuese era lo único que les unía en la incertidumbre y la distancia.

La última pesadilla había arrastrado a María de la cama al despertar el alba. Se levantó y se vistió mecánicamente, cogiendo las primeras prendas del cajón sin pensar. Era una mañana fresca para la época del año. La propiedad cubría un terreno enorme. Gran parte de la finca estaba cubierta de bosque, pero ubicada en la parte posterior de la casa había un jardín japonés impecablemente cuidado. Debían estar en un lugar bastante remoto porque no se oía a un alma. María había observado a Dempsey arrodillado bajo una pagoda. Tenía los ojos cerrados y parecía estar rezando. La luz de la aurora se reflejaba en un sereno estanque frente a él. Aún intrigada, no había querido molestarle. Se había acercado sigilosamente, y se iba a retirar de la misma manera cuando la voz de Dempsey la detuvo.

_ Hoy te has despertado temprano.

María no estaba muy segura de cómo había advertido su presencia. Habló sin siquiera abrir los ojos, sin mover un solo músculo.

_ A decir verdad no es que haya dormido mucho, _ respondió María clavada en el sitio. _ Siento haberte molestado.

Los labios de Dempsey se curvaron hacia arriba. _ Tu compañía nunca podría llegar a ser una molestia.

Y con un ágil movimiento se puso de pie y se dirigió hacia ella. _ He hecho café, ¿quieres una taza?

María siguió a Dempsey hasta la cocina. Su estómago llevaba toda la mañana bastante tranquilo, y aunque estaba dispuesta a cuidar su dieta, necesitaba esa taza de café para no dormirse por las esquinas. Por otro lado, eso de dormirse por las esquinas no sería una mala idea. Desde luego haría que el tiempo se le pasase un poco más rápido.

La mesa ya estaba puesta. Como de costumbre a Dempsey no se le había escapado ni un solo detalle. María miraba con admiración la bella orquídea que ponía el punto final a la decoración.

_ ¿Por qué Carlos y tú os llamáis por vuestros apellidos? _ preguntó sentándose junto a la ventana. _ ¿Por costumbre?

_ A mi todo el mundo me llama por mi apellido, _ contestó Dempsey sirviendo café en la taza de María y té en su propia taza. _ Espero no haberlo hecho demasiado fuerte. Se me da bastante mejor hacer té que café.

_ Pues te ha salido de miedo, _ respondió María tras saborear el primer sorbo. _ Pero, ¿por qué te llaman por tu apellido?

_ Porque “Leslie” fue una broma cruel que me gastaron mis padres cuando nací, _ dijo Dempsey haciendo una mueca de asco.

_ A mi me gusta.

Dempsey se llevó la mano al pecho como si acabase de recibir un flechazo. _ En ese caso, my lady, me puede llamar como usted desee.

María le dedicó una sonrisa apreciando todos los esfuerzos que estaba haciendo por animarla.

_ Gracias, _ dijo ella con suavidad. _ Gracias por todo lo que estás haciendo por nosotros.

Dempsey guiñó un ojo cariñosamente, arrancando otra tímida sonrisa de María.

_ Tienes una casa preciosa, _ dijo ella agarrando la taza de café para calentarse las manos. El calorcito radiaba por sus dedos y subía por los brazos, calentaba sus manos que tan inexplicablemente permanecían heladas desde que Carlos se fue. _ Deben pagaros muy bien en INTERPOL.

Dempsey soltó una carcajada. _ No pagan tan bien. Tuve la desgracia de nacer en una cuna aristocrática. Ya sabes, dinero viejo atado a un título vacío _. De sus palabras emanaba una evidente amargura. Era como si resintiese pertenecer a la clase alta.

_ Cuéntame algo sobre Carlos, _ pidió María. Porque necesitaba conocerle más a fondo. Porque sabía reconocer una oportunidad cuando la tenía enfrente.

_ ¿Qué es lo que quieres saber exactamente?

_ No sé, _ dijo María considerando brevemente la pregunta. _ ¿Qué tipo de agente era? ¿Ha cambiado mucho desde entonces? ¿Cómo llegasteis a trabajar juntos? ¿Cuándo—?

_ ¡Espera, espera, espera! _ la frenó Dempsey levantando su mano. _ Vamos por partes. ¿Qué tipo de agente era, dices? _ Tras reflexionar sobre la pregunta un par de segundos, preguntó: _ ¿Has oído hablar alguna vez de la estrategia del poli malo/poli bueno?

María asintió con la cabeza con los ojos como platos.

_ Pues adivina quien hacia de “poli malo”.

_ ¿Carlos? _ preguntó María incrédula. Y al ver la sonrisa de Dempsey, tuvo que confirmar. _ Carlos. . . ¿En serio?

_ El cabrón bordaba el papel, _ respondió él con una carcajada. _ En el fondo era un pedazo de pan, pero cuando entrábamos en la sala de interrogatorios hasta yo le tenía miedo.

A María se le hacia difícil imaginar a Fermín, su Fermín, capaz de aterrorizar a nadie. Cierto que a veces podía ser impulsivo. Incluso Iván le había acusado una vez de haberle intimidado de una forma bastante agresiva, pero María no había terminado de creérselo.

_ Con todo y con eso, odiaba tener que ir armado, _ continuó Dempsey perdido en su propia memoria. _ Nunca lo admitió, por supuesto, pero llegó a ser obvio después de algún tiempo.

_ ¿Y ahora para quién trabaja?

Dempsey inclinó la cabeza con un gesto de duda. _ Créeme María. Eso prefiero no preguntárselo. Cuanto menos sepamos de esa organización, mejor. De todas formas, Carlos siempre ha sido una persona muy reservada. No es fácil llegar a conocerle.

_ Tú pareces conocerle muy bien.

_ Fuimos compañeros en la agencia durante varios años. Cientos de horas de vigilancias nocturnas dan para muchos temas de conversación. Llegué a conocerle mejor que muchos, y aun así Carlos nunca dejó de ser un misterio.

Dempsey miró a María con suspicacia. _ Me da que no te ha contado mucho sobre él.

_ Pues no, a decir verdad no me ha contado gran cosa. Lo justo.

_ Ya, _ dijo Dempsey asintiendo lentamente. _ Claro que no me sorprende.

_ ¿Qué quieres decir?

_ A Carlos nunca le han faltado pretendientas, _ comentó Dempsey con un vaivén de su mano. _ Yo personalmente no sé que veis en él las mujeres. El caso es que siempre ha sabido exactamente qué decir y cómo actuar para conquistar a cualquier falda del departamento.

_ Si estás intentando hacerme sentir aún peor—

_ No, María. No lo entiendes, _ susurró el inglés en voz baja, íntima. _ Le conozco desde hace mucho tiempo y nunca pensé. . . Es la primera vez que le veo realmente enamorado de alguien.

María sintió una familiar punzada en el pecho. La misma que había sentido aquella vez que Fermín confesó que la quería más que nada en el mundo. La misma que cuando quemó treinta millones de euros para probar su devoción. La misma que le humedecía los ojos con cada acto inesperado, con cada palabra confesada.

_ Pues razón de más para que confíe en mí, ¿no?

_ Sí, bueno, lo que le pasa a Carlos es que no soporta encontrarse en una posición tan vulnerable. De pronto se ha topado con el panorama de tener que dar más de si mismo de lo que nunca ha estado dispuesto a compartir, y eso le aterra. No te lo tomes a mal.

Sí. Estaba claro que Dempsey le conocía mejor que nadie.

_ ¿Y tú? _ preguntó Dempsey. _ ¿Le quieres?

La pregunta la transportó de pronto a la despensa del internado. Héctor la había hecho esa misma pregunta. Ella contestó una vez más como lo había hecho aquella vez, en esa vida tan lejana. Con un susurro casi inaudible.

_ Sí.

Y no es que no estuviese segura de cuánto le quería. No es que no le quisiera lo suficiente. Era que, como él, estaba aterrorizada. Por lo menos él la había dicho varias veces que la quería. En voz alta. Sin tapaderas. Ella todavía no había tenido las agallas. Y eso que se había enamorado de él cuando todavía ni siquiera conocía la existencia de Carlos.

_ ¿Y Carlos sabe lo del bebé? _ preguntó Dempsey suavemente.

Los ojos de María delataron su asombro. Obviamente el embarazo había sido inesperado, pero había sido una grata sorpresa. De lo que estaba absolutamente segura era que no encajaba para nada en los planes de Carlos. ¿Cómo se lo iba a decir? ¿Y cómo coño lo sabía Dempsey?

_ No me mires así, _ dijo él. _ Soy bastante observador, y tú no has podido ocultarlo demasiado bien.

María titubeó un segundo. _ No tuve la oportunidad de decírselo. Y dadas las circunstancias no sé ni cómo se lo va a tomar.

Dempsey no dijo nada, lo cual inquietó a María aún más. Durante el resto del día la conversación no volvió a centrase en Carlos. Dempsey consiguió distraerla lo suficiente como para aliviar esa angustia que amenazaba con poseerla constantemente. La mostró los jardines con sus estanques y plantas exóticas, la habló de la fauna del lugar, incluso tuvieron la suerte de ver un zorro mientras caminaban por el bosque.

Adyacente a la casa había un espacio cubierto para aparcar varios coches. Al parecer Dempsey coleccionaba clásicos, entre ellos un Bentley y un BMW Z1. María también vio un par de motos en estado impecable. Estaba claro que su anfitrión sentía una indiscutible pasión por esos vehículos. María no entendía nada sobre motores ni carburadores. Dempsey podría haber estado hablando en inglés por lo mucho que se estaba enterando del tema. Pero por lo menos era una distracción. Y cualquier distracción, dadas las circunstancias, era bienvenida.

Una vieja puerta de madera verde daba paso a un cobertizo. Estaba lleno de trastos y olía a gasolina y a polvo. Contra la pared del fondo había un enorme generador que suministraba energía a toda la finca, y una pequeña ventana desde la cual se podía ver la entrada a la casa.

_ Te estoy aburriendo, _ dijo Dempsey de pronto.

Había estado explicándole el funcionamiento del generador, y la había pillado en medio de un amplio bostezo.

_ No, no. Es muy interesante, _ mintió María.

Dempsey la miró con cara escéptica.

_ Es que me gustaría poder salir a la calle, _ dijo ella a la defensiva. _ Llevo ya tres días aquí metida. Estoy que me subo por las paredes.

_ Ojalá pudiese llevarte a algún sitio, pero le prometí a Carlos que no saldrías de aquí hasta que no tuviésemos noticias suyas.

María entendía los riesgos, pero estaba convencida de que un paseo por el pueblo, ver gente, impediría que se volviese loca en este lugar. Dempsey debió ver la cara de decepción que se le puso porque soltó un largo suspiro.

_ Está bien. Un paseo rápido y volvemos enseguida.

Amistades peligrosas (Capítulo XIV)



Una puerta enorme de rejas dio paso a un camino iluminado por pequeños faroles. Era ya de noche, pero al final se podían ver las luces encendidas tras las ventanas de una casa enorme. Carlos le había dicho al taxista que anunciasen su llegada por el portero automático.

La simple mención de su nombre les había dado acceso al lugar sin explicaciones ni preguntas. No tuvieron ni que llamar al timbre. Al llegar a la puerta, un hombre con cara sonriente les estaba esperando. Su postura era relajada, una mano apoyada sobre el filo de la puerta y la otra en el bolsillo de sus dockers. Lo primero que dijo debió ser una broma, porque Carlos soltó una leve carcajada y extendió su mano para saludarle. El hombre tomó su mano y tiró de ella, acercándose a Carlos para darle un abrazo y un par de palmadas en la espalda. Cuando su mirada aterrizó en María, levantó las cejas con una mueca y dijo algo en inglés, aunque ella sólo pudo pillar “pretty lady”.

_ Dempsey, ésta es María, _ dijo Carlos asentando su mano en el arco de la espalda de ella. _ María, te presento a Leslie Dempsey.

_ Encantado de conocerla, my lady, _ dijo con un ligero acento.

Con gran delicadeza acercó sus labios a la mano de María. Carlos le dijo algo en inglés y esa vez le tocó al otro hombre soltar una carcajada.

_ No me atrevería, _ respondió con una amplia sonrisa e invitándoles a entrar con un gesto de su mano.

La casa era todavía más bonita por dentro que lo que se podía apreciar por fuera. El estilo era moderno, con líneas rectas y espacios abiertos. La simplicidad en la decoración denotaba una gran elegancia.

_ ¿Qué te trae por aquí, Almansa? _ preguntó Dempsey, su tono cordial, juguetón.

Carlos y María se sentaron en un amplio sofá de cuero. Era cómodo, agradable, y María estaba tan cansada del viaje que le empezaron a pesar los párpados. Una acogedora chimenea chisporroteaba a su lado. Dempsey se sentó en el sillón opuesto. Sus ojos azules brillaban al reflejarse la luz del fuego.

_ Es algo complicado, _ dijo Carlos. _ Necesito tu ayuda.

_ Vaya, debe tratarse de algo muy serio. El Carlos Almansa que yo conozco no solía aceptar ayuda de nadie.

Carlos se pasó la mano por la mejilla restregándose la barba, claramente incómodo. Dempsey seguramente acababa de dar en el clavo.

_ No te lo pido por mí, _ respondió Carlos con gravedad. Por primera vez desde que salieron del internado María pudo ver lo preocupado que estaba realmente. Era como si Dempsey le hubiese arrebatado ese disfraz de fingida indiferencia que llevaba como segunda piel. Existía una clara desesperación entrelazada en sus palabras. _ Estamos metidos en un buen lío.

_ Sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras, _ dijo Dempsey, su voz tranquilizadora. Su sonrisa empezó a diluirse, y habló después de un breve silencio.

_ Is she worth it?

María no pudo entenderlo, pero notó la tensión en el cuerpo de Carlos. Por el rabillo del ojo pudo ver como se mojaba los labios. Esa reacción nerviosa tan innata.

_ Yes, she is.

Recuperando ese aura tan cordial, su anfitrión se levantó del sillón.

_ Pero, ¿dónde están mis modales? No os he ofrecido nada para tomar. Podéis coger lo que queráis del bar o de la nevera. . . Tengo a Doris de vacaciones, así que hoy me toca cocinar a mí.

Carlos le dio las gracias con un leve asentimiento de cabeza. Estaba claro que su agradecimiento iba mucho más allá de la cálida muestra de hospitalidad que acababa de mostrar su amigo.

Exhaustos, siguieron a Dempsey al segundo piso. Lo único que María quería era darse una ducha caliente, comer algo y meterse en la cama. No tenía casi energía ni para subir las escaleras. Dempsey abrió una puerta y encendió la luz.

_ Hay toallas limpias dentro de la cómoda y—

Carlos murmuró algo en inglés y Demsey se dio la vuelta para mirarle con cara de confusión. Sus ojos viajaron de Carlos a María y de vuelta a Carlos.

_ Está bien, _ dijo cautelosamente. _ My lady, ésta va a ser su habitación. Siéntase como en su casa. Carlos, la tuya es esa de enfrente, _ dijo con tono indiferente, señalando con la barbilla. _Ya sabes dónde está todo.

Una vez a solas, María se sentó en la cama y miró a su alrededor. El cuarto tenía su propio baño, un escritorio y una ventana enorme, aunque no podía apreciar las vistas a esas horas de la noche. Se desnudó y entró en la ducha, dejando que el agua caliente arrastrase la tensión acumulada durante el día hasta que perdió la noción del tiempo. El cuarto de baño no tardó en convertirse en una nube de vapor.

Carlos había entrado en su habitación mientras se duchaba y había colocado su ropa limpia sobre la cama. Tuvo el detalle de incluir una de sus propias camisetas sabiendo lo mucho que le gustaba a María ponérselas para dormir. Ella no pudo frenar una sonrisilla al verla. Se puso los pantalones grises de chándal, la camiseta negra de Carlos y bajó al primer piso, siguiendo el murmullo de voces hasta la cocina.

Nunca había visto una cocina privada tan enorme. Era casi igual de grande que la del internado, pero mucho más moderna. Carlos estaba apoyado contra una mesa de madera rústica ubicada en un rincón de ventanales. Tenía una copa de vino tinto en la mano mientras hablaba con Dempsey. Se había afeitado y el golpe de la mejilla no parecía tan siniestro. Tenía el pelo mojado y el flequillo le caía revoltoso sobre los ojos. Parecía más relajado, más joven. Volvía a ser aquel Fermín despreocupado que María recordaba con afecto.

_ Espero que vengáis con apetito, _ dijo Dempsey colocando una tartera sobre la mesa.

Lo de María no era apetito, era ya un hambre voraz. No sabía muy bien lo que Dempsey había hecho de cena, pero se le estaba haciendo la boca agua sólo de olerlo.

_ ¿Os gusta el pastel de carne?

Dempsey hablaba un español perfecto. De vez en cuando se detectaba un ligero e indescriptible acento. Era la forma en que las erres se resbalaban al pronunciar ciertas palabras, o la manera que silbaban sus eses.

_ Hombre, yo me quedo con la tortilla de patata, _ respondió Carlos sentándose a la mesa con un guiño y una sonrisa sarcástica.

María por su parte podría haberse comido dos tortillas de patata y dos pasteles de esos de carne. El hambre que tenía no era normal. Se habían comido un bocata en el viaje, pero se sentía como si llevase días sin comer.

_ Bueno, Almansa. Es que no todos tenemos esa mano para la cocina que tienes tú, _ señaló Dempsey sirviéndose ensalada. _ Te habrá cocinado algo alguna vez, ¿no?

_ Sí, _ dijo María, mirando a Carlos de reojo. _ Se mete en la cocina de vez en cuando.

Para ser soltero Dempsey prestaba bastante atención a minuciosos detalles que cualquier otro hombre hubiese pasado por alto. Desde el conjunto de servilletas y mantel azul a juego hasta las copas de cristal fino sobre la mesa. María comenzó a devorar el pastel de carne y la ensalada de su plato mientras observaba el vaivén de fuentes y comida. Estaba casi desvanecida. Sólo se dio cuenta de que Carlos y Dempsey la estaban mirando con sonrisas incrédulas cuando el silencio de la mesa se le hizo extraño.

_ ¡Joder, qué saque tiene tu chica! _ dijo Dempsey con una carcajada.

Avergonzada, María se limpió la boca con la servilleta y tomó un poco de vino, sintiendo como sus mejillas se ponían al rojo vivo.

_ No te achantes, mujer, _ la animó Carlos ofreciéndola un pedazo de pan. _ Si da gusto verte comer.

Ella aceptó la oferta en silencio, bajando la mirada al plato. Odiaba ser el centro de atención.

_ Siempre has tenido muy buen gusto, Almansa, _ opinó Dempsey levantando una ceja. _ Y las agallas para conseguir lo que quieres. Se te echa de menos por la agencia. Fue una pena perderte.

_ ¿Trabajasteis juntos? _ preguntó María intrigada. Cualquier oportunidad que tuviese para averiguar más sobre el pasado de Carlos era buena.

_ Fuimos compañeros hace mucho tiempo, _ dijo Dempsey cortando su pastel cual señorito inglés. _ Carlos podría haber llegado muy lejos si hubiese querido.

María sabía que se estaba refiriendo a su trabajo con INTERPOL.

_ ¿Y qué pasó?

_ Acabé en la cárcel por gilipollas, _ respondió Carlos llevándose la copa de vino a los labios. _ Y perdí a un montón de amistades dentro y fuera de la agencia debido a ello.

_ Yo siempre estuve de tu parte, _ dijo Dempsey con una seriedad que María aún no había visto en él. _ Aunque ya sabía yo que tarde o temprano acabarías metiéndote en problemas por una mujer.

La mirada de advertencia que Carlos le envió a Dempsey no pasó desapercibida por María. Ella intentó disimular la desazón que sintió al oír el comentario, siguió comiendo casualmente como si la punzada que acababa de sentir en la boca del estómago no hubiese terminado con su apetito.

_ Eso fue hace mucho tiempo, _ dijo Carlos.

_ ¿Dónde aprendiste a hablar tan bien el español, Dempsey? _ preguntó María.

Estaba desesperada por cambiar de tema. Sabía que la mujer en cuestión era Aurora. También sabía que ella y Carlos eran sólo buenos amigos (de eso estaba convencida). Aun así, no pudo evitar sentir ese inesperado arrebato de celos tan irracional. Él había estado dispuesto a renunciar a una prestigiosa posición con INTERPOL, había puesto en juego su propia libertad por ayudarla. Estaba claro que la tal Aurora ocupaba un lugar importante en el corazón de Carlos.

_ A través de la agencia, _ contestó Dempsey. _ Debemos hablar por lo menos cinco idiomas para llegar a ser agentes. Son programas bastante intensivos _. La estaba estudiando con una sonrisa vivaracha. _ Veo que te gusta la comida inglesa. ¿Quieres más?

_ No, gracias. Está todo muy bueno, _ respondió María tímidamente. Dirigiéndose a Carlos, añadió: _ Mañana te tocará a ti cocinar algo ¿no?

La mirada de Dempsey aterrizó sobre Carlos.

_ ¿No se lo has dicho todavía?

Carlos estaba haciendo todo lo posible por evitar los ojos de María. Desconcertada, ella alternaba su mirada entre los dos hombres.

_ ¿Qué es lo que no me ha dicho?

Pero antes de que su anfitrión pudiese decir nada, Carlos se aclaró la garganta.

_ Vas a quedarte con Dempsey unos días, _ dijo masticando metódicamente.

_ Cómo que me voy a quedar, _ repitió María. _ ¿Y tú?

_ Yo salgo mañana. Regresaré en un par de días.

_ Pero—

_ María, _ interrumpió Carlos con voz tajante. _ Aquí estarás a salvo ¿vale? Te prometo volver lo antes posible.

María no podía creer lo que estaba oyendo. ¿A eso era a lo que habían venido? ¿Para soltarla aquí? ¿De verdad pretendía dejarla sola en una casa extraña, en un país extraño, mientras él se iba dios sabe dónde?

_ Pero, ¿Qué vas a hacer tú? _ El hambre que la había poseído hacía apenas veinte minutos se convirtió en nausea. _ Y si te ocurriese algo, ¿entonces qué?

Carlos no dijo nada. Dempsey se levantó discretamente de la mesa y llevó los platos al fregadero.

_ Bueno, yo os dejo para que podáis hablar tranquilos, _ dijo señalando la salida con el pulgar.

_ No, Dempsey, _ dijo María poniéndose de pie. _ Al parecer no hay nada más que hablar, _ y dirigiéndose a Carlos, añadió con desdén: _ ¿Verdad?

Se dejó caer en la cama nada mas entrar en la habitación. Una vacía impotencia la carcomía. ¿Cómo pudo haberse complicado su vida de semejante manera? María echaba de menos a Iván, al internado, a esa vida que por muy complicada que pareciese hace unos meses habían sido los días más felices de su vida. Por mucho que intentase culpar a Carlos de todo, la mera realidad es que la culpa caía solamente sobre ella. Por su cabezonería. Por su ingenuidad. Y por haberse cegado a sus constantes advertencias.

No llevaba en la habitación ni cinco minutos cuando alguien llamó a la puerta.

_ ¿María?

Carlos.

_ María, ¿puedo pasar?

Antes de que ella pudiese responder, la puerta se deslizó lentamente derramando la luz del pasillo en la oscuridad del cuarto. Aun así, María no se inmutó. Siguió acostada boca abajo, haciendo caso omiso de su presencia. Sólo sintió su presencia junto a ella cuando el colchón se hundió ligeramente bajo su peso.

_ ¿Estas enfadada conmigo? _ preguntó en voz baja.

María no se dignó a contestar. Su lenguaje corporal lo decía todo. Ese era el único castigo que podía otorgarle. Por el momento tendría que conformarse con su silencio.

_ Sabes que lo hago por tu bien.

Su tono era apacible, íntimo. Comenzó a acariciar la cadera de María con ternura.

_ Lo sabes, ¿verdad?

El rencor de María comenzaba a desmoronarse. Nunca había conseguido enfadarse con él durante mucho tiempo. Siempre sabía qué decir, cómo tratarla para fulminar sus defensas.

_ ¿Por qué no me lo dijiste antes? _ preguntó ella tras una larga pausa. _ ¿Qué ibas a hacer? ¿Irte mañana por la mañana sin decirme nada?

_ No, claro que no.

_ ¿Entonces a qué estabas esperando?

_ No lo sé, _ respondió él con un largo suspiro. _ Tienes razón, debería habértelo dicho antes. Perdóname.

_ Sigues ocultándome cosas, Fermín, _ dijo María dándose la vuelta y mirándole a los ojos. La mano de Carlos se deslizó al compás de su súbito movimiento, aterrizando en el valle de su cintura. _ ¿Es que todavía no confías en mí?

_ No es eso, _ susurró Carlos escalando las curvas de su cuerpo con delicados dedos. _ No quiero preocuparte.

María se incorporó, sintió la violenta necesidad de abrazarle.

_ Prométeme que vas a volver, _ suplicó con lágrimas en los ojos. _ Prométeme que no te va a pasar nada.

Carlos la abrazó con fuerza. Era obvio que no quería romper lo que podría convertirse en su última promesa. Permanecieron abrazados en silencio hasta que el cansancio terminó apoderándose de María. Se quedó dormida en sus brazos.

Esa noche su sueño fue demasiado profundo para que esas pesadillas que la iban persiguiendo pudiesen dar con ella. Cuando se despertó a la mañana siguiente lo hizo con el estómago revuelto. Eran ya pasadas las nueve y media cuando llegó a la cocina en vaqueros y camiseta. Demsey había hecho café y estaba friendo unos huevos con beicon. El olor de la comida golpeó a María de lleno provocándola una fuerte ola de nausea.

_ ¡Buenos días, my lady!

_ ¿Y Fermín? _ preguntó María, intentando no vomitar.

Dempsey frunció el ceño. _ ¿Quién?

_ Carlos, _ dijo ella dejándose caer sobre una de las sillas. _ ¿Se ha marchado ya?

_ Salió temprano, todavía era de noche. Oye, ¿estás bien? _ Preocupado, Dempsey se arrodilló frente a ella. _ Tienes mala cara.


* * * * *

Dempsey tenía instrucciones estrictas de no dejar salir a María de la casa, de no perderla de vista. Pero ella se las había apañado para engatusarle con la excusa de que necesitaba “productos femeninos”. No necesitó decir mucho más para que Dempsey la llevase a la farmacia más cercana. Y aunque María de alguna forma intuía la respuesta, aun necesitaba una prueba sólida para eliminar toda duda.

Sentada al filo de la bañera, observaba perpleja esas dos líneas rosas tan inconfundibles. Esas dos mismas líneas que habían cambiado su vida para siempre a los trece años.

Amistades peligrosas (Capítulo XIII)



Lograron cruzar el Canal de la Mancha sin mayor percance. Entraron al Reino Unido por Weymouth, un pequeño pueblo costero con ese inconfundible ambiente británico. El día estaba nublado. La promesa de una tormenta veraniega acechaba. El preludio era un mar enfurecido y un cielo plagado de nubes oscuras. Su ferry fue el ultimo en ingresar a puerto ese día. Ya estaba lloviznando cuando entraron a un pub en el muelle. El lugar estaba cargado de gente en busca de techo para resguardarse de la lluvia, aunque la mayoría se aglomeraba alrededor del bar. Dos televisiones de pantalla plana, una a cada lado de la barra, retransmitían antiguas series americanas. Carlos y María encontraron una pequeña mesa en la esquina apartada del tumulto.

María estaba un poco mas tranquila. De hecho, el cansancio se había apoderado de ella en el barco y había conseguido dormir un poco. Carlos había permanecido despierto velando por ella. Se le veía verdaderamente cansado y María empezaba a preocuparse por su salud, tanto mental como física. El golpe de la mejilla y la barba de dos días le daba un aspecto sombrío, incluso peligroso. Nada que ver con el cocinero afable y dicharachero del internado.

No habían hecho más que sentarse a la mesa cuando el móvil comenzó a vibrar en el bolsillo de Carlos.

_ Silvia, _ dijo frotándose los ojos con el índice y el pulgar. _ ¿Qué has encontrado?

La mera mención de ese nombre puso a María en alerta. La verdad era que no se fiaba ni un pelo de ella. Esa mujer representaba a todas aquellas personas que no habían dudado en tacharla de loca.

_ Nada que no supiese ya, _ murmuró Carlos. _ Dime que has encontrado algo más.

Alguien en la barra comenzó a toser histéricamente. María se sobresaltó de tal modo que casi se cae de la silla. Carlos la miró con curiosidad aún escuchando con atención lo que Silvia le estaba diciendo. María le ofreció una tímida sonrisa. No es nada. No te preocupes.

_ Sabes que no te lo puedo decir. Por el momento estamos a salvo, pero hasta que no averigüe algo más concreto ¿Quién sabe?

Después de una breve pausa. _ ¿En el internado? Tiene que haber alguna conexión. Sería demasiada coincidencia _. Pausa. _ ¿Quién?

La expresión de Carlos adquirió una intensidad notable. Una que María había visto en un par de ocasiones cuando estaba preocupado por algo o acababa de recibir una mala noticia.

_ Hijo de puta. . . _ gruñó entre dientes. _ No, nunca lo ha mencionado. El muy cabrón. . . _ Un aura de indignación emanaba de su cuerpo. _ Estuvo extorsionando a mi padre durante años _. Otra pausa. _ ¿En todos?

Carlos sacó un bolígrafo y un pedazo de papel de la mochila con su mano libre mientras asentía con la cabeza. _ Dámelo_. Y en el papel escribió: 23237.

_ No, _ dijo, su voz baja. _ No como contacto.

Las pausas se iban haciendo cada vez mas largas. Una de dos, o Silvia tenía mucho que decir, o a los dos les faltaban las palabras.

_ No lo sé, Silvia _. Pausa. _ No, no se lo puedo preguntar_.

Los ojos de Carlos comenzaron a brillar. Al principio María pensó que era cansancio, pero cuando le vio tragar un par de veces con dificultad se dio cuenta de que estaba luchando para no llorar. _ Porque está muerta.

Algo en las entrañas de María se encogió. De forma reflexiva, su mano se deslizó por la mesa, buscando la de él, pero se detuvo en el último momento. Era una conversación privada. Ella no tenía ningún derecho a entrometerse.

_ Encuentra lo que puedas ¿vale?

Tras otra breve pausa se despidió de ella con un ahogado “gracias, Silvia” y colgó el teléfono.

La lluvia golpeaba los cristales del pub con semejante fuerza que los hacía vibrar. Ya se podían oír los truenos por encima de la juerga dentro del local. Carlos no dijo nada después de colgar. Simplemente se levantó, se acercó a la barra y pidió un par de cervezas. Habló en inglés. Lo mas gracioso era que María ya no esperaba menos de él. Poco a poco, Fermín había ido trepando ese célebre pedestal. Ese mismo pedestal el cual Héctor había ocupado desde el primer día. A estas alturas, Carlos los había sobrepasado a los dos con creces.

María estaba absorta en sus propios pensamientos cuando él regresó a la mesa con dos cervezas. Sus labios se curvaban en una leve sonrisa, estaba sumergida en la agridulce memoria de una vida lejana.

_ ¿En qué piensas? _ preguntó Carlos apoyando los brazos en la mesa.

_ Pensaba en aquella vez que entré en tu habitación y tú tenías esa herida de bala en el brazo. ¿Te acuerdas? Cuando te vi con la pistola en la mano casi me da un infarto.

Carlos asentía con una enigmática sonrisa. María podía ver ese momento en su mente como si lo hubiese vivido ayer.

_ Me miraste a los ojos, estabas que casi no te tenías en pie, y me dijiste que no eras un asesino, _ dijo María sintiendo ese gusanillo hermano de la nostalgia. _ Me dijiste que eras Fermín, “el mismo de siempre”.

_ Estabas aterrada. Tenía que tranquilizarte de alguna forma, _ dijo Carlos apaciblemente. Parecía como si su mente estuviese en otro lugar. Repartía su mirada entre ella y la multitud de la barra.

_ En aquel momento supe que no eras “el Fermín de siempre”. No sabía quién eras, pero tampoco tenía derecho a juzgarte. Al fin y al cabo. . .

El tumulto del local estaba empezando a abrumarla. Demasiada gente, demasiadas risas, demasiado ruido.

_ Al fin y al cabo tú también tenías mucho que ocultar, _ dijo Carlos por ella. La incómoda mirada de María reposó sobre la de él. _ Casi tanto como yo, ¿no es así?

No era una acusación. Su expresión no reflejaba reproche ni condena. Era la pura verdad.

_ Lo siento, Fermín _. María jugueteaba nerviosamente con los pequeños sobres de sal y pimienta que había sobre la mesa. _ Si sólo supieras la de veces que he intentado contarte toda la verdad. ¡Dios! ¡Soy una hipócrita! Siempre demandando explicaciones, pidiéndote respuestas.

Carlos escuchaba sin decir nada. Una vez mas el alboroto procedente de la barra ahogó su taciturna conversación. María cerró los ojos, esperando que la ola de gritos y risas se retirase. Cuando los volvió a abrir, una cortina de lágrimas hacía que todo se viese borroso.

_ Hoy he estado a punto de perderte, _ dijo en un susurro casi inaudible. _ No quiero guardarte ningún secreto. A ti no.

María sintió la mano de Carlos sobre la suya.

_ Yo nunca te he pedido explicaciones, _ dijo él, quitándole suavemente el sobre de sal y pimienta que llevaba estrujando nerviosamente desde que había comenzado a hablar.

_ Ya lo sé. Ya lo sé. . .

María tragó en seco. Intentaba llenar sus pulmones de aire, pero le resultaba imposible. Se sentía agobiada por la gente, por el ruido, por la declaración que se avecinaba.

_ No es fácil acabar con la vida de alguien ¿verdad? _ dijo Carlos, sorprendiéndola con sus palabras. El corazón de María comenzó a latir con fuerza.

Lo sabía. Él ya lo sabía.

_ ¿Cómo. . .?

_ Ese tipo que fue a ajustar cuentas con Toni, _ continuó diciendo Carlos, aliviando hasta cierto punto el mal trago de la confesión. _ ¿Cómo fue, María? ¿Fue un accidente? ¿En defensa propia?

Carlos murmuraba las preguntas con gran intimidad. El tumulto del lugar no le inmutaba. Estaba concentrado sólo en ella, en esa conversación, en ese momento.

_ ¿Cómo le mataste, María?

María se había quedado muda. Su boca quería formular respuestas, pero su mente estaba tan aturdida que no conseguía crear ningún pensamiento coherente.

_ ¡Fue sin querer!

Su voz se quebró al responder. La temperatura de su cuerpo había descendido considerablemente. María no tenía ni idea de cuándo había comenzado a temblar de semejante manera. Lo que estaba claro era que no había vuelta atrás. No merecía la pena disimular ni tratar de ocultarle la verdad. Ya debería haber aprendido la lección a estas alturas, y aun así. . .

_ Ese tipo llegó pidiendo el dinero y Toni no estaba. Cuando no le dejé entrar en casa se enfadó muchísimo, dijo que conseguiría su pasta por las buenas o por las malas. Yo le juré que no sabía nada, intenté cerrar la puerta en sus narices pero ese hombre estaba ciego de la ira. Pensé que iba a matarme. Me arrastró de los pelos hasta las escaleras. Yo pedía ayuda a gritos, pero nadie salió a ayudarme. No les culpo. En ese edificio cada uno tenía sus propios problemas.

Era como un mal sueño del cual nunca se había despertado. María relataba la historia con un alma entumecida por el recuerdo. Su voz, débil y monótona, no era más que un susurro, mientras el vacío que sentía por dentro iba en aumento con cada palabra.

_ Al llegar a las escaleras conseguí pegarle un rodillazo en. . . _ María levantó los ojos momentáneamente para mirarle. _ Donde más os duele.

Los labios de Carlos esbozaron una sonrisa relámpago pero no dijo nada. Observaba a María con indudable agonía.

_ Él perdió el equilibrio y se fue escaleras abajo. Se desnucó por el camino. Cuando vi que no se movía, no llamé a la policía ni fui a pedir ayuda. Le deje ahí tirado al pie de la escalera. ¡Estaba tan nerviosa!

_ ¿Y Toni?

_ Cuando llegó me echó la culpa de todo, _ dijo María encogiéndose de hombros. _ Amenazó con denunciarme a la policía. Tenía miedo de que le cargasen a él con la muerte de su camello_. María recordaba esa traición por parte de Toni. La amargura la había corroído durante demasiado tiempo. Siempre fue un egoísta. Ella no se pudo imaginar hasta qué punto. Pensó que nunca podría perdonarle hasta que dio su vida por Iván.

_ El resto de la historia que te conté es todo verdad, _ dijo María con un largo suspiro. _ Te lo juro.

_ Te creo, _ dijo Carlos acercándose a ella y colocando su brazo sobre sus hombros. _ No tienes por qué decir más.

María se dejó abrazar, derritiéndose en el calor de su cuerpo, sintiendo como el peso de la culpa se iba aliviando. Se sorprendió cuando los labios de él se posaron sobre su sien y depositaron un delicado beso sobre su ceja. María le abrazó con fuerza, buscando ese afecto que había ansiado durante tanto tiempo.

_ Tu te mereces algo mejor, María. Mejor que Toni. Mejor que yo, _ murmuró Carlos en su oído. _ Si sólo supieras. . .

El comentario se quedo ahí. No dijo más. María hubiese dado lo que fuese por saber lo que Carlos no se había atrevido a decir. Sabía que él estaba reconstruyendo esa maldita barrera. Que no la dejaría entrar a esa fortaleza que tanto se esforzaba en cimentar.

Se quedaron abrazados en silencio durante un buen rato. Ni siquiera el alboroto que iba creciendo en el pub lograba infiltrarse en su pequeño mundo. Era incluso reconfortante saber que la vida seguía su curso, que la realidad del momento les era indiferente.

_ ¿Por qué insistes en alejarte de mí? _ preguntó María sin separar la mejilla del pecho de Carlos. Era mas fácil hacer la pregunta sin tener que mirarle a la cara. _ Sé que todavía me quieres. No puedes ocultarlo, por mucho que lo intentes.

Carlos dejó soltar algo que sonó como una pequeña carcajada, aunque podría haber sido un sollozo. Pero cuando habló, lo hizo con firmeza. _ Nunca voy a dejar de quererte, María.

_ Entonces. . .

_ No lo entiendes_. Su voz llegó a los oídos de María cargada de emoción. _ Yo no estoy intentando alejarme de ti. Sólo intento. . . _ Era como si las palabras tuviesen dificultad para salir, como si estuviese reacio a decirlas en voz alta. _ Sólo intento que tú te alejes de mí. Lo único que quiero es protegerte. Y son los momentos como este que hacen que fracase una y otra vez.

Sorprendida, María levantó la cabeza. Carlos rompió el abrazo y se pasó una nerviosa mano por el pelo.

_ ¡Joder, María! Todo esto se me ha ido de las manos. Si llegase a pasarte algo, yo. . . te juro. . . _ Pero fue incapaz de completar esa frase. _ No podemos volver a caer en lo mismo. Bastante la he liado ya.

Obviamente Carlos no tenía ni idea de lo que la estaba exigiendo. Él quería que mágicamente ella dejase de quererle, de sentir esa atracción que no habían podido ignorar desde esos primeros días en el internado. ¿Acaso no sabía que la estaba pidiendo lo imposible?

_ Al menos dime por qué cambiaste tan radicalmente de un día para otro, _ exigió María. _ ¿Fue por lo de tu padre? ¿De verdad crees que yo podría juzgarte por—?

_ No es por mi padre ¿vale? _ dijo él rápidamente. _ Ojalá fuese sólo eso.

María le tocó la mejilla, acarició esos indicios de barba, trazó su pulgar sobre la piel descolorida de su pómulo. Para su sorpresa, él no se resistió. _ ¿De qué tienes miedo en realidad, Fermín?

Hubiese sido demasiado pedir que Carlos le diese una respuesta satisfactoria en ese momento. No, por supuesto. María casi podía ver el regreso de ese caparazón que lo envolvía cada vez que la conversación profundizaba en asuntos relacionados con su alter ego. María dejó caer su mano, intentó no sentirse demasiado decepcionada. Después de todo, ya se había sincerado bastante con ella en los dos últimos días. Además, ya debería estar acostumbrada a esa infinita incógnita que era Carlos Almansa.

_ ¿Vamos a pasar la noche aquí, en este pueblo? _ preguntó María cambiando de tema. Aun así, el tono de su voz lo decía todo.

_ No. Vamos a ir a un sitio llamado Alfriston, _ dijo Carlos, reclinándose en su silla. Si se dio cuenta de la desilusión de María, no hizo ningún comentario al respecto.

_ ¿Estaremos a salvo? ¿Crees que nos van a volver a encontrar?

Pero Carlos no respondió a la pregunta. Su mirada estaba fija en una de las televisiones del bar. María se dio la vuelta, se percató de las imágenes que iban pasando por la pantalla y reconoció el lugar de inmediato. Intentó descifrar las palabras que aparecían en la parte inferior.

“Breaking News: Body found at Charles de Gaulle’s parking garage.”

No estaba segura del significado, pero podía imaginarse con bastante exactitud de qué iba la cosa.

_ Ese es el aeropuerto de París, _ comentó, lívida. _ Fermín. . .

_ No te preocupes.

El pavor de María era latente. _ ¿Pero cómo que no me preocupe?

_ El caso va a ser archivado, _ dijo Carlos, con una calma que María envidiaba. _ Por la cuenta que les trae a los muy cabrones. Así que tranquila ¿de acuerdo?

María no hizo más preguntas. Después de todo lo sucedido había aprendido a confiar en él. Apuraron sus cervezas y salieron al aguacero de la calle. No tenía pinta de dejar de llover en las próximas horas. De hecho, toda la trayectoria en autobús hasta Alfriston fue acompañada de truenos y relámpagos. Tres horas después, cuando llegaron a la estación, el cielo comenzaba a despejarse.

Lo que ninguno de los dos sabía todavía era que alguien había ya dado con su rastro, que Gloria acababa de pagar por su hospitalidad con su vida y que sus enemigos estaban de nuevo al acecho, pisándoles los talones.

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